Los Huérfanos 9
55%

9

—¿Te duele?

Aras y Laura están en la terraza del Tonis Pizza, a solo dos minutos del Marbella Arena. Él apoya un hielo envuelto en un pañuelo sobre el labio partido. No responde, la mira como si todavía estuviera analizando si puede confiar en ella.

—¿Así te presentas siempre? La hija de Alberto Pastor.

Ella sonríe. A pesar de la distancia, se puede oír la música de la velada de boxeo.

—¿Es tu forma de darme las gracias? Al entrar en ese cuarto no me dio la impresión de que fueras ganando.

—No tenía ninguna intención de ganar.

Ha cambiado, no solo físicamente. Adivina en su rostro la huella de otras cicatrices.

Otras peleas. Sigue estando en forma, el cuerpo musculado, aunque haya cumplido los cuarenta años, recuerda que era un año mayor que ella.

Pero es en su mirada de ojos rasgados donde nota una mayor diferencia.

No queda ni rastro de la ingenuidad adolescente, no existe ese brillo que tenía cuando le quedaba toda una vida por delante.

Ahora están empañados de una bruma de cinismo, no, de tristeza y derrota, de dolor.

—¿Has vuelto a Marbella? —le pregunta él.

—Solo para un par de días.

—Sigues en Madrid.

—¿Cómo sabes dónde vivo?

—Te he visto alguna vez en los periódicos. Fiscal. Supongo que tengo que darte la enhorabuena.

—No hace falta. Mi único mérito es que fui una buena estudiante. En aquella época no tenía otra cosa que hacer.

—Me refiero a que te veo bien. Me dijeron cómo tuviste que marcharte...

—Ah, la anorexia nerviosa. —Laura hace un gesto dándole a entender a Aras que no tiene que disculparse, no le importa tocar ese tema—. Gracias. Eso sí que merece una enhorabuena; no fue fácil salir de la clínica y llevar una vida más o menos normal.

Se crea un silencio en el que ninguno de los dos se siente incómodo.

No hay mucha gente en el centro comercial, las tiendas ya han cerrado y solo quedan los últimos clientes de los restaurantes.

Algunos pagan su cuenta. La camarera se acerca para preguntarles si van a tomar algo más y, como si despertara de un sueño, Laura le dice que no, que están bien así.

Cuando se quedan solos, ella da un sorbo al café que ha pedido.

—Te debo una disculpa. Por no despedirme —se atreve a decir.

—Hace demasiados años de eso, Laura.

Es la primera vez que dice su nombre y le gusta cómo suena en los labios de Aras.

—¿Y tú? ¿Cómo te han ido las cosas?

Él deja en la mesa el hielo. Hace buena temperatura esta noche y se ha deshecho, ha empapado el pañuelo.

—No quiero aburrirte.

—Inténtalo. Hasta que me veas bostezar —bromea ella.

—No me apetece hablar.

Ha sido tajante, como un cuchillo. Él se pone la chaqueta. No le ha entrado frío, simplemente se va a marchar y Laura no quiere que eso suceda todavía.

—Por lo menos dime cómo has llegado a ese cuarto del Marbella Arena, con dos tíos deseando matarte. ¿Sabes una cosa? Creo que es la primera vez que alguien me apunta con una pistola. Debería haberme cagado encima.

—Has mantenido muy bien el tipo.

—¿Quién es Putin, Aras? —Él no disimula la sorpresa cuando escucha el nombre, ha estado deseando hacerle esa pregunta desde que salieron de la plaza—. Te oí preguntarles por él antes de entrar.

—Un tío al que es mejor no acercarse. Eres fiscal: sabes que esta ciudad está llena de hijos de puta.

—No hizo falta que me hiciera fiscal para descubrirlo: tenía al mayor hijo de puta de Marbella en mi propia casa.

—Por eso no volviste nunca.

—Ni siquiera por Navidad. Se me quitaron las ganas de comerme las uvas con un asesino.

Nota un cambio en la actitud de Aras, la distancia con la que la estaba tratando se acorta, descubrir que Laura no defiende a su padre levanta sus reservas.

—Si no has venido para ver a Alberto Pastor, ¿qué te trae a Marbella?

—Mi madre. —Valora contarle toda la situación, pero decide que es demasiado pronto. Aunque se sienta en confianza con Aras, no deja de ser un extraño—. Ha tenido problemas legales y quiero ayudarla.

—¿Por eso buscas a Putin?

Laura se siente desarmada por la pregunta, ¿cómo puede saberlo?, pero no necesita preguntárselo.

—Tú también conoces a las Huérfanos. Ellos me dijeron que ibas buscándolo.

—Creo que puede ayudarme con el caso de mi madre.

Aras esboza una pequeña sonrisa. No se le escapa que Laura está evitando contarle el fondo del problema.

—Ha salido en los periódicos, Laura. Sé que está detenida por un homicidio.

—Si ya lo sabes, ¿por qué me preguntas?

—Para comprobar si confías en mí. —Aras se levanta, es evidente que ella no ha superado la prueba—. Ha sido un placer volver a verte.

—¿Y tú, Aras? ¿Por qué buscas a Putin? ¿Te vas a ir sin decírmelo?

—Si vuelves a escuchar algo de ese puto ruso, será que está muerto.

—No, Aras, por favor. —Lo ha cogido de la muñeca cuando ya se marchaba—. Necesito hablar con él. Es el único que puede ayudarme a sacar a mi madre de la cárcel.

—Ese no es mi problema, Laura. Lo dicho: ha sido un placer volver a verte.

No puede retenerlo. Aras le da la espalda y se aleja con paso lento y las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

En la pizzería están apilando sillas. La camarera le dice que van a cerrar ya.

Es una sensación extraña: se siente como un edificio al que le han cortado los pilares de la primera planta.

Por ahora, las consecuencias son sutiles, una grieta en el segundo piso, una ventana que cierra mal en el tercero, pero el edificio ha perdido estabilidad y, en cualquier momento, llegará el derrumbe.