6
No es capaz de fijar la mirada. Vagabundea de un lugar a otro, sin enfocar nada concreto.
No se ha dado cuenta de que un hilo de baba le resbala por la comisura de los labios.
Laura quiere secárselo, pero es el funcionario de prisiones quien lo hace.
Es como si hubieran pasado decenas de años sin verse, como si Marimar se hubiera hundido en un estadio avanzado de alzhéimer.
Su mano izquierda, sobre la mesa, temblequea; es otro de los efectos secundarios de la medicación.
—Mamá, soy yo... ¿Puedo tocarla? —le pregunta al funcionario conteniendo la rabia. Sin embargo, al apoyar la mano sobre la de Marimar, ella la retira como si hubiera recibido una descarga eléctrica—. ¿Qué coño le habéis dado?
No sabe qué se va a desbordar primero, si la frustración o las lágrimas.
—Eso él no puede saberlo —intenta tranquilizarla Guillermo—. Después hablaremos con su psiquiatra.
—Mi madre no necesita ningún psiquiatra. No debería estar aquí: vosotros sois los que vais a conseguir que se convierta en una enferma.
El funcionario es inmune a las acusaciones de Laura, debe de estar acostumbrado a recibirlas.
Ella decide no insistir; en su lugar, vuelve a poner su mano sobre la de Marimar y, esta vez, su madre no la retira.
¿Está mirándola? Es como si sus ojos fueran dos náufragos que han encontrado una madera a la que aferrarse, a ella.
—Mamá, estoy aquí. No voy a dejarte sola.
—No va a parar hasta destruirme...
Marimar ha musitado esas palabras sin apenas fuerzas.
—Estoy intentándolo, te juro que hago todo lo que puedo.
Pero Laura sabe que ya no habrá respuesta.
Marimar la mira como si no la conociera, perdida en el mar de pastillas que le han dado.
No puede soportar más la impotencia, ser testigo de su tortura sin poder aliviar el sufrimiento.
Se levanta arrastrando con estrépito la silla y sale casi a la carrera de la sala de visitas.
En la calle, el sol de Alicante quema. Cierra los ojos con fuerza, no va a permitir que se derramen más lágrimas, aunque le escuezan.
Ya lloró bastante la noche pasada, al lado de Melca.
A Marimar no le ayuda tener a su hija hundida en la tristeza.
Guillermo llega a su lado poco después, se ha quedado hablando con el jefe de la sección psiquiátrica.
No le dice nada, sabe que Laura necesita su tiempo.
Ella abre los ojos, mira hacia el descampado que rodea el Centro Penitenciario de Fontcalent, la única prisión psiquiátrica de España que tiene plazas para mujeres, y donde se tratan tanto enfermedades mentales como toxicomanías.
Es una prisión de los años ochenta, con instalaciones que se han quedado anticuadas y con muchos más internos de los que puede albergar.
A Laura no le sorprendería que, en momentos de crisis o con pacientes violentos, se tomara la medida de atarlos a la cama.
—¿Qué excusa de mierda te ha dado el médico para tenerla como si fuera un zombi?
—El psiquiatra que la vio en Alcalá Meco diagnosticó que tu madre tenía ideas autolíticas.
—Guillermo se arma de paciencia para explicárselo, conoce a Laura y sabe que el mal humor va aparejado al sarcasmo y al desprecio.
No se espera otra cosa que un exabrupto cuando termine de hablar, pero, aun así, lo hace—.
Marimar tiene ideas suicidas, de ahí que hayan tenido que administrarle esa medicación: para evitar que se haga daño a sí misma.
En ese sentido, aquí, en Fontcalent, va a estar mejor vigilada que en ninguna otra prisión.
—Es increíble esto, sí. Parece un sanatorio de lujo en los Alpes suizos. Por favor, Guillermo: no intentes venderme esto como si no fuera la mierda que es.
Laura abre los brazos para que Guillermo otee el lugar: aunque la cárcel quiera parecer un centro médico, tiene el aspecto desangelado e insalubre de su entorno.
Zarzas y coches abandonados entre ellas, una carretera que muere a las puertas de la prisión, porque ¿quién querría adentrarse en esas tierras si no es porque tiene que venir a Fontcalent?
—Te dije que el juez Higueras comía de la mano de mi padre.
Ayer mismo me dijo que lo que necesitaba mi madre era un tratamiento psiquiátrico: ¿y qué ha hecho?
Encerrarla en este manicomio para acabar con ella.
No le vale con mandarla a la prisión, ni siquiera con matarla: lo que quiere es hacerle el máximo daño posible. Y cuanto más tiempo, mejor.
—Tu padre puede tener amigos en todas partes, pero no puede torcer un procedimiento judicial.
—¿Ah, no? ¿Y quién se lo va a impedir? ¿Tú? Porque de momento lo estás haciendo de puta pena.
Guillermo prefiere no continuar la discusión.
Calla. Busca las gafas de sol en el bolsillo interior de la chaqueta.
Un coche llega al control de acceso. Familiares que se enfrentan a la penosa obligación de visitar a un hermano, un marido, un hijo que no solo han cometido un delito, sino que además sufren la condena de una enfermedad mental.
