10
Sergio baja del coche y comprueba que el de Natalia está aparcado bajo el emparrado del jardín.
La ha llamado varias veces, pero no ha recibido respuesta y, aunque conoce la vida extravagante de su hermana, empieza a inquietarse.
Jasmina sale de la casa principal. Lleva una bandeja con dos botellas de champán y se encamina a la casa de invitados.
—¿Es para mi hermana?
La criada marroquí baja la vista.
—¿Jasmina? —insiste.
—Señor, no quiero tener que entrar ahí.
—No lo hagas. Llévatelo de vuelta a la nevera.
Ella obedece y se aleja aliviada. Según se acerca a la casa de invitados, donde Natalia hace su vida, gana presencia la música de dentro.
«Bulería», de David Bisbal, Sergio no soporta sus gorgoritos.
Empuja la puerta y capta de un vistazo el desastre del salón: ropa por todas partes, botellas de champán, restos de patatas fritas en boles.
Un gato atigrado lame el jugo de unas aceitunas, ¿desde cuándo tiene su hermana un gato?
Da igual que Jasmina limpie todos los días, ella siempre tiene la casa hecha una pocilga, no sabe cómo su padre le consiente vivir ahí.
Hay un abrigo de hombre colgado de la silla de la cocina.
Recorre el pasillo que conduce al dormitorio.
El volumen de la música se vuelve insoportable, ni siquiera en una discoteca lo pondrían tan alto.
El pasillo hace una ele, y, al girar, Sergio se plantea darse la vuelta sin más, ya se le ocurrirá alguna excusa que esgrimir ante su padre, lo mejor que podría pasarle a su familia es que la Hermana Mei les quitara el problema de Nata.
Pero al final se impone el deber. Entra en el cuarto, apaga el altavoz y el silencio añade un tinte aún más patético a la escena que tiene ante sus ojos: tres hombres desnudos y una chica también desnuda y con una peluca rosa se quedan paralizados, como si se hubieran encendido las luces en el cuarto oscuro de un pub.
Nata, en el centro de la orgía, murmura un «sigue» que nadie atiende, tampoco sabe a quién se dirige, si al hombre que tiene a su espalda o a la chica de la peluca rosa que está entre sus muslos.
Otro de los hombres, un chaval que no debe de tener más de veinte años, mira su pene sin saber qué hacer con su erección.
El africano que estaba masturbándolo ha empezado a reírse como un idiota al ver a Sergio en la puerta del dormitorio.
—¡Fuera de aquí! —les grita—. ¡Largo!
Pero ninguno reacciona. Su abulia le hace pensar que han consumido un cargamento de drogas, además del alcohol que había por el salón. Coge unos vaqueros que hay en el suelo y se lo lanza a uno de los hombres.
—Sergio, ¿no te han enseñado a llamar a la puerta?
Nata es la única que parece más o menos despierta en ese grupo de zombis. Ha cogido una bata de satén para taparse, aunque a Sergio le da tiempo a ver que se ha hecho un tatuaje tribal por debajo de los pechos. Una información que no necesitaba tener.
—¡¡He dicho que os vayáis de una puta vez!!
Agarra al africano, que sigue riéndose como si se le hubiera averiado un mecanismo, y lo empuja al suelo. Tira de la muñeca de la chica de la peluca rosa. «¡Vístete!», le ordena. Ella trastabilla, se le ha ladeado la peluca y le tapa los ojos. Uno de los chicos le da un empujón a Sergio.
—¿Quién cojones eres tú?
Sergio saca una pistola de la chaqueta y se la pega a la frente.
—Vuelve a tocarme.
—¿Ahora también llevas pistola? —Nata se ríe mientras los demás recogen a toda prisa sus cosas—. No tenías bastante con el Brabus, ahora una pistola, ¿para cuándo el diente de oro?
Sergio abre un armario y lanza una maleta a la cama. No soporta el olor a sexo que flota en la habitación.
—Mete lo que te haga falta para un fin de semana, nos vamos.
—¿Adónde vamos? ¿Te has vuelto loco?
—O sales en menos de diez minutos o van a venir a por ti.
—¿Quién? ¿Por qué?
—Eso deberías habértelo preguntado antes de follarte a Liam Burke.
Los compañeros de orgía de Nata enfilan el pasillo en dirección a la salida. El africano hace un amago de despedirse de la anfitriona, pero Sergio lo espanta con un gesto y el otro echa a correr. Nata no está haciendo el equipaje. Ha cruzado los brazos y mira a su hermano con aire desafiante.
—Dime qué coño está pasando.
Sergio no contesta. Llena la maleta con prendas que va cogiendo al tuntún, blusas, pantalones, dos jerséis, algo de ropa interior que encuentra en un armario.
Un abrigo. Cierra la maleta y arrastra a Natalia del brazo hasta la calle.
