Los Huérfanos 5
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—¿Cómo lo habéis visto?

—No habla de otra cosa: de Melca, le va a arrancar los ojos. ¿Qué más ha dicho que le quería hacer? —le pregunta Griffin a Amber, que ha pasado tras la barra para tirar dos pintas de Harp.

—No sé qué mierda de unos ratones enanos. Que se los iba a meter por el culo.

—Es un puto loco. —Burke no puede evitar reírse. Hasta la versión más retorcida de Trevor Strummer le parece divertida—. ¿Te acuerdas de lo del italiano ese?

—Se estaba tirando a un siciliano que había montado una tienda de productos de importación —le cuenta Griffin a Amber, que pone las pintas con la cantidad perfecta de espuma sobre la barra—.

Trevor se enteró de que les pasaba información a unos argelinos y se fue a buscarlo después de que cerrara el negocio.

Le hizo una mamada y, cuando el siciliano la tenía bien dura, se la metió en el cortafiambres. Le hizo lonchas la polla.

—El pobre nunca ha tenido suerte con las parejas —se ríe Amber.

Burke echa de menos a Strummer en esta hora de la noche, cuando Finn, el camarero, ya se ha marchado, han bajado el cierre y el Orphan’s es solo para ellos.

Se siente como cuando se emborrachaban en The Left Hand, en Belfast, y planeaban su siguiente golpe para seguir creciendo.

Strummer siempre aportaba las ideas más descabelladas; si le hubieran hecho caso, habrían convertido la ciudad en un matadero.

Por suerte, los planes de Griffin, aunque más sinuosos, les reportaban más dinero y con menos sangre.

—¿Has pensado que, quizá, nos venga bien que Trevor se pase un tiempo apartado, Liam? Al menos hasta que nos quitemos de en medio a Alberto Pastor.

—Si fueras a la cárcel, ¿a ti te gustaría que nos quedáramos de brazos cruzados? No voy a permitir que se pase veinte años ahí dentro.

—Dentro de un par será más fácil sacarlo con la condicional —insiste Griffin—.

Yo lo quiero mucho, pero tú lo sabes: Trevor estaba fuera de control.

Se había vuelto despistado. Antes no habría puesto a ese camionero a llevar un cargamento y, menos todavía, le habría dejado ir con su putita.

Tenemos a Pastor con el agua al cuello, no podemos dejar que se nos escape.

Burke da un trago a su cerveza. Amber se ha apartado disimuladamente de ellos, sabe mejor que nadie cuándo la conversación es un tema exclusivo de la familia de Huérfanos.

—¿Qué te ha contado Nata? —pregunta Griffin ante el silencio de Burke.

—Es nuestro hermano, Chris. Es posible que nos dé problemas, pero son nuestros problemas. Ya hablaremos cuando esté fuera. Hay que encontrar a esa Melca, Strummer tiene razón: si desaparece, no hay testigo ni hay condena.

—Lo estoy intentando, pero, de momento, ninguno de mis contactos en el juzgado sabe nada. La fiscalía ha controlado mucho quién tiene la información de su domicilio.

—Debería haberle dado de hostias a Laura Pastor hasta que nos lo dijera.

—Burke vacía de un trago lo que le queda de pinta.

No espera una respuesta de Griffin. Sabe que una fiscal es intocable, en España se permite que la violencia escale hasta cierto punto, pero los policías y los jueces están por encima, hay que medir muy bien las consecuencias antes de hacerlo—. Voy a mear.

Tambaleante, la melena roja de Burke se aleja hacia los baños. Amber tira otra cerveza.

—¿Quieres una? —Griffin la rechaza con un gesto triste—. Liam tiene razón, cariño: Trevor no es capaz de pasar inadvertido en prisión. Se meterá en líos. Le subirán la condena. Hará que la provisional sea imposible.

Amber rodea la barra y abraza a Griffin, que hunde la cabeza en sus pechos mientras ella le acaricia el pelo.

—Supongo que tengo miedo —le confiesa él—. Hasta ahora, ha ido saliendo de todas, pero llegará un día en que Strummer no salga. Y no te hablo de la cárcel: iremos a recogerlo a la morgue porque alguien le habrá pegado un tiro entre ceja y ceja.

Siente el beso cálido de Amber en la cabeza. Tendrá que acostumbrarse a vivir con la inseguridad de cuál será el futuro de Strummer, no puede cuidar de él las veinticuatro horas. No es su madre, solo su hermano.

El estruendo de la puerta del baño y los gritos de Burke, «¡Suéltame, hijo de puta!», deshacen el abrazo de Amber y Griffin. Él corre a buscar la pistola que esconden bajo la barra, pero no tiene tiempo de llegar. Burke cae al suelo del pub, la sangre de un labio partido gotea en la madera.

—No te muevas o le parto el cuello.

Rápido, Aras levanta a Burke y rodea con el brazo su garganta como si fuera una soga. Con la otra mano lo agarra de la madeja de pelo rojo. Con un movimiento seco podría partirle la nuca.

—¿A qué viene esto, Aras? Teníamos un acuerdo. No sé por qué te complicas la vida. —Griffin quiere sonar conciliador, es consciente de que, en esta situación, tiene todas las de perder.

—Suéltame o te juro que te mato —se revuelve Burke.

Aras presiona con más fuerza para dejarlo sin aire. El pelirrojo patalea al borde de la asfixia. En el taburete, Amber da un sorbo a su cerveza, tranquila.

—Si quisiera matarlo, ya lo habría hecho —le dice a Griffin.

