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Después de la comida, antes de irse a hablar a solas con Laura, su padre le había pedido que lo esperara en el despacho.
Los vio charlar en el jardín y pensó que ella, más delgada, aunque sin ser el esqueleto que abandonó Marbella hacía veinte años, se parecía a su madre, igual que Dani.
Él, en cambio, había heredado los rasgos del padre.
No fue capaz de decidir a quién se parecía su hermana Nata, quizá a la madre del cirujano plástico que le había hecho todos los retoques.
Su padre entró malhumorado en el despacho.
Laura lo alteraba. Siempre lo había hecho, desde que era una adolescente.
Y, después, a lo largo de los años, una simple mención porque había terminado la carrera o había aprobado las oposiciones le torcía el gesto.
Sergio esperaba que su paso por Marbella fuera lo más fugaz posible: no le apetecía soportar los cabreos de Alberto por una hija que lo había despreciado.
—He hablado con la policía. —Sergio quería sonar tranquilizador—. Están tratando el homicidio de la hija y la exmujer de Aras como un robo con violencia. Alguien tendría que decirles a esos rusos que no hacía falta llegar tan lejos. ¿Quién ha sido? ¿Putin o Gorbachov?
—A los rusos les diré lo que me salga de los huevos.
Su padre se sirvió un whisky y se dejó caer en el sillón junto al ventanal.
—¿Cómo coño le vamos a pagar a la Hermana Mei el dinero que le debemos?
Treinta millones —murmuró Alberto—. ¿Qué puedo hacer?
¿Vender mi participación en el casino? Ni siquiera creo que eso lo cubra: tendría que hipotecar esta casa porque esos putos Huérfanos nos han metido un topo que somos incapaces de encontrar.
¡Porque no podemos organizar ni una apuesta más!
La protesta de Alberto se transformó en ira.
Sus gritos resonaron por la casa. Más de cuatrocientos metros cuadrados habitados solo por el servicio, que ya estaba acostumbrado a las explosiones de Alberto y, también, a no prestar atención a nada de lo que dijese.
Por su propio bien. Sergio, sin embargo, no pensó que estuviera tan atormentado por la presión de la Hermana Mei: le dio la impresión de que había encontrado una excusa para dejar escapar su rabia, que en realidad venía de la conversación con Laura.
—He investigado a Souza y está limpio. Perdió casi un millón de euros en el combate de Aras —le dijo cuando notó a Alberto más tranquilo.
—Me da igual. No quiero volver a trabajar con él.
Sergio prefirió no defenderlo en ese momento, pero tendría que hacerlo.
João Martins Moreira Souza, el representante portugués de deportistas, era la figura clave en los amaños de las apuestas.
Su cartera de representados incluía a futbolistas, jugadores de ping-pong, tenistas o jinetes de concursos hípicos, y muchos estaban dispuestos a fingir una lesión o a dejarse ganar un partido a cambio de unos euros.
—Hoy, mientras comíamos, Nata me ha dicho algo que me ha hecho pensar. —Comprobó que tenía la atención de su padre antes de continuar—. Se ha reído de que el combate de Aras no saliera bien, y yo no le había contado nada. Supongo que tú tampoco.
—¿Desde cuándo se puede discutir algo serio con tu hermana?
—En realidad, no es tan difícil que lo supiera: siempre está vagando por la casa, ha podido escucharnos...
—¿Qué coño estás insinuando?
—No digo que lo haga a propósito, pero ¿qué vida lleva Nata?
Es un caos: sale, bebe, se mete de todo, vuelve a casa con el primero que encuentra.
¿Quién te dice que no se haya ido de la lengua?
Muchas veces no se acuerda ni de con quién ha estado: ¿y si alguien se está aprovechando de ella? Saben que es nuestro punto débil.
Alberto rumió en silencio la teoría de Sergio. No podía negarla, coincidía con él en que la vida de Nata era una montaña rusa de parejas, adicciones, subidones y descensos a la depresión.
—Creo que estás viendo fantasmas. Mejor céntrate en buscar al armenio. Tiene que aparecer, ¿o es que no va a ir al entierro de su hija?
Sergio disimuló su decepción, su padre prefería obviar la hipótesis de Nata, quizá porque él se la había planteado antes de que Alberto se diera cuenta. Nunca asumía que su hijo pudiera tener buenas ideas.
—Y otra cosa. ¿Te has deshecho ya del coche hortera que te has comprado?
—Quería hablarte de eso, papá. No sé por qué tengo que venderlo, es un coche muy bueno.
—Llama demasiado la atención. No quiero ese coche igual que no quiero que lleves un colgante de oro con un kaláshnikov. —Y con un gesto le dio a entender que la conversación había terminado.
En el Mirador del Higuerón piensa que es una tontería enrocarse con el tema del Brabus.
Es un hombre con más de cuarenta años, tiene una esposa muy guapa y dos hijos sanos, una casa bonita, y, por muy mal que vayan los negocios, seguirán ganando mucho dinero.
Solo tienen que conseguir aplacar a la Hermana Mei, porque tanto su padre como él saben que sus amenazas no caen en saco roto.
—¿Qué tal ha ido el día? —le pregunta a su esposa al llegar a casa.
—Como todos. En la Diputación no tenemos muchos sobresaltos. ¿El tuyo?
—No me hagas hablar.
Candela, su esposa, es gaditana, aunque vive en Marbella desde muy joven: su padre llegó de funcionario al ayuntamiento cuando ella tenía quince años.
