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El Marbella Arena fue en otros tiempos la plaza de toros de Puerto Banús.
Ahora se ha convertido en un moderno recinto para todo tipo de eventos, desde conciertos hasta veladas de las MMA o de boxeo, como la de esta noche.
No parece que sea de las más importantes, no hay ningún título en juego.
El plato fuerte parece ser el combate entre Ezequiel García, el Potro de Antequera, y un púgil francés, Mamadou Nashar, pero no ha suscitado suficiente interés como para que se agoten las entradas.
Desde su asiento, Laura puede ver la zona vip de la pista: junto al ring, hay varias mesas, como si fueran las del reservado de una discoteca, los camareros atienden a las personalidades allí sentadas.
Ese público debe de ser el mismo que ha desfilado con coches deportivos y se ha detenido en el photocall de la entrada.
Los repasa buscando entre las mesas a Gorbachov o a Putin.
Puede que, si están implicados en la organización de este tipo de veladas, se acerquen a saludar a las personalidades invitadas.
Pero no ve a nadie que responda a su descripción.
Sí reconoce en primera fila a su padre y a su hermano Sergio.
Una camarera uniformada les sirve unas copas mientras dos mujeres —una española y una marroquí, no recuerda los nombres que ha vociferado la megafonía del Marbella Arena— se matan a puñetazos en el ring.
El juego de luces y pantallas gigantes muestra detalles de las caras ensangrentadas de las púgiles.
No llevan casco ni guantes, y la sangre no tarda en aparecer en los nudillos, en las brechas de la ceja; la española ha encajado un golpe que le ha hinchado un ojo, no cree que vea más que sombras con él.
Le cuesta entender este espectáculo de violencia, la euforia con la que el público celebra cada puñetazo, cada herida, cada suspiro de dolor.
No le resulta tan extraña la indiferencia con la que su padre y Sergio lo disfrutan en la primera fila.
Les salpica el sudor y la sangre, pero ellos dan sorbos a sus copas sin alterarse lo más mínimo, como si estuvieran viendo un ballet ruso desde el palco de un teatro.
Unas mesas más allá de la de Alberto y Sergio, Laura ve a los Huérfanos.
Griffin, en un traje blanco, está sentado junto a una pelirroja a la que dedica todas sus atenciones, galante.
Debe de ser su novia, Amber. También está Burke, acompañado de una latina de poco más de veinte años, pero él solo tiene ojos para las mujeres del ring.
La española, que llevaba todo el asalto encajando golpes, ha soltado un directo al estómago de la marroquí que la ha dejado sin aliento.
Burke se ha puesto en pie para gritar, como otros muchos espectadores, para que aproveche el momento y la remate.
La púgil no lo duda: descarga una serie de golpes en la mandíbula de su contrincante.
Los micrófonos disimulados en torno al ring amplifican los impactos de los guantes y los quejidos.
El último puñetazo, el que ha tumbado a la marroquí, viene acompañado del crujido de un hueso. Le ha partido la nariz.
Puede que este lugar no haya cambiado tanto: antes se celebraba el sufrimiento de un animal. Hoy sustituyen al toro por seres humanos.
Apaga el móvil, es la séptima llamada de Guillermo a la que no contesta.
Le escribió antes solo para asegurarse de que esas llamadas no tenían nada que ver con su madre.
Él no sabe que volvió ayer a Marbella, quizá sea injusta, pero prefiere posponer las explicaciones a su regreso a Madrid, porque contárselo ahora solo serviría para discutir y eso es lo último que necesita: no quiere escuchar que su búsqueda de Gorbachov es absurda; que esperar encontrarlo en un evento multitudinario es poco menos que creer en los milagros; que, en el fondo, esta obsesión por volver aquí, por estar cerca de su familia, es una forma de autocastigo por haberse alejado de su madre.
Su conciencia ya se encarga de machacarla con todos estos pensamientos, no le hace ninguna falta que, además, Guillermo se lo diga en voz alta.
Una música atronadora resuena en el Marbella Arena.
Los focos iluminan al público mientras las pantallas emiten repeticiones de los mejores golpes del último combate.
Un hombre limpia con una mopa un charco de sangre que ha quedado en la lona.