Allí está el Audi Q7 que ha cogido en el concesionario en lugar del Brabus.
No ha sido fácil desprenderse de ese coche, lo echa de menos, le habría gustado quedárselo.
Se nota muy cansado. El coche no es lo importante, lo que le agobia es no ser dueño de su vida.
Cada movimiento que hace lo dirige su padre, ya solo le falta que opine cuándo y cómo debe hacerle el amor a su esposa.
—No me muevo de aquí hasta que me digas adónde vamos —le dice Nata.
Sergio guarda la maleta en el asiento de atrás y luego sube al coche. Nata tarda una eternidad en seguirlo y, cuando se sienta a su lado, se lleva la mano a la cabeza.
—Me está entrando una jaqueca horrible, no se puede cortar el rollo de esa manera, Sergio. Como con los astronautas, necesito despresurizar antes.
Sergio arranca y sale de la casa. Vigila los retrovisores, no se fía de que Qiang o alguno de los sicarios de la Hermana Mei esté merodeando por allí.
—Cariño, ¿vas a seguir mudo mucho más tiempo? ¿Qué más da que me haya acostado un par de veces con Burke?
—Eres imbécil, Nata. No sé en qué momento empezaste a ser tan imbécil, pero, la verdad, no creo que tenga arreglo. Lo de casarte con un actor cocainómano o desaparecer con un futbolista argelino tiene su pase, hasta nos reímos cuando se lo contamos a los amigos. Pero esta vez te has coronado.
—Espera, ¿quién me está echando la bulla? Es que todavía estoy un poco puesta. ¿Eres el superdotado de la familia? Ah, no, que esa es Laura. Tú eres Sergio, ¿no? El perrito faldero de papá. De verdad, no sé cómo te aguanta Candela, con lo mona que es.
—A mí me da igual que la Hermana Mei te cuelgue de un puente, Nata. Tu vida hace años que me da igual: métete lo que quieras, ponte bótox hasta en los párpados, acuéstate con media Marbella. Pero no nos toques los cojones con el negocio.
—Vuestro negocio a mí me da igual.
—Ese terapeuta tuyo tan maravilloso, ¿cuándo te va a decir que lo que te pasa es que eres tonta? Te acuestas con Burke, que está con una modelo mexicana de revista, ¿tú te crees que lo hace porque le gustas?
—No te imaginas cómo soy en la cama.
—Ni ganas. Nata: te ha estado tirando de la lengua. Te ha estado sacando qué combates amañábamos para jodernos. Tú le das igual.
La mirada de ella se pierde en la noche de la autovía. Puede que le esté bajando el efecto de las drogas o que las palabras de Sergio le hayan hecho daño.
—¿Adónde vamos?
—Al aeropuerto. Te monto en el primer vuelo que salga de España y luego ya veremos qué hacemos.
—Yo no le he contado nada a Burke. Hemos echado un par de polvos, ya está.
—Cállate, Nata, por favor. Cuando te metes pastillas y cocaína no sabes ni cómo te llamas.
El coche engulle kilómetros. Sergio quiere desprenderse de su hermana lo antes posible y empezar a pensar en cómo pagar la deuda con la Hermana Mei.
Resuelto el problema del topo, tiene que contactar con Souza para que el agente vaya preparando un nuevo amaño, es la manera más rápida de hacer dinero.
El móvil se conecta al manos libres cuando responde a una llamada de Alberto Pastor.
—No es ella.
Él sigue conduciendo, no sabe bien a qué se refiere su padre.
—¿Me oyes, Sergio? No es ella.
Nata mira a su hermano con una sonrisa torcida, va a saborear cada segundo de este momento.
—¿Estás seguro? —pregunta Sergio.
—Ezequiel se ha caído en el cuarto asalto. Tu hermana no le ha contado nada a nadie. Lo único que has conseguido con toda esta estupidez es que Mei vea que estoy desesperado.
Sergio conduce en silencio. El asfalto suena bajo las ruedas del Audi. Nata tiene que hacer un esfuerzo para no estallar en una carcajada.
—Hola, papi. Soy Nata, estás en el manos libres. ¿Todo va bien? Suenas preocupado.
—Sí, cariño. Estoy bien.
Alberto cuelga. Nata se acomoda en su asiento mientras Sergio se aferra al volante, la mirada fija en el horizonte. No soportaría girarse hacia su hermana.
—Sergio, ya que estamos en el coche: ¿por qué no me dejas en el Orphan’s? Me he quedado a medias y no es bueno que un orgasmo se haga bola dentro. A lo mejor Burke está libre esta noche para mí. Si te apetece, te tomas una cerveza con nosotros.
Lo peor no son las burlas de Nata, Sergio es consciente. Lo peor será su padre. Su error tendrá un castigo.