Los Huérfanos Marbella, 2004 #2
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Marbella, 2004 #2

Ella se lo pone en el dedo anular de la mano izquierda. El diamante refulge y crea juegos de luz con el anillo dorado. Marimar sonríe emocionada. Coge la mano de su marido y la besa.

Alberto tiene un discurso preparado para hablar del futuro.

Espera inaugurar el Casino Benamar a finales de año, en cuestión de tres años van a ser ricos, muy ricos, si es que no lo son ya.

Pero el timbre de su Nokia 1100 le sobresalta.

Cuando descuelga, oye la voz angustiada de su hija Laura, que no le da ninguna explicación, solo le ruega que vaya a recogerla.

—¿Dónde estás? ¿En el puerto? No te muevas, ahora mismo voy.

—¿Qué ha pasado? —se inquieta Marimar.

—No lo sé, es Laura. Vamos.

Salen del restaurante sin pagar la cuenta, ya se ocupará otro día de eso.

Se montan en el coche y salen quemando ruedas.

En el Puerto Deportivo hay una ambulancia que atiende a un amigo de Laura.

Ella está muy nerviosa, bajo los efectos de una fuerte impresión o quizá al borde de una crisis de ansiedad.

Sin saber lo que ha pasado, Alberto saca a su hija de allí y la mete en el coche antes de que la policía le pida los datos, no quiere que se vea implicada en nada raro.

En el coche, le pregunta qué ha ocurrido. Laura llora y se cubre el rostro con las manos. Marimar le pide a Alberto que pare en el arcén. Pasa a los asientos traseros y la abraza un instante, después clava su mirada compasiva en ella para que se lo cuente todo.

—Fue un colombiano, en el baño —balbucea—. Me iba a violar...

Poco a poco, completa el relato de lo que ha pasado.

El asalto en la discoteca y la posterior pelea fuera, la intervención de ese amigo suyo que evitó que la cosa llegara a mayores.

Laura llora y Marimar la abraza y trata de confortarla.

Alberto quiere saber más, pide una descripción del colombiano, la estatura, el color del pelo...

Pero Laura no atina a describir bien al agresor.

Esa noche, Marimar se queda sentada en el borde de la cama acariciando el pelo de su hija, que se enreda en el anillo de oro.

Cuando se duerme, se reúne en el salón con su marido, que sirve dos vasos de whisky.

—¿No deberíamos denunciarlo? —pregunta Marimar.

—Calma, hay que pensarlo bien —responde Alberto, serio. No cree en las casualidades. Que un colombiano ataque a su hija justo ahora tiene una lectura evidente. Van a por él.

Tan pronto amanece, se encamina a la tienda de la Hermana Mei.

No sabe por qué se compró una casa en la calle del Ciervo, en la urbanización de Los Monteros.

Un chalet espectacular donde apenas pasa cinco horas al día.

El tiempo de dormir y de acostarse con algún niñato sueco o danés.

Es la única debilidad que le conoce, esa afición a los jovenzuelos nórdicos.

El resto del tiempo se recluye en su miserable bazar.

—Mi hija ha tenido un problema en el puerto, han intentado violarla. Ha sido un colombiano. No sé si estoy viendo fantasmas, pero se decía que había unos colombianos interesados en el Casino Benamar.

—¿Y qué vas a hacer?

Encorvada detrás de su mostrador, la Hermana Mei ni siquiera lo mira, ocupada en revisar unas anotaciones en chino de una libreta. Alberto toma conciencia de que no es tan ajena a lo que ha pasado, que quizá detrás de los colombianos esté ella misma. Un examen para que le demuestre de qué es capaz.

—¿Quiénes son?

—Los colombianos no saben pasar desapercibidos. —Es Qiang quien le responde. La sombra de Mei está sentado en una silla de anea en la puerta del bazar. Le sorprende oírlo hablar, no suele prodigarse a pesar de su buen castellano—. Muchas noches cenan en el Olivia Valere.

Alberto va ensamblando las piezas. Que la Hermana Mei lo está poniendo a prueba le parece evidente. Incluso le señala dónde encontrar al colombiano. Al llegar a casa, comparte con Marimar su preocupación.

—No me malinterpretes —le dice—. Lo más importante aquí es el bienestar de Laura. Pero también está en juego el casino. Si defraudo a la Hermana Mei, me puede apartar del negocio.

—Lo importante es la niña, Alberto.

La respuesta de Marimar tiene toda la carga de una reprimenda, pero al decirla se toca el anillo que todavía lleva puesto, como si se estuviera despidiendo del diamante, de la vida de lujo en la que se estaban instalando.

Convencen a Laura de salir a cenar. Necesitan confirmar quién es el agresor.

—¿Es él? —le pregunta Alberto cuando están en una mesa del Olivia Valere.

A solo unos metros de ellos, Laura reconoce al colombiano que la asaltó en el Tatoo. Come y bebe rodeado de amigos y de mujeres.

—Tranquila, no tengas miedo, estás conmigo —dice Alberto.

Marimar asiente, como para transmitirle a su hija todo su apoyo. Laura toma aire.

—Sí, es él. El de rojo. El del collar con una virgen.

Laura se levanta para ir al baño y cuando vuelve la palidez en el rostro preocupa a sus padres.

En el camino de regreso a casa, no hablan del tema.

Tampoco lo hacen en los días siguientes.

Laura ha decidido no contar nada a sus hermanos.

Alberto y Marimar respetan su decisión. Es mejor que sea un secreto entre ellos.

Dos días después, mientras desayunan, aparece una noticia en la televisión: un súbdito colombiano ha sido tiroteado al llegar a su casa.

Marimar trata de fingir naturalidad untando mermelada en el cruasán.

Alberto coge la taza de café, pero le tiembla el pulso al notar la mirada de su hija sobre él y el café se derrama sobre el mantel.

Abandona la estancia con el pretexto de ir a buscar una bayeta, pero en realidad está huyendo de la mirada acusatoria de su hija, porque sus ojos se han teñido de reproche, de asco y de miedo.