Los Huérfanos Marbella, 2022
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Marbella, 2022

—Todas las mesas abiertas.

Alberto Pastor levanta su copa de champán en un reservado del Casino Benamar y brinda con la Hermana Mei, las salas están llenas de jugadores.

—Tampoco nos ha ido tan mal —admite Mei—. Hay un proverbio chino que dice que los buenos se conforman y los mejores se adaptan.

—¿Por qué no te acercas a la barra y le dices a Miguel que nos traiga otra botella? —le pide Alberto a Camila, una brasileña preciosa que estaba enroscada en su pecho. Necesita intimidad para preguntarle a Mei lo que le ronda la cabeza—. Hiciste un buen negocio con los Huérfanos.

—Otro proverbio chino dice que la riqueza viene de todas partes.

—¿Hay algo para lo que no exista un proverbio chino? Por ejemplo, para cuando te sale un grano dentro de la oreja, que dan mucho por culo. O para cuando uno tiene la sensación de que lo están dejando de lado.

—Alberto, la envidia empobrece el alma. Hay para todos. Tú habla con ese representante portugués, Souza se llamaba, ¿no? Céntrate en el negocio de las apuestas. Deja que los Huérfanos se ganen un dinero con la droga.

Se moja los labios con el champán. No le gusta cómo están creciendo los irlandeses.

Trevor Strummer es un descerebrado; Liam Burke tiene agallas, pero tampoco es él quien le preocupa de verdad.

Chris Griffin se cree que vive en una colonia, o por lo menos viste como si fuera uno de esos ingleses que pensaban que descubrieron Marbella a mediados del siglo pasado, solo le falta el monóculo, pero es listo.

Sabe moverse para ganarse la simpatía de la Hermana Mei.

—Tengo que irme. —Mei echa una mirada en la mesa de la ruleta, un jovencito rubio con aire de vikingo está perdiendo todas sus fichas. Es uno de los hombrecitos que pasan por su cama—. Voy a sacarle unas fichas más, no está teniendo suerte.

—¿Cómo te gustan tan jóvenes, Mei? Están a medio cocer.

—Cada uno tiene sus manías. Yo no digo nada de tu querencia por las brasileñas.

—Se alisa la falda y la blusa cuando se levanta, Alberto cree que nunca la ha visto con una prenda de color—.

¿Has visto últimamente a Leo Domínguez? Tu amigo tenía que entregarme unos contratos hace dos días y ni siquiera me coge el teléfono.

—Hablaré con él.

—Dale un beso a Marimar de mi parte. ¿Cómo está?

—De pruebas médicas, anda regular del estómago, pero seguro que no es nada.

Camila regresa a la mesa poco después de que se haya ido la Hermana Mei, pero a Alberto se le han quitado las ganas de seguir bebiendo champán. Ha llamado a Leo, su móvil no le ha dado señal, y el desasosiego ha ido creciendo dentro de él, como si supiera que se avecina una catástrofe.

—Me ha surgido algo, guapa, pero tú quédate, es una pena desperdiciar este champán.

Alberto se despide de Camila con un beso.

En realidad, le aburre su compañía, no cree que vuelva a llamarla.

De camino a casa, se sorprende pensando en su vida, no es un hombre que suela hacer repaso de los años vividos.

Piensa en sus hijos. Sergio está tomando responsabilidades en el casino, y no porque él haya sido el heredero elegido, sino porque no puede contar con ningún otro.

Nata es una inconstante caprichosa que no quiere responsabilidades.

De Laura, que está ganando prestigio en la fiscalía, solo sabe a través de los periódicos; a veces, la echa de menos, en especial cuando piensa que a ella sí le podría plantear todas las dificultades del negocio, que sabría aconsejarle mejor que nadie.

El pequeño, Dani, tiene la cabeza llena de utopías revolucionarias, de sueños de libertad anticapitalista, es un botarate, quién sabe si con los años entrará en razón y se dará cuenta de que la vida es otra cosa; aun así, le admira cómo se ha adaptado a su vida nueva, después de que el año anterior Ingrid se quedara en una silla de ruedas.

