Los Huérfanos 4
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Ha parado en el restaurante María Belén, a la altura de Tembleque, para tomar un café y un pincho de tortilla.

Conforme se alejaba de Málaga, Laura ha ido recuperando el control de su cuerpo, como si se liberara de unas cadenas.

Siente alivio, pero al mismo tiempo no deja de pensar que sus reacciones al estar cerca de su padre y su aversión a la ciudad tienen algo de ridículo.

Es como una imitación cutre de Superman y su intolerancia a la kryptonita.

Cuando regresa al coche, ve que tiene varias llamadas perdidas.

Se ha dejado el móvil, pero no tiene el número agendado, debe de ser cualquier teleoperador que quiere venderle algo.

Arranca y conecta el teléfono para poner música.

Suena la maqueta de los Corazones Salvajes, el grupo de Guillermo.

Nunca se lo dirá, teme que se lo crea demasiado y la obligue a escuchar todos los días su música, pero hay algo reconfortante en esas canciones de cowboys y mujeres fatales en tugurios polvorientos junto a la autopista.

Le hacen sentir en casa, a salvo, como si la voz de Guillermo fuera el antídoto de la kryptonita.

Vuelve a sonar el móvil, de nuevo el número desconocido, y su intención es rechazar la llamada, pero es torpe con la tecnología y consigue todo lo contrario. De repente, la voz de una mujer suena a todo volumen por los altavoces del coche.

—¡Está aquí! ¡¿Me oyes, Laura?! ¡Te he llamado mil veces! ¡Está aquí!

Le cuesta identificarla, porque sus gritos saturan el sonido, y está tan asustada que su voz no suena como si fuera la suya. La de Melca.

—Tranquilízate: ¿quién está ahí?

—¡No lo sé! Me ha seguido al salir del curro y sigue ahí abajo, en la calle. ¡¿Y si entra, Laura?!

—Echa la llave. Apártate de las ventanas. ¿Has llamado a la policía?

—¡No van a venir! ¡Les he dicho que van a matarme, pero les ha dado igual! ¡A todo el mundo le da igual! ¡Estoy sola!

—No lo estás, Melca: voy a llamar yo también a la policía. Seguro que llegan muy pronto. —Por los altavoces, ahora solo oye el ruido de la respiración nerviosa de Melca—. Hazme caso. Cierra con llave, aléjate de las ventanas. No va a pasarte nada.

El trayecto desde Tembleque hasta el barrio de Manoteras, donde vive Melca, lo hace muy por encima del límite de velocidad.

Sabe que en las próximas semanas le llegará una colección de multas.

Puede que no esté ganando demasiado tiempo, apenas unos quince minutos, y supone que la policía habrá llegado mucho antes que ella, pero no levanta el pie del acelerador.

En el caso de otra testigo, no le habría dado crédito, pero Melca no tiene por qué fantasear cuando dice que alguien la está siguiendo para matarla.

Si los Huérfanos fueran capaces de localizarla, está segura de que eso es lo que harían.

—No era más que un vagabundo. El pobre iba tan borracho que no entendía qué había hecho. Lo hemos llevado a un albergue.

En algo menos de una hora, Laura ha dejado su coche en la calle Vélez Rubio y se ha presentado como fiscal a la pareja de policías que charlaba junto a su coche patrulla. Respira aliviada, por fin. Todo ha sido un ataque de pánico de Melca.

—Gracias, de verdad.

—Nos vamos a quedar por aquí una hora o así, pero no sé si esa mujer debería tomarse una pastilla para los nervios. ¿Quiere que avisemos al SAMUR?

—No hace falta. Yo me encargo de ella.

La casa de Melca está en un bloque obrero de ladrillo visto y cinco plantas, con un ascensor anexo a la caja de la escalera, un lujo que muchos vecinos del barrio todavía no tienen.

Pasa los días entre ese piso que le facilitó la fiscalía y el establecimiento de uñas postizas en la Gran Vía de Hortaleza.

Una vida de reclusión que se ha visto obligada a llevar desde que se convirtió en la testigo clave del juicio contra Strummer.

—Lo dejo, no voy a testificar —le dice nada más abrir la puerta.

