Los Huérfanos 2
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—¿Quiere algo de beber mientras aviso al señor?

—Un agua con gas, si eres tan amable.

Laura no conoce a la chica marroquí, uniformada, que le ha abierto.

Lleva veinte años sin pisar esta casa y Jasmina no tiene más de veintitrés o veinticuatro.

Todo ha cambiado, le resulta imposible encajar el enorme espacio en el que espera con el salón de su memoria, cuando era una adolescente y pasaba horas tumbada en el sofá viendo capítulos de Sexo en Nueva York .

Ahora la distribución es diferente, nota la mano de un interiorista que lo ha amueblado para que resulte fotogénico, no para vivirlo.

Unos soldados de terracota sobre una consola, regalo de la Hermana Mei, son los únicos supervivientes de aquel salón del pasado; no le gustaban entonces y tampoco le gustan hoy.

Las reproducciones de los guerreros de Xiam le provocaban una inquietud cuyo origen no era capaz de definir, como si la estuvieran vigilando.

Hoy sabe que esa intuición de la adolescente tenía una base: la Hermana Mei es la sombra que envuelve Marbella.

Su nombre apareció en la instrucción del caso contra Trevor Strummer, está por encima de los Huérfanos, como supone que también está por encima de su padre.

Jasmina le trae el agua con gas y le adelanta que pasarán muy pronto al comedor, antes de disculpar el retraso de su padre.

«Ojalá no viniera nunca», piensa Laura. No pegó ojo la noche pasada.

Insomne, se sumergió en el caso de Strummer, la declaración de Melca; intentaba mantener su pensamiento lejos de su padre, de la inminente comida en la casa de su infancia, pero con una recurrencia masoquista caía una y otra vez en él, en Alberto Pastor.

En la incapacidad física que sentía en su presencia, como si, en lugar de su padre, tuviera que sentarse junto a un cadáver putrefacto, como si la mano que posó sobre ella no fuera más que huesos.

Pasea por el salón entre obras de Jaume Plensa y Manolo Valdés, cuadros de Barceló y Saura, un Tàpies con tonos ocres.

Quiere ahuyentar la ansiedad que anida en su interior.

Se detiene delante de un aparador de líneas nórdicas donde destaca una fotografía enmarcada en plata de sus padres, cuando eran muy jóvenes, puede que ni siquiera hubiesen cumplido los treinta: posan en alguna calle del casco antiguo de Marbella, cogidos de la cintura, enamorados.

Alberto vestido con un traje que le sentaba como a Marcello Mastroianni en La dolce vita .

Marimar se estaba riendo con una transparencia infantil, seguro que su padre había provocado esa risa, le llega el eco de aquella felicidad que Laura también vivió cuando era solo una niña, como si sonara en alguna de las habitaciones interiores de la casa.

—¿Pasamos a comer?

A Laura le sorprende la presencia de Sergio. Su hermano se acerca a darle dos besos, y al verlo en un traje de corte italiano que seguramente ha costado una fortuna le asalta el pensamiento de que no es más que una mala imitación de su padre en la fotografía.

—No sabía que ibas a estar en casa.

—Papá te ha preparado una encerrona —le dice con una sonrisa.

A ella, la broma de Sergio le suena a amenaza.

—Después de tantos años, es lo mínimo que merezco. Pero tened en cuenta que mi teléfono siempre está geolocalizado por la policía. Por si se os ocurre hacerme cachitos y tirarme a la basura.

—Lo hemos pensado, pero deshacerse de una fiscal da muchos problemas. Se van a enfriar los entrantes.

Sergio se aparta para señalarle el camino al comedor.

Laura se ha visto alguna vez con Nata y de manera más habitual con Dani; sin embargo, a Sergio llevaba sin verlo desde que se marchó de Marbella.

Han hablado por teléfono, cada vez con menos frecuencia; se han enviado fotografías; ella ha mandado regalos a los hijos de Sergio por sus cumpleaños, en cumplimiento de una tradición absurda que no podía romper.

Nunca se entendieron, ni siquiera cuando eran adolescentes, y Laura sabe que esta visita no va a cambiar las cosas.

—He empezado ya, que me muero del hambre —los avisa Nata, que está sentada a la mesa dando cuenta de un plato de almejas al vapor y con una copa de vino blanco en la mano.

Se ha puesto un pareo por encima del bikini, el suelo a sus pies está mojado, debe de venir directamente de la piscina climatizada.

—¿No podías secarte y vestirte un poco para la comida?

—Ay, Sergio, de verdad, cariño: ¿cuándo te metieron el palo por el culo para que seas siempre tan estirado?

Laura contiene la risa mientras se sientan. Sergio bufa, no es difícil adivinar que, si de él dependiera, Nata no solo estaría fuera de la casa, sino también del país.

—Ten cuidado la próxima vez que hagas una visita a tu cirujano, Nata —le dice Sergio mientras sirve una copa de tinto a Laura—. La gente tiene accidentes con la anestesia. No quiero que tengas que vivir el resto de tu vida con un pañal.