Piensa que esa abnegación no es tan distinta de la que él siente por Marimar: su relación hace mucho que empezó a mostrar grietas.

La rutina, las vidas paralelas que el trabajo los ha obligado a llevar, los fueron alejando y, sin embargo, aunque él alterne con alguna que otra chica, sabe que nunca se separarán.

Crearon una vida en común cuando eran casi adolescentes, juntos lograron salir de la miseria, el amor que siente por su esposa está por encima de toda duda.

Quizá la tristeza de ella y la mala racha de su matrimonio se deban a que han conseguido prácticamente todo menos tener la familia con la que habían soñado.

—¿Te ha dicho algo el médico? —le pregunta cuando entra en el dormitorio. Ella ya se ha tomado sus ansiolíticos, estaba a punto de dormirse.

—Que hay que esperar a la prueba de mañana. Cree que es diverticulitis.

—¿Qué es eso?

—Algo del intestino. Tengo que estar en ayunas y beber mucha agua.

—Mañana te acompaño al hospital.

—No hace falta. Entre que me cojan y la tomografía, voy a perder toda la mañana.

Alberto no admite discusión. Irá con ella. Antes de acostarse, vuelve a llamar a Leo. Su teléfono sigue sin dar señal.

Marimar tiene cita en el Hospital Internacional de Marbella.

Le han dicho que no tardarán en prepararla para la tomografía de contraste, tienen que inyectarle antes el tinte.

Aunque lo niega, Alberto sabe que está nerviosa: a una cierta edad, cada prueba médica es un seguro de malas noticias.

Entonces, le sorprende que Leo le llame.

No ha dado respuesta a ninguna de sus preguntas —«¿Dónde coño te has metido?

La Hermana Mei quiere verte»—, solo lo ha citado en una taberna de la barriada de Puya, en la calle Rodrigo de Triana.

—¿Tiene que ser ahora?

—Es urgente —le ha respondido Leo.

Alberto ha esperado a que Marimar se fuera con las enfermeras. Le han dicho que en una hora, como mucho, habrán terminado. Sale del hospital, no necesita coger el coche. La calle Rodrigo de Triana está a solo unos minutos.

—No es buena idea hacer esperar a la Hermana Mei —le dice cuando encuentra a Leo en una mesa del fondo de la taberna—. Necesita no sé qué contratos que le estabas tramitando.

—No se los voy a dar. —Leo levanta la mirada que tenía hundida en un gin-tonic. Demasiado pronto para darle al alcohol—. No voy a trabajar más para esa mujer.

—Esa ginebra debe de estar aguándote el cerebro. No digas tonterías.

—Se ha acabado, Alberto.

—¿De verdad crees que eso es algo que puedes decidir tú? —Alberto baja el tono de voz. Apenas si hay clientes en la taberna, pero el camarero no les quita ojo—. No me toques los huevos.

—¿Es que no te das cuenta de lo que hemos hecho, de en qué hemos convertido Marbella?

Puede que Leo no esté borracho, puede que sea peor: que haya perdido el contacto con la realidad, habla como un orate.

—Marbella está de maravilla. Yo estoy de maravilla, como tú: ¿o no te acuerdas de que estabas a punto de perder la casa? Ahora tienes un chalet estupendo, ¿y cuánto cuesta la chaqueta que llevas? ¿Mil, dos mil euros? No me vengas con tonterías, Leo, que ya no tenemos dieciocho años.

—Mi hijo está en la cárcel, Alberto. En Alhaurín.

Alberto compone un gesto de sorpresa. La confesión de Leo cae como una bomba sobre el mantel y él comprende que no es momento para bromas ni para frases hechas.

—No lo sabía. ¿Qué le ha pasado?

—Se enredó con los de la Mocro Maffia, se enganchó... Lo pillaron con veinte kilos de hachís en el ferri de Algeciras.

—Lo siento. Tenías que habérmelo contado antes; algo podremos hacer para que le den la condicional. Jesús María es el director de la prisión, es un buen amigo.

Pero Leo cabecea como si Alberto no hubiera entendido ni una palabra de lo que le ha dicho.

