Los Huérfanos 13
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Ha tenido un mal día y no parece que vaya a mejorar.

Se levantó temprano, fue a pasear por la playa de Nagüeles, pero la mañana resultó ventosa, el verano toca a su fin, y terminó refugiándose en una cafetería.

Rechazó una llamada de su hijo Sergio. No tenía ganas de hablar con él ni de volver a casa y cruzarse con Nata.

Fue a jugar a la petanca a la plaza Manuel de Falla, y allí estaban los de siempre: Gonzalo el Manco y la Alemana hicieron pareja y ganaron; la suya, Luisita la Larga, no le echó en cara que no hiciera ni un buen lanzamiento, pero es que Alberto no estaba inspirado.

Otras veces, cuando andaba con el ánimo bajo, se había juntado con los compañeros de la petanca o con la parroquia del Estrecho, y siempre le había sentado bien olvidarse durante un rato de quién era, actuar como un marbellí más.

Eso es lo que le decía a Marimar cuando ella le preguntaba por qué seguía alternando tanto con esa gente, pero la verdad es otra: le gusta sentirse admirado, pasear entre el pueblo y que lo traten con la devoción de un elegido, alguien que puede solucionar sus pequeños problemas con un chasquido de dedos.

Hoy, sin embargo, no ha sido así. Tenía la sensación de que Gonzalo el Manco y la Alemana ya no se dirigían a él con el respeto habitual, que Luisita la Larga pensaba que Alberto Pastor había dejado de ser el hombre más temido y querido de Marbella.

Son fantasías. ¿Qué sabrán esos pobres desgraciados de su vida?

Ninguno puede imaginar la posición de debilidad en la que se encuentra.

El plan de Sergio para desenmascarar a Nata solo ha servido para demostrarle a la Hermana Mei que anda como pollo sin cabeza.

Que le debe una fortuna y no tiene ni idea de cómo hacer frente a esa deuda.

Que sigue completamente perdido con el topo que hay dentro de su negocio.

Comió en casa un arroz a la cazuela que le preparó Jasmina y luego se echó una buena siesta, pero se levantó con la misma sensación de impotencia.

Al vestirse para ir al casino, se descubrió más viejo de lo que se recordaba en el espejo.

Estaba perdiendo pelo por la coronilla, varias arrugas rayaban su rostro y sus ojos, antes tan vivos, se estaban apagando bajo una nube acuosa.

Quizá ya era demasiado mayor para esta vida.

Hubo un momento en que, ingenuo, pensó que un día alcanzaría la cima y que a partir de entonces todo sería disfrutar las mieles del éxito.

Pero, en realidad, uno nunca deja de escalar.

La cima se aleja a cada paso y lo que llamas altura es solo la medida del daño que aguarda si resbalas.

Demasiados cadáveres a su espalda, demasiada gente deseando ver cómo Alberto Pastor rueda ladera abajo por la montaña y se estampa contra una roca.

Se encerró en su despacho del casino tras dejar claro que no quería ver a nadie, ni siquiera a Sergio.

Necesitaba tiempo para planear cómo enfrentar esta situación.

Y ahora, un minuto atrás, un empleado de seguridad acaba de venir a decirle que los Huérfanos estaban allí y que querían hablar con él.

Se enciende un puro cuando Liam Burke y Chris Griffin entran en el despacho.

No le gusta su actitud, no le gusta que miren a su alrededor como si ya estuvieran pensando de qué modo van a redecorar su despacho.

Burke se repantiga en un sillón antes de que Alberto lo invite a hacerlo.

Griffin, impecable como siempre en un traje sastre color burdeos, permanece de pie.

—¿Tenías amañado el combate de ayer? —le pregunta Burke—. Me pareció que estabas muy nervioso y que respiraste cuando el Potro de Antequera cayó a la lona.

—Debieron de ser las luces, Burke, que te dieron una impresión equivocada. Estaba muy tranquilo.

—¿Puedo? —pregunta Griffin señalando un sillón, Alberto le da permiso y también toma asiento—. No queremos entretenerte. Lo mejor será que vayamos al grano.

—Soy todo oídos.