A Sergio le parece perfecta: divertida, muy atractiva, buena madre y buena esposa.
Se conocieron en el casino, ella ganaba un dinero de crupier mientras estudiaba.
Después terminó la carrera de Periodismo y lo dejó; ahora trabaja en el gabinete de prensa de la Diputación de Málaga.
Si de algo están orgullosos los dos es de que su empleo no tiene nada que ver con el de Sergio, ni los Pastor han influido para que fuera contratada.
Aunque Candela no quiere involucrarse en los negocios de su familia política, es la mejor asesora que puede tener Sergio.
—Mi padre quiere que me deshaga del coche.
—No me extraña. Es como anunciar que tienes negocios sucios. Parece el coche de un mafioso. Cómprate uno normal.
—Podrías apoyarme un poco.
—Eso es lo que hago. Intento que no acabes en la cárcel.
Aprovechan que los dos han llegado pronto a casa para bajar con los niños a la piscina de la urbanización.
A Candela no le gustan los chalets y se han instalado en el piso donde vivió la familia Pastor antes de construir la casa de Sierra Blanca.
Está delante de la playa de La Fontanilla, muy cerca del hotel Don Pepe.
El piso es enorme y con buenas vistas, nada que envidiar a las urbanizaciones más exclusivas de Marbella.
—Un día de estos iré al concesionario, a ver cuánto me dan por él —asume Sergio—.
Joder, es que no sé por qué mi padre se tiene que meter en esto.
Tengo una hermana borracha, un hermano que va de hippy, otra anoréxica a la que de repente le ha dado por reaparecer y una madre en la cárcel acusada de asesinato.
Y parece que lo más grave de todo es que yo me compre un puto Brabus.
—¿Laura está en Marbella? Me gustaría conocerla. ¿A qué ha venido?
—En realidad, no tengo ni idea. Puede que sea por algo de mi madre. Con suerte, ya debe de estar camino de Madrid. No va a hacer falta presentártela.
—¿Es eso lo que te tiene así? ¿Tu madre?
—Es absurdo lo que ha hecho. Una locura. Pero no sé de qué me sorprendo: no hay nadie cuerdo en la familia Pastor. Mi padre dice que está pendiente de ella; el juez que lleva el caso, Higueras, es amigo suyo de hace tiempo.
—¿Entonces?
Sergio mira a sus hijos chapotear en la piscina.
El pequeño, Paquito, intenta subirse a una colchoneta.
Está demasiado cerca del borde y de repente tiene miedo de que vuelque y se golpee contra el cemento.
Lanza un grito para reconvenirle y que deje de hacer el tonto.
Candela se enciende un cigarrillo. No lo presiona, nunca lo ha hecho.
—Tenemos una deuda demasiado grande con la Hermana Mei. Podríamos taparla con un par de apuestas bien armadas, pero..., no sé, Candela. Nos tienen cogidos por los huevos.
No necesita explicarle más. Ya le ha hablado antes del topo que está pasando información a los Huérfanos.
De cómo actúa la Hermana Mei cuando alguien incumple un pacto, cuando se rompe ese puto guanxi y ella decide que no está recibiendo el «amor» que merece.
Candela lo coge de la mano mientras Sergio no deja de mirar a sus hijos: sabe que tiene miedo por ellos.
—Tengo que irme —dice de repente, y se despide de Candela con un beso—. ¿Me dejas las llaves de tu coche?
No es fácil anticipar las andanzas de su hermana Natalia, pero está seguro de que en algún momento saldrá de la casa en su Porsche 911 Cabrio negro.
Hay que joderse que ella pueda tener ese coche sin que su padre le diga nada y que él tenga que deshacerse de su Brabus.
Sergio la espera a la salida de la urbanización Sierra Blanca, en el Toyota Corolla azul de Candela.
Se siente como un detective de tercera, sentado dentro del coche, pero la pista de Nata es lo único a lo que puede agarrarse.
Son las siete de la tarde cuando ve salir el Porsche.
Lo sigue a una distancia prudencial. Nata aparca en un local de manicura para una sesión de uñas.
Él espera con calma leyendo las noticias deportivas en el móvil.
Después se dirige a las tiendas caras de la avenida Ricardo Soriano.
Entra en Ruz Joyeros —allí fue donde Sergio encargó el anillo de pedida para Candela— y sale con una bolsita.
Algo ha comprado. Quizá los pendientes que lleva puestos, le parece que antes no los llevaba, luego dirá que los ha diseñado ella.
La sigue a pie porque ella no vuelve a por su Porsche, pasea hasta el parque de la Constitución.
No sabe adónde va, ha ido dejando atrás todos los pubs donde podría entrar a tomar algo. Debe de haberse citado con alguien.
Al llegar al aparcamiento del edificio Skol, se detiene junto a un Bentley blanco.
El conductor estaba esperándola y se baja para abrirle la puerta.
Su pelo desordenado y rojo es inconfundible: Liam Burke.
Se saludan con un beso rápido y salen del aparcamiento.
Sergio está demasiado lejos de donde ha aparcado su coche, es inútil intentar seguirlos.
Pero ha tenido tiempo de hacerles una fotografía con el móvil.
Sabe que, de otra forma, su padre sería incapaz de creerlo, porque, en realidad, parece una locura que su hermana se esté follando al líder de los Huérfanos.