—Ni caso, Laura: si Sergio me escuchara y cogiera una cita con mi terapeuta, tendría un enfoque mucho más holístico de la vida.

Sería más feliz. Pero está empeñado en ser un amargado.

¿O es que estás así por el combate del Marbella Arena?

Pobrecito: no siempre se puede ganar. Antes o después tendrás que aprender eso.

Sergio se queda mudo. Deja la copa de vino en la mesa.

Su gesto de superioridad se ha desvanecido y Laura se pregunta qué fibra ha tocado Nata para congelar a su hermano de esa manera.

Cuentas pendientes, venganzas privadas, no lo sabe, tampoco le importan demasiado los dramas subterráneos de su familia.

—Ponme una copa, Sergio —dice Alberto al irrumpir en el salón—. Hay que brindar por tener de regreso a Laura.

Ella aparca la tentación de aclarar que no está de regreso.

Que si ha acudido a esta casa solo ha sido porque no quiere volver a Madrid con las manos vacías.

Necesita algo para demostrar que ese patriarca que se sienta ufano a la cabecera de la mesa, consciente de su atractivo otoñal, es el responsable del asesinato de Víctor Zamora y de que su madre esté en la cárcel.

Resultaría torpe decir algo así, de modo que se refugia en el vino y en fingir que come algo de los diferentes platos que va sirviendo Jasmina.

Reina una atmósfera frívola que, conforme avanza la comida, enferma a Laura: ¿es que todos han olvidado que Marimar está en una prisión?

El sol malagueño atraviesa los ventanales e ilumina ese comedor vestido de blanco.

Las conversaciones viajan del último restaurante de moda en Marbella a una subasta donde Sergio quiere comprar una obra de Susana Solano o la maña que tiene la nueva cocinera para clavar el punto de los pescados.

Alberto cuenta una anécdota de Luisita la Larga, su pareja de petanca y famosa por su habilidad para sisar la cartera a los turistas, que arranca las risas de Nata y Sergio.

Laura detesta esta normalidad y apenas encuentra fuerzas para intervenir.

La exaspera el narcisismo infantil de su hermana, las miradas censoras de Sergio, que desde que tuvo ese intercambio con Nata vigila cada uno de sus movimientos, como un entomólogo analizando el comportamiento de un insecto, el parloteo desenfadado de Alberto, la perfecta imagen del padre orgulloso de una familia bien avenida.

Ojalá los platos que había traído Jasmina estuvieran bañados en raticida y, de pronto, su familia empezara a vomitar sangre hasta derrumbarse sin vida sobre la mesa.

—¿Nos tomamos el café en el jardín? —le propone su padre cuando la criada recoge los postres.

—Apenas has comido —le hacer notar Alberto.

—Me parecía de mal gusto irme a mitad de la comida para vomitar —ironiza Laura—. Ya comeré algo cuando vuelva a Madrid.

—¿Has tenido una recaída?

—Nunca me levanté, papá, ¿no sabes eso? La anorexia es para toda la vida, como tu adicción al dinero. Eso no se cura. Se aprende a vivir con ello.

—No te he pedido que vinieras para discutir.

—Me dijiste que ibas a contarme algo de esos rusos: de Gorbachov y de Putin. Ya hemos hecho el teatro de la familia feliz. ¿Vas a alargarlo mucho más?

Se han sentado en una zona en sombra del jardín, al lado de la piscina y rodeados de rosales. Corre una brisa fresca. Estos últimos días el calor está dando una tregua. Jasmina trae los cafés y un plato con galletitas que ninguno probará.

—He hablado con el director de la prisión —dice Alberto cuando la criada se ha marchado—. Por eso he llegado tarde a la comida. Tu madre está vigilada. Hay una presa de confianza en su celda.

—Mi madre no debería estar ahí.

Laura mira con rabia a Alberto, aprieta los dientes, la representación del marido afligido la hiere tanto como si le hubiera soltado un guantazo.

—Los dos somos abogados: hay una acusación de homicidio, una orden de prisión sin fianza. No va a ser fácil conseguir su libertad. He intentado contratar al mejor penalista del país, pero...

—Mamá ya tiene a un buen abogado: Guillermo Arias.

—Un buen abogado no es el mejor. Laura: el futuro de tu madre está en juego.

La postura de su padre le parece demencial, que sea capaz de colocar su preocupación por encima de la de Laura. ¿Y si se deja de subterfugios ella también? ¿Y si le escupe a la cara que es un asesino, que sabe que él diseñó esta emboscada para castigar a Marimar?

—Mi madre no cometió ningún asesinato. Todo esto ha sido una trampa.

Alberto pierde la mirada en los reflejos que el sol dibuja en la piscina. «Marimar», murmura, pero luego guarda silencio, como si buscara el valor para seguir hablando.

—Hace mucho tiempo que te marchaste, Laura.

Tu madre ha cambiado. Es culpa mía no haberme dado cuenta antes de lo que estaba pasando, no le di la importancia que se merecía.

Yo pensaba que podía ser una depresión, no llevó bien la menopausia y hace años que toma ansiolíticos, pero la cosa fue a peor: empezó a tener un comportamiento errático, imaginaba conspiraciones, se inventaba que yo confabulaba contra ella...