—¿Te acuerdas de Toño, el hijo del Rubio?

También está en Alhaurín. ¿Y Javier el Trampas?

Quiso poner una discoteca y se la quemaron.

Y así todos los que conocemos desde chavales, los que no se han metido en negocios de drogas se han enganchado a ellas; unos se han ido de Marbella, otros no han pasado de camareros.

Los que intentan salir adelante de una forma decente tienen que lidiar cada día con rusos, con marroquíes o saudíes, con colombianos...

Pagarles una mordida es lo de menos. El problema es que no les gustes.

Van a ir a por ti. Solo se habla de Puerto Banús, de los coches de lujo, pero ¿en qué se ha convertido esta ciudad?

Es el patio de recreo de la mafia. Les hemos dado Marbella a cambio de unos euros.

—Estás deprimido, lo entiendo. Tu hijo está en la cárcel, es un adicto... Pero no saques las cosas de quicio. ¿Por qué no coges a tu mujer y te vas unos días de vacaciones al Caribe?

—A lo mejor tú puedes mirar para otro lado. Yo no, no lo soporto.

—Ni que hubieras matado a alguien.

—No hace falta. Le arreglo los asuntos a esa china. Una mafiosa de una tríada. Yo no aprieto el gatillo, Alberto, ni tú, pero sabemos que lo hacen.

—Leo, te has vuelto gilipollas.

—He colaborado en la destrucción de esta ciudad, y ahora tengo que ayudar a arreglar un poco este desastre. Lo sé todo: negocios, comisiones, testaferros... He decidido hablar con la policía. Y te va a salpicar, lo siento. Por el casino, porque tú también has estado al lado de la Hermana Mei.

—¿Hablar con la policía? Pero ¿te has vuelto loco? ¿Así es como me agradeces lo que hice por ti?

—Te estoy avisando, Alberto. ¿Por qué te crees que te he llamado? Sal de España esta misma semana. Vete con Marimar a un país sin extradición. Tus hijos a lo mejor pueden quedarse, que aleguen que ellos no sabían nada.

Leo se levanta. Apoya su mano en el hombro de Alberto antes de marcharse.

—Lo siento —le dice—. La copa está pagada.

Leo camina despacio por una de las calles que rodean el Complejo Deportivo Antonio Serrano Lima, muy cerca de allí.

Se ha alquilado un pequeño piso en la calle de Ojén; en el momento en que decidió colaborar con la policía también supo que su vida correría peligro y que le convendría desaparecer.

Por ahora, se aloja en este piso. En unos días se marchará con su esposa a un pueblo del sur de Francia.

Hay poca gente en la calle, las instalaciones deportivas están vacías, los chavales vegetan en los colegios y los institutos.

El edificio donde vive sigue en obras y tiene que atravesar un túnel de andamios para llegar al portal.

Es entonces cuando lo sorprende una presión fría en el cuello.

Intenta liberarse, es un cinturón que le aprieta y lo aprisiona contra su atacante, que no es otro que Alberto Pastor.

Siente su respiración caliente en la oreja, su cuerpo sudado contra la espalda mientras no deja de tensar el cinturón en su cuello.

Le falta el aire, trata de gritar, pero no lo consigue, sus manos forcejean cada vez con menos fuerza, hasta que renuncia a liberarse.

Alberto sigue apretando unos segundos más, incluso cuando el cuerpo de Leo se viene abajo.

Puede que esté solo inconsciente, así que hunde con todas sus fuerzas el cinturón en su cuello y solo lo suelta cuando tiene la certeza de que ha muerto.

Comprueba que no tiene pulso y, tras echar un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie lo ha visto, se pone el cinturón y se marcha con paso tranquilo rumbo al hospital.

—En la prueba no hemos detectado nada peligroso, pero tendrán que esperar a la cita con el especialista —los informa el técnico que ha hecho la tomografía.

Marimar está cansada, pero también hambrienta, lleva en ayunas desde ayer.

—¿Adónde quieres ir? —le pregunta Alberto al salir—. Te has ganado un buen desayuno.

Ella le arregla la camisa, no sabe por qué la lleva tan arrugada.