Tiene el rímel corrido por las lágrimas. Aunque su nivel de ansiedad ha bajado, Laura detecta un movimiento nervioso en los dedos de su mano derecha. Se pasea de un lado a otro, siempre lejos de las ventanas, como si todavía temiera que una bala atravesara el cristal y pudiera matarla.

—Me estoy volviendo loca. Cada vez que un hombre se me acerca, me salta el corazón, ¿y si es uno de ellos? Voy mirando a todo el mundo como si fueran a atacarme. Llevo dos años aquí y todavía no me he atrevido a cruzar el parque de Manoteras.

No debería hacerlo, Laura lo sabe bien: hay líneas que no se pueden rebasar.

Los miedos de Melca están justificados y no terminarán con el juicio, ni siquiera con la condena de Trevor Strummer.

Si fuera su amiga, le diría que hiciera la maleta y desapareciera del país, pero no lo es.

Es la fiscal y su obligación es atar las pruebas suficientes para que Strummer no salga de prisión, aunque eso convierta la vida de Melca en un infierno.

Por eso se arrepiente incluso antes de decirlo en voz alta:

—¿Por qué no te vienes a dormir a mi casa? Te puedo ofrecer un buen vino y kilos de helado de Strawberry Cheesecake, no creo que haya mucho más en la nevera. Las dos necesitamos una borrachera y olvidarnos de todo por una noche.

La propuesta es extraña también para Melca, pero al menos consigue detener por un instante sus paseítos de un lado a otro del salón. Se la queda mirando con un gesto tan desvalido que Laura siente ganas de darle un abrazo. Pero un instinto de decoro le insinúa que es mejor mantener las distancias.

Melca no puede parar de reír, y eso que la anécdota que le está contando Laura no es tan divertida.

Es culpa de la botella de vino blanco que se han bebido y, tal vez, de haber encontrado el espacio para liberar la tensión, como cuando en una película de terror un personaje cuenta un chiste y el público, que en otra película solo habría sonreído, estalla en una carcajada.

—No se había dado cuenta, te lo juro. Estaba bailando en mitad de la discoteca, con el culo al aire.

La falda se le había quedado enganchada a una planta que había al lado de la barra.

Aras, un amigo de ese verano, y yo fuimos corriendo a taparla.

Pero en realidad, a todo el mundo le daba igual: así era Marbella en los dos mil.

Julián Muñoz y la Pantoja, obras por todas partes, coches de lujo...

Todo valía. Era como una de esas fiestas en las que nadie quiere que se haga de día.

Da un trago a su vaso de vino para disimular la ola de tristeza que siente nacer en el estómago.

Melca no sabía que Laura se había criado en Marbella, nunca habían cruzado esa frontera de intimidad que, esta noche, han rebasado de sobra, aunque a Laura le cuesta rememorar las luces de su adolescencia, ese tiempo ingenuo y feliz de su último verano, antes de que la realidad apareciera a su lado sin ninguna de sus máscaras.

Todos esos recuerdos terminan hundiéndose en la oscuridad: hablaba de sí misma cuando decía que vivían una fiesta.

Ella era más consciente que nadie de que el día iba a llegar y, entonces, tendría que enfrentar la realidad.

Que esa corrupción que de un lado era lujo y fiesta, revistas del corazón y desfiles de famosos, del otro era la historia de familias y empresas extorsionadas, de violencia, de muerte.

Un péndulo que se movía al son que marcaba su propio padre.

—Yo llegué a Marbella más tarde, en el 2010, y estuve poco. Un año. Luego me fui a Málaga.

—¿Cuántos años tenías?

—Diecisiete. Y ya pasé demasiados en Comares.

—Laura conoce el pueblo, arracimado en lo alto de una montaña en la Axarquía, con tradición de viñedos—.

Mi padre vendimiaba y siempre andaba quejándose de que yo no lo ayudara en la faena.

Quejándose y sacando a pasear la mano cuando se tomaba cuatro vinos.

Y mi madre callada como una tumba. Se ponía a fregar y a hacer ruido con los cacharros para no oírme llorar.

Cuando me fui pensé que vendrían a cogerme de los pelos y a llevarme de vuelta, pero no lo hicieron. Yo creo que hasta se alegraron.

Laura rellena las copas de vino y abre un sobre de jamón que ha encontrado en el frigorífico, debió de dejarlo Guillermo, mientras Melca le cuenta sus años de camarera hasta que, después de hacer un curso de manicura, consiguió trabajo en un local de uñas.

