11
Se ha pedido un Larios en la Bodega San Bernabé, en la calle de Carlos Mackintosh, junto al parque de la Alameda.
No ha sido intencionado, el lugar lo ha elegido Salma, pero aquí estuvo con Laura hace muchos años.
Le molesta que su cabeza le traiga esos recuerdos, como si todavía pudiera disfrutar de algo bueno cuando a su vida no le queda otro motivo que vengar la muerte de Flor.
Y, sin embargo, Laura sigue revoloteando en su pensamiento: recuerda que se pidió un zumo de piña cuando estuvieron en la bodega; que vestía un top azul calado que dejaba intuir un sujetador rosa; que le encantaba cuando ponían en un bar aquella canción imposible, «Dragostea din tei», se lanzaba a la pista a bailar; la recuerda fuera del Tatoo, cuando su padre vino a recogerla y fue la última vez que la vio.
—Tienes mala cara, ¿has tenido combate esta noche?
—Me he retirado —responde Aras a Salma. Lleva un hiyab amarillo que resalta sus ojos—. ¿Cómo está tu padre?
—Quejándose de todo, como siempre. Creo que no le queda ni un hueso que no le duela.
—Un día tengo que ir a hacerle una visita.
Bilal, el padre de Salma, entrenaba en su mismo gimnasio.
Soñaba con que su hija lo retirara del boxeo antes de que lo dejaran sonado.
No llegó a tiempo. En un combate, le destrozaron el riñón, y Bilal se retiró por un sangrado interno que le dejó el órgano inservible y un puesto bajo en la lista de espera de pacientes para trasplantes.
Salma lo ha mantenido desde entonces. La chica podría haber tenido una carrera, pero ha encontrado la manera de aprovechar su talento y subsiste con la informática, haciendo trabajos aquí y allá, no siempre legales.
—Necesito que me desbloquees un móvil.
Aras coloca un iPhone sobre la mesa.
—Eso es fácil. Por veinte euros te lo hago en cinco minutos.
—En ese móvil hay una aplicación, se llama Ghost. Es un sistema de mensajería. También necesito que me la desbloquees.
Salma cambia su gesto de suficiencia.
—¿De dónde has sacado este teléfono?
Aras no le va a decir que, en el forcejeo que tuvo con los de seguridad del Marbella Arena, le robó el móvil al que llevaba el pelo teñido de rubio. Sabe que los sicarios de Marbella tienen su propio sistema de comunicación.
—¿Cuánto me va a costar, Salma?
—Doscientos euros.
—Eso es un robo.
—Si fuera fácil de desbloquear, lo llevarías a cualquier pakistaní.
—Está bien. Por tu padre, por Bilal. Cómprale unos sobres de jamón, que yo sé que él se salta a Alá y a lo que haga falta por un buen jamón. ¿Cuándo lo tendré?
—Ven a mi casa mañana.
Ghost es uno más de los programas de mensajería que circulan entre los delincuentes hasta que la policía logra desencriptarlos. Es lo que pasó con Encrochat, con Anom y con Matrix. El negocio de las telecomunicaciones también tiene un nicho entre narcotraficantes y sicarios.
Salma se marcha con su dinero, él pide un Larios más.
Mañana irá al barrio de pescadores. Muchas de las casas bajas se han convertido en restaurantes de pescado para turistas, pero en la calle principal, la de Guadalete, quedan algunas ocupadas por las familias de toda la vida.
Allí se mudó hace tiempo Bilal con su hija Salma.
Sabe que tendrá que aceptar un café con Bilal y también que no podrá evitar sentir una punzada de envidia cuando entre en su hogar: las cosas no han sido fáciles para él, la jubilación del boxeo llegó acompañada de un montón de problemas médicos, pero tiene a su hija a su lado.
La verá crecer y enamorarse, la verá feliz y la acompañará cuando esté triste.
Nada de eso le sucederá a él con Flor, de la que ya solo tiene el pasado.
El recuerdo de su féretro entrando en un nicho, la imagen que ningún padre debería tener.
Se mantuvo apartado del reducido grupo que asistió al entierro de Flor: cuatro chicas de la edad de su hija, entre ellas Berta, la única a la que conocía, y el hermano de su exmujer.
Tenía miedo de que algún matón estuviera rondando el cementerio para darle caza.
Esperó a que los enterradores terminaran de sellar el nicho y, cuando todos se marcharon, se acercó a la tumba.
Leer el nombre de su hija y las fechas de nacimiento y defunción en el cemento fresco lo rompió.
El llanto le hizo caer de rodillas y gritó de rabia.
Si alguien estaba vigilando, acababa de descubrirse, y no le pareció una mala idea que se presentara algún sicario que lo destrozara a golpes.
Sin embargo, en el cementerio no apareció nadie.
Puede que se hubieran dado por satisfechos con la ejecución de Flor y su madre y que él ya no le importara a nadie.
«Concéntrate —se repite Aras mientras bebe—, no puedes descomponerte, todavía no».
Mañana, Salma le dará acceso a Ghost y repasará las conversaciones del guardia de seguridad.
Espera que su intuición resulte acertada.
Que encuentre el contacto de Putin. Ya que al ruso parece que se lo ha tragado la tierra, tendrá que hacer que sea él mismo quien salga de su escondrijo: «Alberto Pastor necesita verte», le escribirá.
Lo citará en Alfarnate, en la casa donde los irlandeses lo escondieron después del combate.
Está apartada del pueblo, nadie escuchará las súplicas del ruso.
Piensa hacerlo sufrir, no lo dejará morir hasta que le diga qué le hizo a su hija.