Laura abandona la grada por uno de los vomitorios y se deja llevar por la corriente de espectadores que va en busca de una cerveza y un perrito caliente al bar.
Hay personal de seguridad controlando el flujo de gente, aunque no sabe a qué empresa pertenecen, puede que sean exclusivos del Marbella Arena.
Un gorila con el pelo teñido de rubio vigila unas escaleras para impedir el acceso: deben de llevar a los vestuarios.
Pide unas patatas fritas con kétchup y una Coca-Cola, y, cuando busca hueco para salir del bar con su compra, lo ve: le sorprende reconocerlo tan rápido, como si solo hubieran pasado unos días desde que se vieron la última vez, cuando en realidad han pasado años.
Ha cambiado mucho, apenas queda rastro de aquel muchacho que todavía era un niño, aunque tuviera el cuerpo de gimnasio, pero no duda. Es él, es Aras.
Laura lo pierde, tapada por las personas que se agolpan en el bar.
Cuando logra superarlas, Aras ya no está allí.
El pasillo se extiende a ambos lados con un goteo de espectadores que vuelven a sus asientos y que no son él.
Por la megafonía, el locutor ya anuncia el siguiente combate.
Puede que haya sido solo un espejismo, un espectro del pasado.
Es curioso, su amistad fue breve, nunca hablaron demasiado, ni siquiera se cogieron de la mano, pero aun así Laura la recuerda como si hubiera sido su primera historia de amor. Una que no tuvo ni besos ni despedidas.
Se dispone a regresar a su asiento cuando lo ve de nuevo.
Aras está bajando las escaleras donde antes había un guardia de seguridad impidiendo el paso.
Llevada por la curiosidad y una frágil intuición —¿y si Aras tiene alguna relación con Gorbachov?
— decide seguirlo. Y, en su descenso, desemboca en las entrañas del Marbella Arena.
La música de la velada reverbera en los pasillos vacíos.
No sabe qué dirección elegir, de modo que al final opta por seguir las señales que marcan el camino a los vestuarios.
Deja puertas a los lados que ignora adónde conducen.
No hay rastro de Aras ni de ningún miembro del equipo de seguridad.
Continúa caminando con la sensación de que se está adentrando en un laberinto del que no sabrá salir.
De pronto oye un fuerte golpe metálico seguido de un grito, parece un insulto, aunque en un idioma que no entiende, puede que ruso.
Mira a su alrededor para ubicar el origen, pero no se decide a retroceder hasta que oye una voz: «¡¿Dónde cojones está Putin?
!», y entonces corre hacia una de las puertas que ha dejado atrás.
Los ruidos se suceden, todo apunta a un forcejeo.
«¡Te juro que te mato!», cree entender a continuación.
Abre la puerta sin pararse a pensarlo, y un guardia de seguridad rapado al cero, de aspecto eslavo, se gira hacia ella apuntándola con la pistola.
— Uydi otsyuda!! ¡¡Largo!!
Laura levanta las manos, asustada. El eslavo tiene el uniforme medio roto, un labio partido. Se seca la sangre con el dorso de la mano. En el suelo ve al guardia con el pelo teñido de rubio. Y también ve a Aras, que se está incorporando; ha debido de recibir también algún golpe.
—¡Te he dicho que te vayas! ¡Fuera! —le vuelve a gritar el de la pistola.
—Él se viene conmigo —responde Laura con una seguridad que a ella misma le sorprende—. ¿O prefieres que venga a decírtelo mi padre? Supongo que conoces a Alberto Pastor.
Toda la agresividad del eslavo se esfuma.
Ya no sostiene el arma con la misma determinación de antes.
Cruza una mirada con el guardia teñido de rubio, que sangra por una herida en el pómulo.
Luego, con un gesto, indica a Aras que salga de allí.
Laura nota que él está dudando qué hacer: no quiere marcharse, quiere terminar lo que sea que estuviera haciendo.
—Vamos, Aras, por favor.
Él decide salir de la habitación ante la insistencia de Laura, que cierra la puerta cuando está fuera y deja escapar un suspiro de alivio.
Se alejan de allí a toda prisa y, cuando salen a la calle, ella esboza una sonrisa.
De alguna manera cree que acaba de devolverle a Aras el favor que le hizo cuando ella era solo una adolescente en el Tatoo y aquel colombiano intentó violarla.