—Lo único que echo de menos de mi pueblo es a mi hermano pequeño, Ginés. —Solo con nombrarlo, se le humedecen los ojos—. Tenía dos añitos cuando me fui y era la cosa más guapa que hayas visto: rubio, ojos verdes... Pero tuve que dejarlo al lado del borracho de mi padre.

—¿No has vuelto a verlo?

—Un par de veces. Ya tiene dieciséis. Quería llevármelo a Málaga, con mis ahorros iba a alquilarme una casa con dos habitaciones.

El gesto de impotencia de Melca explica lo que querían decir esas palabras que no logra articular: ha perdido el control de su vida, y todos los planes que acariciaba con tanto mimo han saltado por los aires.

—Yo también tengo un hermano pequeño: Dani. Y también es lo mejor que ha salido de mi familia. —Laura alza su vaso—. Brindemos por los hermanos pequeños.

Chocan sus vasos. Melca se abriga con una manta en una esquina del sofá. Por la noche, la temperatura baja bastante en Madrid, no como en Marbella. Se agradece un poco de frío después de tantos meses de calor asfixiante. Laura se levanta para sacar otra botella del frigorífico.

—No sé si tengo valor para testificar en el juicio.

Se sienta a su lado. Va a seguir bebiendo hasta que caiga inconsciente, es la única manera que se le ocurre para apagar la máquina de su pensamiento, que tan pronto va del juicio contra Strummer al desamparo de Melca o a la situación de su madre.

—Estoy un poco borracha, pero ¿quieres que te diga la verdad?

El problema no es el juicio, Melca. El problema es que salieras con vida aquella noche.

Tendrías que haber muerto, como Ramón Castillo.

Da igual que testifiques. Puedes hacer las maletas y largarte al Polo Norte.

A los Huérfanos eso no les importa: son unos asesinos y tú eres un cabo suelto.

No van a permitir que sigas con tu vida.

Por eso mismo, tienes que ayudarme a meter en la cárcel a ese puto loco de Strummer.

Ya que te odian, échale huevos, dales motivos.

Vamos a conseguir la máxima pena para ese cabrón.

Y luego te ayudaré en todo lo que pueda: dinero, un trabajo fuera de España, hasta podemos hacer algo con tus datos personales para que sea más difícil localizarte.

Melca se abraza a sí misma, en silencio.

Laura teme que el alcohol le haya hecho ser demasiado cruda.

Puede que acabe de perder a su principal baza en el juicio.

Entra un mensaje de Guillermo en el móvil —«¿Puedes hablar?

»—. Le sorprende, son casi las dos de la mañana y las conversaciones a esas horas nunca traen buenas noticias.

Se disculpa con Melca y se aleja a la cocina para llamar.

—¿Qué ha pasado?

—Tu madre ha tenido una crisis nerviosa, Laura. Me han avisado de instituciones penitenciarias. Está bien, no te asustes.

—¿La han llevado al hospital? Quiero ir a verla.

—No puedes. No está en el hospital. El juez Higueras ha autorizado el traslado a Fontcalent. A Alicante.

—¿A la cárcel psiquiátrica? ¡Será hijo de puta! ¡Es mi padre! ¿No lo ves? Es él quien ha forzado al juez.

—Laura, no vamos a adelantarnos. Cojo un AVE a primera hora de mañana, haré las gestiones para que puedas visitarla. Lo primero es que Marimar esté bien atendida.

Lanza la copa de vino contra la pared y en el estruendo de cristales reverberan la impotencia, la rabia y, después, las lágrimas.

¿Cómo puede ser su padre tan cruel? No le basta con implicar a su madre en un homicidio, tiene que llevarla a una prisión psiquiátrica, rodearla de un dolor infernal.

«Lo que más necesita es un psiquiatra», le dijo en el jardín de la casa.

¿Es que no hay manera de cortar los tentáculos de Alberto Pastor?

De repente, el calor de un abrazo la sorprende.

Es Melca, que no le pide explicaciones. Solo la consuela envolviéndola con ternura.

Laura sabe que debería ser ella la parte protectora, pero no tiene fuerzas para devolver las posiciones a su situación natural.

Poco a poco, su llanto se apaga en el pecho de Melca.