Los Huérfanos Marbella, 2004
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Marbella, 2004

—Estás preciosa, Laura, no le hagas caso al idiota de tu hermano —le dice Alberto mientras ella termina de maquillarse en el espejo de la entrada. Le da un beso en la frente—. Pásatelo bien.

Laura se marcha, la ve cruzando el jardín de la casa por al lado de la piscina.

Sergio está tumbado en el sofá viendo un partido de fútbol, él es quien le ha dicho a Laura que va «pidiendo guerra» con ese vestido.

A veces, Alberto se pregunta por qué su hijo tiene comentarios más propios de un anciano que de un chico de diecinueve años.

En el suelo, Dani juega con unos bloques de construcción, los ha desparramado por todo el salón; no lo habían planeado, pero desde que Marimar le dijo que estaba embarazada, él se convenció de que debía celebrar la llegada de Dani con la misma ilusión que sus otros hijos.

Nata ha debido de irse con Marimar a pasar la tarde a un spa; se resiste a estudiar ninguna carrera, como hace Sergio o planea Laura, es difícil conseguir que se centre en algo, salta de una cosa a otra igual que un colibrí libando flores.

¿Cómo ha podido tener unos hijos tan diferentes, si a todos los ha querido por igual?

Está orgulloso de Laura, ella es su mejor trabajo; lista, divertida, tenaz, guapa, pero eso no reduce lo que siente por el resto.

¿Es esto la felicidad? Un montón de hijos corriendo entre los muros del chalet de Sierra Blanca.

Nunca pensó que podría ofrecer una vida con tanto lujo a su familia.

—Cuando vuelva tu madre, dile que he salido un momento, que no se me ha olvidado nuestra cena de aniversario.

Son veinte años casados, eso merece una celebración. Pero primero debe ocuparse de un asunto personal.

Es extraño que Leo, su antiguo socio, quiera hablar con él.

Hace mucho que no se ven, la separación fue un tanto amarga, pero no se le da la espalda a un viejo amigo.

Lo ha citado en el Estrecho, le gusta ese modesto bar en la calle San Lázaro.

Quizá Leo esperara que se vieran en el Grill del Marbella Club o en el Olivia Valere, pero Alberto prefiere un ambiente más local.

Se abre paso entre la parroquia que se amontona en la barra.

Felicita a Moisés, que ha vuelto a ser padre hace unas semanas.

Isabelita le da un abrazo, agradecida porque le encontró un puesto de trabajo a su hijo en la obra del casino.

Alberto no le dice que es un vago y que la mitad de los días no se presenta; le da igual, seguirá pagándole por ella, por Isabelita: la mujer se ha pasado la vida limpiando hoteles y no tiene la culpa de que su hijo sea un inútil.

Ildefonso, el dueño, le ha reservado una mesa en el salón.

Leo lo está esperando con una cerveza y una tapa de callos con garbanzos.

Alberto pide a Ildefonso que les traiga una botella de Emilio Moro y una ración de langostinos al pilpil antes de saludar a Leo.

—Qué alegría verte, estás igual que siempre.

Es una verdad a medias. Físicamente, puede que no haya cambiado, pero ha desaparecido esa superioridad moral con la que Leo lo miraba, ahora no es tan distinta a la de esos marbellíes de la barra del Estrecho que se acercan a Alberto como si fuera un ídolo.

—Necesito ayuda. He cerrado el despacho.

Leo no ha esperado a que trajesen el plato de langostinos ni ha preparado el terreno con preguntas de cortesía sobre la familia o la salud. Está incómodo en el salón del Estrecho, no hay apenas espacio entre las mesas, las conversaciones son ruidosas.

—Siempre supiste que con los clientes del turno de oficio las perspectivas no eran muy buenas.

—Tendría que haberlo dejado antes, pero el caso es que traté de aguantar y ahora le debo dinero al banco. Van a embargarme la casa si no encuentro trabajo pronto. He oído que estás metido en el nuevo casino de Benalmádena y, no sé..., pensé que a lo mejor necesitabas un abogado.

—En realidad, ese casino es propiedad de la Hermana Mei. Yo solo lo voy a dirigir. Ella es mi única cliente.

—Lo sé.

—Hace como quince años me dijiste que tu moral te impedía trabajar para ella.

Siente una gran satisfacción al restregárselo; todavía recuerda el desprecio con el que lo trató cuando Alberto decidió tragarse su integridad a cambio de ganar un buen dinero; el gran Leo Domínguez no, Leo Domínguez quería cambiar el mundo, defender a los justos, él nunca sería un corrupto como Pastor.

—Mis circunstancias han cambiado. Tengo un hijo, mi integridad no pone comida en la mesa.

Aunque podría seguir con esa humillación, decide que ha sido suficiente por hoy.

Conversan con un cariño impostado y brindan por el reencuentro, pero el rictus amargo de Leo y la sonrisa de superioridad de Alberto empañan el momento.

Él no prueba los langostinos, se reserva para la cena con Marimar.

Bebe dos copas de vino, consulta su reloj, se despide de Leo y le promete que le buscará algo.