—¿Qué quieres?

Sabe que su chica tiene razón. Aras debió de colarse en el bar cuando todavía estaba abierto y ha esperado escondido en el almacén que hay junto a los baños hasta que ellos se han quedado solos, hasta que Burke ha ido a mear y ha decidido que ya era el momento oportuno.

—Amber se equivoca. Si está vivo es porque quiero que veas cómo tu hermano muere. Yo voy a tener ese detalle contigo, Griffin. El mismo que no tuvisteis conmigo y con mi hija. Ni siquiera me dejasteis despedirme.

—¿Qué hija?

El desconcierto de Griffin es real. El rostro de Burke se amorata, falto de oxígeno, ya no tiene fuerzas para forcejear.

—Suéltalo, no seas idiota —le ordena Amber—. Ellos no le han hecho nada a ninguna hija tuya.

—Amber te está diciendo la verdad. Ni siquiera sabía que tuvieras una.

—¿Estás seguro? Se llamaba Flor. Ella y una amiga fueron con vosotros al Casino Benamar.

Este hijo de puta —dice anudando aún con más fuerza el brazo alrededor del cuello de Burke— le soltó una hostia, le partió el pómulo y ahora...

¿a quién habéis mandado para que lo haga? ¿O lo hicisteis vosotros?

—¡Suéltalo, Aras, lo vas a matar! ¡Nosotros no hemos tocado a tu hija! ¿Por qué no hablas con ella? ¡Pregúntaselo!

Una mirada desamparada de Aras viaja de Griffin a Amber, detecta su miedo y, también, su incomprensión. Libera a Burke, que se derrumba en el suelo, tosiendo, con arcadas, mientras recupera el aire. Griffin corre a ayudarlo.

—Mi hija está muerta. Tuvo ese encontronazo con vosotros y ahora está muerta. Un tío la seguía desde la puerta del instituto: uno bajo, medio calvo, mazado de gimnasio. —Aras recopila lo que sabe, como si fueran pistas de un acertijo que termina en los irlandeses.

—¿Putin? —le pregunta Griffin mientras ayuda a Burke a sentarse en una silla. Amber llena un vaso de agua—. Por lo que dices, parece él. ¿Qué hizo?

—Entró en casa de mi exmujer. La mató a ella y, después, a mi hija. Le rompió la cabeza contra la loza del lavabo. —Su murmullo es como el de un paciente de hipnosis, sin emoción, plano.

—Eres un idiota —dice Burke después de beber agua—. ¿Por qué cojones iba a hacerle yo nada? ¿A mí qué coño me importa una puta medio armenia?

Aras clava una mirada llena de furia en el irlandés. La rabia corre de nuevo por sus venas y siente la tentación de lanzarse sobre él, de golpearle hasta que no le quede un hueso entero.

—Piensa, Aras, ¿qué ganamos nosotros haciéndote daño?

Hicimos un trato; te hemos pagado lo que acordamos, ¿has mirado tu cuenta?

Deberías preguntarte a quién beneficia lo que ha pasado con tu hija.

—Griffin se ha hecho con una pistola y le apunta, más como defensa que porque vaya a disparar.

Aras piensa por un instante que le daría igual que una bala le atravesara el pecho.

Al menos, eso serviría para aplacar el dolor que apenas puede soportar—.

¿Quién suele trabajar con los rusos? Con Putin, con Gorbachov...

—Alberto Pastor —murmura Aras. Se siente el alumno que no ha sido capaz de responder a la pregunta más obvia del profesor.

—Ha ido a por ti. Está tan asustado que no mide lo que hace. A lo mejor solo ha matado a tu hija para hacer que volvieras, para cazarte en el entierro.

La lógica de Griffin no admite réplica. Es sencilla, transparente. Y Aras suma a su dolor la culpa: Flor ha sido la víctima de sus decisiones. Si se hubiera caído en el primer asalto, ella estaría viva.

—¿Dónde está ese Putin?

—Últimamente lo buscan mucho. Laura Pastor, la hija de Alberto, también anda detrás de él.

Pero la verdad, no tenemos ni idea. Creo que a veces montaban veladas de boxeo en el Marbella Arena, pero no sé si seguirán haciéndolo.

—Griffin no ha dejado de apuntar a Aras, aunque ahora parezca un boxeador sonado que ya solo puede encajar golpes—.

Deberías largarte de Marbella. Vuelve a Alfarnate, es lo más inteligente.

—Si no te mata Alberto Pastor, lo haré yo —jura Burke desde su silla.

Aras descarga en su estómago un puñetazo que vuelve a cortarle la respiración. Griffin amartilla el arma, pero no se decide a disparar porque el armenio sale del pub como si los Huérfanos fueran poco más que espectros.

El frío de la noche hiela la cara de Aras y las lágrimas que caen por sus mejillas.

La ciudad está muerta a esas horas, las luces de las farolas no iluminan más que a un perro callejero que se esconde en las sombras.

La tentación de acabar con todo es tan grande como el deseo de una copa para el alcohólico.

Ni siquiera la mención a Laura se abre paso en su pensamiento; el recuerdo de la hija de Pastor fue algo que ocupó buena parte de su vida durante años.

Esta noche, sin embargo, ha desaparecido de la conversación interior que atruena en su cabeza: él tiene la culpa de que su hija esté muerta, él provocó esos golpes contra la loza, él tiene que vengar a Flor y, después, tal vez llegue la paz.

Después, quizá se permita terminar con el dolor.