12
—En Madrid siempre se me olvida que en el cielo hay estrellas.
Laura está un poco colocada, ha dado unas caladas a un porro de su hermano Dani y lleva toda la noche bebiendo vino con él, con Ingrid y, desde hace un rato, con Estrella. Ha sido una noche agradable, siempre lo es cuando tiene a su hermano pequeño al lado.
—Qué suerte tienes con este sitio. Es un paraíso.
La mesa bajo el emparrado y la hierba húmeda que anima a descalzarse en el jardín de la casa de Istán hace que quiera alargar la noche tanto como pueda.
Ella pretendía acostarse pronto; tiene que volver a Madrid temprano.
Mañana empieza el juicio contra Strummer y, aunque la primera jornada solo consta de formalidades, no quería llegar sin descansar.
Había repasado el caso, se lo sabe de memoria, en realidad no lo necesita, y luego cenó con Dani e Ingrid.
—¿Malleolus? —se sorprendió cuando su hermano sacó el vino—. Yo pensaba que los medio hippies solo tomabais té matcha.
—Tu hermano es un hippy un poco raro —se rio Ingrid.
—Algo me tenía que quedar de la familia, papá traía los mejores vinos a casa, me acostumbré. Y las copas deben ser finas, que en un vaso el vino no sabe igual. ¿Quieres?
Ingrid se había vuelto a encargar de la cena.
No dejaba de admirarle su independencia a pesar de la silla de ruedas.
Laura tardó en enterarse del accidente, de lo contrario habría viajado a Marbella para estar con ellos.
Fue hace cinco años y nunca había querido indagar mucho, solo sabía que Dani se sentía culpable; él era el instructor, el encargado de revisar las bombonas de oxígeno que lo causaron.
—Me gustaría visitar a mamá —le dijo más tarde Dani.
—Claro. Le diré a Guillermo que organice una visita.
Así también os conocéis, aunque no sé si ahora está enfadado conmigo: no le dije que venía a Marbella y creo que me ha pillado.
En los mensajes solo me habla de mamá, ni un beso ni nada.
He creado un problema para ver cómo dos locas se mataban a palos en un ring.
—Y para cenar con tu hermano. —Dani brindó con una sonrisa.
Ella le dio la razón. Esa cena merecía el viaje. Prefirió omitir el extraño encuentro con Aras, la coincidencia de que él también estuviera buscando a ese Putin. Su reaparición en la vida de Laura revoloteaba en su cabeza como un pájaro atrapado en una jaula.
—A lo mejor no cuidé de mamá como debería —confesó Dani cuando se terminaron la primera botella—. Siempre la he visto como una extensión de papá. Nunca levantaba una voz contra él.
—¿Y qué querías que hiciera? Dani, tienes que verla como lo que era: una mujer maltratada. No se atrevía a llevarle la contraria.
—Ella sabía de los negocios de papá, como todos. Se ha aprovechado del nivel de vida que le daba.
—Estaba en una cárcel de oro. Sabes cómo es papá: puede ser el más cariñoso, el más divertido y, al mismo tiempo, el más retorcido. ¿Te parece normal la que ha armado cuando mamá ha cogido las maletas? Cargarle el asesinato de Víctor Zamora. Hay que ser psicópata y enfermo...
Dani aireaba el vino de su copa, Ingrid le agarró la mano, debió de notar su incomodidad.
—¿Averiguaste algo de la hermana de Víctor Zamora? —recordó Laura.
—Intenté hablar con ella en el puerto, pero no quiere verme ni en pintura. Y no me extraña. Le echa la culpa a papá de que Víctor se arruinara con las apuestas y a mamá de matarlo ahora que levantaba cabeza.
—¿Levantaba cabeza?
—No sé a qué se refería.
—¿Se lo preguntaste?
—Solo le faltaba escupirme, no estaba para muchas preguntas. —Dani se puso en pie, no quería seguir con esa conversación—. Voy a por otra botella.
—Sois los únicos que habéis salido de la casa de Sierra Blanca y no podéis hablar de otra cosa, siempre de Alberto Pastor —le dijo Ingrid cuando Dani entró en la casa—.
A tu hermano no le sienta bien. Cuanto más lejos de ellos estemos, mejor.
Son muchos años escuchando que está tirando su vida a la basura.
Laura estuvo a punto de responderle que lo entendía, pero que ahora esa distancia era imposible: su madre estaba en una cárcel psiquiátrica, atiborrada de medicamentos, convertida en una inválida, pero no quería estropear la noche.
Dani regresó con el vino, y, poco después, también se unió a la cena Estrella, la compañera del negocio de submarinismo de su hermano.
Retomaron el sendero de las risas y de las anécdotas, de la conversación intrascendente que tanta falta hace algunas veces.
Dani preparó un porro que fue pasando de mano en mano, siguieron bebiendo e Ingrid se despidió, estaba cansada.
Es muy tarde ahora, en el jardín, pero Laura está fascinada con ese cielo tan luminoso de Istán, incluso le ha parecido ver pasar una estrella fugaz.
—¿Has pedido un deseo? —le pregunta Dani.
—Tener las tetas tan grandes como Nata. —Y todos estallan en una carcajada—. Va en serio: le salieron las tetas muy pronto, con doce años como mucho, y yo, que tenía nueve, le rezaba todas las noches al Señor que me pusiera unas como las de ella.
—Supongo que a Nata no le parecían tan perfectas —bromea Dani.
—Se ha puesto más, ¿verdad? Es que cuando comí con ella me parecieron enormes.
Dani no puede parar de reír mientras rellena el vaso de Estrella.
—Se sabe cuándo está Laura en Marbella porque a Dani le salen hoyuelos en las mejillas de tanto sonreír. Eh, espera, a ti también se te forman, Laura. Debe de ser genético.
—Yo no quiero más —dice Laura tapando su copa.
—No me has dicho qué te parece este vino —le dice Dani a Estrella.
—Estupendo. Yo creo que da las mismas notas en nariz que en boca.
—Serás idiota. —Dani empuja en un juego a Estrella—. Mejor, cállate.
—Eso fue lo que me dijo el otro día que comimos en Málaga. ¿A ti te parece normal? Las mismas notas... ¡Será atontao!
Laura se incorpora, tambaleante, le va a costar llegar hasta el sofá para dormir.
Los ve bromear, divertirse, nota la complicidad entre los dos y no puede evitar pensar que quizá la relación de su hermano con Ingrid no sea tan perfecta como parece, que entre Dani y Estrella hay algo más de lo que ellos mismos quieren reconocer.
Se derrumba en el sofá, agotada, y su último pensamiento antes de dormirse es para Aras.