Hay muchas oportunidades en Marbella, aunque solo para aquellos que son capaces de dejar los escrúpulos a un lado.

Es una lección que aprendió hace mucho tiempo y que le ha servido para no parar de crecer.

Después de años encargándose de los asuntos legales de la Hermana Mei, está a punto de dar un gran salto.

—El juego, el juego va a dar mucho dinero. El legal y el ilegal —le dijo la Hermana Mei cuando lo citó en la trastienda de su bazar, rodeada de falsificaciones de camisetas del Real Madrid y el Barcelona—. ¿Tú crees que serás capaz de dirigir el Casino Benamar?

Ha aprendido a admirar la visión para los negocios de la Hermana Mei.

Desde que se instaló en Marbella, ha tejido un entramado que le genera enormes beneficios con el mínimo riesgo.

En lugar de meterse en el tráfico de drogas o de personas, ella se hizo con el control de las rutas.

Todos en Marbella necesitan un camino para introducir cocaína o inmigrantes, para sacar dinero negro rumbo a paraísos fiscales o para distribuir sus mercancías.

Ahí es donde ella lo controla todo: aduanas, puertos, carreteras, aeropuertos.

Todo aquel que quiere hacer un negocio ilegal en Marbella debe pagarle una comisión a la Hermana Mei.

Por eso, cuando le dijo que el siguiente paso era el juego, Alberto Pastor no dudó en aceptar el encargo.

—Hay muchos a los que les gustaría estar en tu lugar —le advirtió Mei—. ¿Sabes lo que eso significa? Puede que te veas obligado a hacer determinadas cosas.

No es un ingenuo. Estar en esa posición genera envidia y obliga a defenderse. Ha sido testigo de los ataques que ha sufrido la Hermana Mei y, también, de cómo los ha resuelto. Entiende qué significa «determinadas cosas».

—Hoy he comido en el Marbella Club con Nata. He pensado que nos podríamos apuntar a clases de golf —le dice Marimar cuando se sientan a la mesa del restaurante.

Él se palpa el bolsillo de la americana para verificar que el regalo de aniversario está en su sitio. Sonríe a su mujer y se prepara para escuchar las novedades.

Forman un buen equipo. Ella se ocupa de la casa, de los hijos, de que él se pueda dedicar a trabajar al cien por cien para que la familia nunca vuelva a pasar dificultades, como de recién casados.

Además, ejerce de consejera. Alberto se desahoga con ella, le cuenta sus desavenencias con algún cliente o sus dudas ante algún encargo de la Hermana Mei que bordea peligrosamente las fronteras legales, y Marimar le da su opinión sabiendo cuál va a ser la reacción de él: un rechazo inicial dictado por el orgullo, una rumia posterior que dura varios días y una conclusión muy parecida a lo que ella le aconsejaba, presentada como una idea propia.

Es siempre así, a ella no le importa, su influencia es evidente por mucho que él pretenda minimizarla.

Pero esta vez Alberto prefiere guardarse para sí su encuentro con Leo.

Sabe lo que su mujer le diría: «No le hagas ningún favor.

Te trató con desprecio y te acabará dando problemas».

—¿Golf? Yo prefiero la petanca.

—Por favor, Alberto. ¿Vas a llevar a Björn Borg a jugar a la petanca? ¿A Gunilla von Bismarck? Vamos a jugar al golf. Mira a ver de qué club nos tenemos que hacer socios.

Los dos se ríen. Se saben dos intrusos en la alta sociedad marbellí y todavía se divierten como niños al codearse con los que protagonizan los reportajes del Hola .

—¿Has tenido tiempo de mirar el presupuesto? —pregunta Alberto.

Se refiere al presupuesto de la cocina del casino.

Marimar se está ocupando de eso y también de reunirse con arquitectos y diseñadores para montar un espacio funcional y atractivo, con algún toque moderno.

Alberto, por su lado, se encarga de la selección del personal para la parte de restauración, espectáculos, salas de juego, seguridad y zona comercial.

La Hermana Mei fue clara: el casino se usará para apuestas ilegales y para lavado de dinero negro, pero también debe ser rentable por sí mismo.

Como siempre que cenan juntos, la conversación transcurre entre temas de trabajo y de familia, las dos patas de su vida, pero Marimar se las apaña para introducir en la charla algún cotilleo social, algo que Alberto disfruta más de lo que quiere aparentar.

Tras los postres, pide una botella del mejor champán francés y le ofrece un brindis a su mujer.

—Por estos veinte años maravillosos. Por los próximos veinte.

Ella se ruboriza al comprender que le ha comprado un regalo. Marimar no lo ha hecho, no son las bodas de plata, es un aniversario más... Pero sobre el mantel hay una cajita que abre con curiosidad. Dentro, un anillo de oro con un diamante incrustado. ¿Cuánto puede valer esa joya?

—Estás loco, Alberto. Esto cuesta una millonada.

—Tú sí que vales una millonada. Además, vamos a ganar tanto que deberías comprarte una gargantilla a juego. Pruébatelo.