—La engañabas con otras mujeres.

Él abre los brazos, como restándole importancia.

—Siempre he estado con otras mujeres, pero eso no significa que dejara de amar a tu madre. Era nuestro pacto.

—¿De los dos? ¿Seguro? ¿O fue algo que mamá se tuvo que tragar?

—¿Crees que Víctor Zamora es el primer amante que tiene?

Hubo otros. Menos ruidosos, desde luego.

No sé cómo pudo enredarse con él: tuve que despedirlo del casino porque era un ludópata y porque nos estaba robando.

Supongo que fue otra de las malas decisiones de Marimar.

En el último año, empeoró: podía pasarse dos semanas sin levantarse de la cama y, de repente, salir para gastarse una fortuna en vestidos y joyas.

Después, llamaba a la policía para denunciar robos que no se habían producido.

Quería despedir a todo el servicio. Fui un idiota: pensaba que intentaba llamar mi atención, cuando lo que pasaba era que estaba atravesando una crisis.

No sé qué enfermedad tiene, cariño, pero sí sé que lo que más necesita es un psiquiatra.

Y si no pueden asignarle uno en esa prisión, tendrán que trasladarla a otra.

Laura no sabe qué responder: la confesión de su padre parece sincera y de pronto se presenta ante sus ojos como un aliado fiable, tanto como aquel hombre que, cuando era una niña, la enseñó a nadar en la piscina.

Podía confiar en él porque estaba segura de que nunca dejaría que se hundiera.

El mismo hombre que besaba a su madre cada mañana, cuando desayunaban juntos antes de que los niños fueran al colegio y él, al bufete.

—No supe estar a su lado. Ella se sentía muy sola y yo no supe estar a su lado.

¿Con quién podía contar? —continúa Alberto—.

Su hija mayor es un desastre que no sabe qué hacer con su vida y que solo piensa en sus amantes y en la próxima operación de estética.

El pequeño desperdicia su vida con turistas que quieren jugar a ser el comandante Cousteau y, cuando no trabaja, está pegado a esa chica en silla de ruedas.

Tu hermano Sergio vive para el casino y para sus críos.

Y tú..., bueno, tú, Laura, tú no existías.

¿A quién tenía Marimar? A nadie. Se fue hundiendo sin encontrar ninguna ayuda.

La culpa va creciendo dentro de Laura: la descripción que acaba de escuchar de la vida de su madre no es ninguna locura.

El abandono emocional donde estaba atrapada tuvo que ser duro y ella también es responsable: por protegerse de Marbella, le dio la espalda.

Pero de repente siente que se está dejando llevar por una de las artimañas de Alberto; su padre ha conseguido colarse en su cabeza para plantar una semilla de desconfianza hacia su madre.

Pero no va a funcionar. Recuerda los días que pasó con Marimar en Madrid, su desamparo y su miedo al principio, la felicidad cuando creyó que había cortado el lazo con su terrible marido.

—Ella solo necesitaba alejarse de ti —se revuelve—. ¿Vas a decirme lo que sepas de esos rusos o vas a seguir lloriqueando como una plañidera?

Alberto sonríe. Da un sorbo a su café, que ya se ha enfriado. Le gusta la inteligencia de Laura, le gusta que haya derribado la figura paterna del pedestal.

—Gorbachov y Putin. Hace mucho que no sé nada de ellos.

—No es lo que me han contado a mí.

—¿Prefieres creer a esos hijos de puta de los Huérfanos antes que a tu padre? Llevas el caso de Trevor Strummer: sabes qué tipo de personas son.

—Prefiero creer a cualquiera antes que a mi padre.

—¿Qué te han dicho? ¿Que los rusos trabajan para mí? No es verdad. Putin y Gorbachov organizan algunas veladas de boxeo en el Marbella Arena, nosotros movemos apuestas deportivas en el casino, esa es toda la relación que tengo con ellos.

—¿Para esta mierda he tenido que tragarme toda una comida? Me dijiste que me hablarías de ellos.

—Si te hubiera pedido que vinieras para hablar de mamá, ¿lo habrías hecho?

Laura se da cuenta de que no va a sacar ninguna información de su padre.

Tiene que volver a Madrid y lo hará con las manos vacías.

Solo hay una cosa que cree que ha cambiado: su miedo paralizante a Alberto Pastor.

Cuando se levanta y lo mira sentado en la silla del jardín se le antoja un seductor trasnochado, de una época que ya no existe. Ha dejado de asustarla.

—¿De verdad crees que yo lo organicé todo? —le pregunta él cuando ya se está alejando—. ¿Me crees capaz de hacerle eso a tu madre?

Nata ha debido de contárselo. Cometió el error de confiar en ella.

Alberto da un nuevo sorbo a su café y ni siquiera la mira cuando ella se marcha sin responder.

A cada paso en la hierba del jardín, se reafirma: su padre es capaz de hacerle eso a su madre y cosas mucho peores.

Un hombre anticuado, puede ser, pero peligroso todavía.