Los Huérfanos 8
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—Ezequiel García, el Potro de Antequera, es favorito en las apuestas.

Sergio se mantiene en contacto con la zona de apuestas deportivas del casino para informar a su padre.

—¿Has hablado con su entrenador?

—Sí, me jura que nadie los ha tocado. Ni los Huérfanos ni nadie, pero eso no quiere decir nada.

Alberto Pastor mira de manera disimulada a la mesa de los irlandeses.

Griffin se ríe de algo que ha dicho Amber.

A Burke le da igual estar en público y manosea a su última novia, una mexicana, mientras esperan a que empiece el combate estrella de la velada.

¿Cómo ha podido meterse Nata en la cama con ese hijo de puta?

La fotografía que le enseñó Sergio impedía negar la evidencia.

Si no fuera por la protección de la Hermana Mei, ya habría borrado la chulería de Burke con un balazo en la cara.

—Ha pasado poco tiempo desde el último combate. Es posible que piensen que no es prudente torcer también este —especula Alberto.

—Esos putos Huérfanos son cualquier cosa menos prudentes.

Por una vez, Sergio tiene razón. Quizá es que se está haciendo mayor y le duele más de lo que pensaba que su propia hija esté arruinándole el negocio.

Hace tiempo que asumió que Nata no era la hija que a él le habría gustado tener.

Desordenada, ególatra como una niña pequeña, caprichosa, siempre en una montaña rusa emocional, le ha decepcionado mucho y de muy diversas maneras: con sus matrimonios absurdos, con sus gastos desorbitados, con espectáculos de borracheras y drogas.

Pero nunca pensó que podría ser tan estúpida como para acostarse con uno de los irlandeses.

—¿Hay apuestas fuertes a favor de la caída en el cuarto? —pregunta Alberto después de que Sergio consulte una vez más con el casino.

—Todavía no. Ya sabes, las apuestas fuertes se hacen en el último momento.

Alberto no está nada seguro del plan que ha diseñado Sergio.

Estos días se han asegurado de que Nata escuchara sus conversaciones y no se han cansado de repetir que Ezequiel, el Potro de Antequera, perdería por KO en el cuarto asalto.

No han recurrido a ningún intermediario, Sergio ha comprado directamente al entrenador y a Ezequiel, Souza no ha participado, por lo que solo hay tres personas en el secreto.

Alberto, Sergio y Nata. Si Ezequiel no se deja ganar en el cuarto asalto, será evidente que todas las filtraciones han salido de Nata.

—¿Y tu hermana?

—He hablado con Jasmina. Sigue en casa.

La velada no está muy bien organizada y el tiempo entre una pelea y otra es excesivo. Lejos de ellos, los Huérfanos beben cervezas y comen los platos de jamón que traen los camareros. Mucha gente se acerca a saludarlos. En pocos años en Marbella se han hecho populares.

—Apuesta algo a favor de Ezequiel —decide Alberto—. No demasiado, pero que vean movimiento de dinero, no vayan a estar pendientes de las apuestas, como nosotros.

Sergio se levanta para llamar al casino. La última persona a la que quería ver en el mundo cruza la zona VIP y se sienta junto a Alberto Pastor: la Hermana Mei.

—Vosotros aquí, los Huérfanos... ¿Me pierdo algo?

—Hoy no hay apuestas, no te esperaba.

—No me vas a decir que has venido porque te gusta el boxeo.

—¿Quieres beber algo? ¿Te pido un agua con gas?

—Alberto, creo que nos conocemos bien. ¿Qué vas a hacer?

—Disfrutar del combate. Tomarme un par de copas y, luego, volver a casa.

—No te estoy hablando de esta noche. Te hablo de mañana.

—No sé a qué te refieres.

—Sé que estás pasando una temporada difícil. La situación de Marimar también me da pena a mí, pero la tristeza no puede detener los negocios.

—Te he prometido que te pagaré la deuda.

—Sé que lo harás. Sé que volverás a ganar mucho dinero con los amaños, pero hay cosas que no podemos perdonar. No importa quién las haya hecho. ¿Recuerdas? Tú y yo hicimos un trato, el guanxi . Lo que nos une está por encima de cualquier otro lazo.

—¿Cuándo te he fallado?

La Hermana Mei echa una mirada a la mesa de los Huérfanos. Se arrebuja en la rebeca negra que lleva, no debe de haberle costado más de tres euros.

—¿Desde cuándo sabes que tu hija Nata se acuesta con Burke?

—¿Y tú?

Mei no responde, compone lo más parecido a una sonrisa que es capaz de armar.

Alberto piensa rápido: ella tiene ojos en cada rincón de Marbella, le ha sorprendido muchas veces porque estaba al tanto de secretos que nadie conocía; sin embargo, en esta ocasión está casi seguro de que la información no ha llegado por ninguno de los conductos habituales de la Hermana Mei.

No cree que haya sido idea de Burke, él no es tan retorcido, pero sí Griffin: ya que van a perder a su topo, ¿por qué no usarlo para poner entre la espada y la pared a Alberto? Un golpe más para seguir hundiéndolo.

—Sabes cuánto aprecio a Qiang. Tú lo conociste cuando llegó a España, era un bruto de dieciocho años, aunque con los años lo he ido puliendo. Me daría mucha pena perderlo, es casi un hijo para mí. Pero si un día Qiang me hiciese perder dinero, no lo dudaría.

El locutor del estadio los obliga a callar.

La música y su voz atronadora presentan a Ezequiel García, el Potro de Antequera, y a Mamadou Nashar.

Las luces parpadean al ritmo de la música mientras los púgiles cruzan el pasillo que los conduce al ring.

El público grita y aplaude, es el momento más divertido de toda la velada.

Alberto se pega al oído de Sergio, que ya se ha sentado a su lado.

—Vete a casa, encuentra a Natalia y sácala de Marbella. Llévala adonde sea.

—Todavía no sabemos si...

—Haz lo que te digo. Después no habrá tiempo.

Sergio obedece y sale de la pista mientras, en el ring, Ezequiel encadena una serie de golpes que debilitan la defensa de Mamadou.

Al lado de Alberto, la Hermana Mei observa con pereza el combate, como si no le hubiera ordenado hace un instante, si se confirma que Nata es el topo, que la ejecute.

Ese es el castigo que ella ha decidido: que Alberto Pastor mate a su propia hija.