—Lo siento, perdóname... Tú no tienes la culpa de esto.
Él acepta las disculpas de Laura, que se refugia de inmediato en un silencio marmóreo.
No vuelven a hablar hasta que están en el AVE de regreso a Madrid.
Guillermo ha visto cómo ella repasaba el informe de la policía del caso Strummer.
Le gustaría que confiara más en él, que volcara su atención en ese juicio, que puede ser crucial en su carrera.
Son muchos los que apuntan a Laura como próxima jefa de la fiscalía, pero nota que pasa las páginas demasiado rápido, incapaz de concentrarse en el caso.
Supone que la imagen de Marimar anulada por la medicación en esa sala invade una y otra vez su pensamiento.
—No he tirado la toalla con el ruso, Gorbachov —le dice Guillermo—. Pasé el nombre, Vitali Baburin, pero mis contactos en la policía no han encontrado a nadie con ese nombre alojado en Madrid la noche de autos.
—Podríamos ir a los ochocientos cincuenta hoteles de Madrid a preguntar a los recepcionistas por si estuvo un tío con una mancha en la frente. —El sarcasmo de Laura es algo así como una bandera de la paz. Entiende que es una búsqueda imposible.
—Y ni siquiera así. Faltarían los dieciséis mil pisos turísticos. Y que Vitali se haya registrado con su nombre. Pero repasaré los testigos del bar donde tu madre y Víctor Zamora se tomaron una copa. Y el personal del hotel Emperador...
—Sé que haces todo lo que puedes.
Al otro lado de la ventanilla, el cielo ha ido perdiendo la luminosidad del levante y se torna cada vez más gris.
—¿Estás segura de que quieres que siga con la defensa de tu madre?
—No hay un abogado mejor. —La respuesta de Laura no suena tan convincente como a ella le gustaría.
—Déjame hacer mi trabajo, Laura. El problema no es el juez Higueras ni tu padre, ni siquiera ese tal Gorbachov.
El problema es que tenemos a una mujer con el cadáver de su amante de esa noche en una habitación de hotel.
Una mujer que supuestamente le ha propinado más de treinta puñaladas y le ha sacado los ojos.
Ha dejado rastros de ADN por todas partes...
Y, por si fuera poco, la cámara de seguridad del pasillo no grabó a nadie más que a ella.
A esas pruebas nos enfrentamos. Yo haré todo lo que pueda para que se investigue cada detalle, intentaré conseguir la libertad bajo fianza y, si el psiquiatra tiene razón y tu madre necesita ayuda médica, buscaré la mejor clínica posible para ella. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
—No sirve de nada luchar contra fantasmas.
—La realidad ya nos da bastantes problemas. Tu padre, Higueras, incluso Gorbachov, nos quitan fuerzas para lo que de verdad importa.
Laura asiente con un cabeceo y pierde la mirada en el paisaje; una nube oculta el sol y despliega su sombra sobre los campos.
—Quiero pensar que es mejor que la tengan medicada, así por lo menos no es consciente de dónde está. ¿Tú crees que sufre menos?
—Creo que su sitio no está en Fontcalent. Pediré al juez que anule el traslado.
Laura apoya la cabeza en el hombro de Guillermo. Él le acaricia el pelo.
—Deja que yo me encargue de todo. Céntrate en el caso de Strummer, eso te mantendrá ocupada.
Ella asiente con un leve cabeceo. Cierra los ojos, le gustaría dormir y despertar ya en Madrid, cuando Guillermo y ella cojan diferentes taxis en Chamartín.
Él pensará que va camino de casa; ella no ha querido contarle que, mientras iba a la cafetería para comprar unos cafés, ha hecho una búsqueda en internet: dentro de dos días se celebra una velada de boxeo en el Marbella Arena; lo único que sacó de su viaje a Marbella fue que Putin y Gorbachov solían estar involucrados en estos eventos.
Ha llamado a la fiscalía para avisar de que estaría un par de días fuera por asuntos familiares y ha dado la orden de que alojen a Melca en un piso diferente.
Aunque no era más que un vagabundo lo que detonó su crisis de ansiedad, sabe que se sentirá más segura en otra casa.
Al menos hasta que llegue el día del juicio.
Luego ha escrito a su hermano Dani para avisarle de que mañana dormirá en su casa.
«¿No has tenido suficiente Marbella para unos cuantos años?
», le ha contestado él. Laura le ha respondido con el GIF de un muñeco que ríe a carcajadas hasta que le explota la cabeza.
Solo pensar en el regreso le pone mal cuerpo, pero tampoco hay otra opción para dar con Gorbachov.
La exposición de Guillermo ha sido bien clara: Marimar no tiene ninguna posibilidad de escapar de esta trampa.
No existe abogado que pueda desmontar las pruebas abrumadoras que hay en su contra.
Lo único que podría salvarla sería encontrar al verdadero asesino, a Gorbachov.
Aunque eso signifique regresar al lodazal de mafias de Marbella y tener cerca a Alberto Pastor.