—Te estás derrumbando, Pastor —suelta Burke sin preámbulos—. Tu casa hace agua por todos lados.

—Y habéis venido a que os dé las gracias, ¿no? Porque si estoy en esta situación es por vuestra puta culpa.

—Nosotros no hemos metido a tu mujer en la cárcel.

—¿Por qué no os mantenéis lejos de mi familia?

—Yo lo intento —interviene Burke—, pero es que a tu familia le van las pollas pelirrojas.

—Por favor —media Griffin antes de que la conversación se despeñe—. Creo que somos capaces de tratar este asunto como adultos.

—¿Y cuál es el asunto? El imbécil que hay a tu lado se está acostando con mi hija.

—Si la cosa va a más, vendré a pedirte su mano. Me apetece tener un nieto de los Pastor para soltarle collejas cuando me dé la gana.

—Y a mí meterte un hierro hirviendo por el culo, Burke, pero no siempre conseguimos lo que queremos. Deberíais haberlo aprendido: este casino es mío, el negocio del juego es mío. No lo vais a tener. Nunca.

—Creo que ya no estás en posición de decir eso. —Griffin no altera su tono de voz educado, por muy tensa que sea la conversación—. Sabemos la deuda que has contraído con la Hermana Mei. Y también sabemos que no tienes manera de pagarla.

—Lo que pase entre la Hermana Mei y yo no es cosa vuestra.

—Sé que sois amigos desde hace muchos años. Pero también que la amistad no significa nada para ella cuando se trata de dinero. Y es mucho dinero, Alberto.

—¿A qué habéis venido? ¿A ofrecerme un préstamo en cómodos plazos? Me bastaría con que dejarais de joder mis apuestas o con que me digáis qué topo habéis metido en mi casa.

—Eso son acusaciones muy feas, Pastor. —Es obvio que Burke se divierte con su falsa inocencia—. Nosotros no hemos hecho nada.

—Un día podré demostrarlo y te tragarás esa sonrisa de gilipollas.

—Escúchame, Alberto. Tenemos una oferta —tercia Griffin—. No eres el único con problemas. Ya lo sabes, nuestro hermano Trevor Strummer está en prisión.

—Era cuestión de tiempo. Strummer no sabe controlarse.

—Creo que nos podemos ayudar mutuamente. Estamos dispuestos a pagar tu deuda con la Hermana Mei, a firmar una paz.

Alberto da una profunda calada a su puro, no esperaba que Griffin saliera por ahí, aunque sabe que ahora viene la contraprestación, nada es gratis en este mundo y menos un acuerdo con los Huérfanos.

—¿Qué queréis a cambio?

Se arrepiente de su pregunta. Es una muestra de debilidad, la prueba de que está atrapado. En otros tiempos los habría echado a patadas de su despacho por faltarle al respeto, por tratarlo como si fuera un pordiosero.

—Tu hija Laura es la fiscal del caso de Strummer —destapa Griffin sus cartas—. Ella podría hacer que el juicio no terminara en una condena.

—Estáis locos. No conocéis a Laura.

—Todo el mundo tiene un precio, Alberto. Seguro que tu hija también.

—No va a arruinar su carrera por vosotros.

—No lo haría por nosotros. Lo haría por ti, por su padre.

—Deberíais dejar que Strummer se pudriera en la cárcel. Olvidadlo.

—Piénsalo. —Griffin se estira el traje al levantarse. La reunión toca a su fin—. Nadie quiere tener en contra a la Hermana Mei. Tú tampoco. Sería una solución perfecta.

Burke echa una mirada a Alberto antes de seguir a Griffin camino de la puerta.

—Puedes hacerte de rogar, pero sé que te parece un buen trato, Pastor.

Alberto aprieta los dientes, como si estuviera esperando a quedarse solo para dejar salir la rabia, para arramblar con todo lo que hay en la mesa, reventar uno de los monitores de seguridad con un cenicero y hacer trizas un palo de Brasil que decora el despacho.

Sin embargo, cuando los Huérfanos se marchan, se le dibuja una sonrisa.

El día empezó mal, pero ha terminado mucho mejor de lo que esperaba.