Los Huérfanos 1
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—¡¿Un robo en casa?! ¿Quién coño roba en el barrio de Lagunillas? Se roba en un chalet de La Malagueta, del Limonar, no en un piso de Lagunillas. ¿Os estáis riendo en mi puta cara?

La rabia ha levantado un dique contra el dolor.

Aras no quiere contenerse cuando la policía le relata la reconstrucción de los hechos.

Lanza la silla donde estaba sentado, que se estrella contra la pared del despacho de la comisaría.

Los dos inspectores se ponen en pie, el más joven está tentado de empuñar su arma, son conscientes de que serían incapaces de reducirlo.

—¿Y por qué no me acusáis a mí? Puestos a decir gilipolleces, a lo mejor he sido yo el que ha matado a mi exmujer y a mi hija.

—Señor Rodríguez, ¿por qué no se tranquiliza y se sienta?

—Me llamo Babayan. Aras Babayan —remarca negando el apellido de su padre—. Y no, no pienso tranquilizarme.

Se asfixia en ese despacho. La mirada perezosa de los agentes, como dos perros vagabundos hartos de reyertas, le convence de que solo quieren cerrar el caso lo antes posible e irse a dormitar a sus casas.

De no ser por el testimonio del vecino borracho que le abrió la puerta, le habrían colgado el doble crimen a él.

—Llamadme cuando sepáis algo que tenga sentido.

Sale de la comisaría empujado por la furia.

Le bastaría un motivo absurdo, una mala mirada, un traspiés con un transeúnte, para meterse en una pelea.

Golpear a alguien hasta matarlo se le figura una manera perfecta de descargar la ira que electrifica cada centímetro de su cuerpo.

Pero tiene que ser sensato. Tiene que domar sus impulsos: ¿quién va a vengar a Flor si él se pierde?

Camina a paso rápido, sin rumbo, cruza la plaza de los Cristos mientras rumia la explicación que le ha dado la policía: un atraco.

Alguien irrumpió en la casa, en un forcejeo mató por accidente a su exmujer, a Raquel.

La empujó y, al caer, tuvo la mala suerte de golpearse la nuca contra una mesa del salón.

Su hija debió de presenciar la escena y se encerró en el baño.

Ese fue el momento en el que lo llamó. Pero Aras estaba demasiado lejos, no podía hacer nada para evitar lo que sucedió a continuación.

El ladrón reventó la puerta del baño de una patada y cogió a Flor del pelo.

Estrelló su frente contra la loza del lavabo al menos cuatro veces, hasta matarla.

Puede que tomara esa decisión porque ella lo había visto, porque tenía miedo de que su hija pudiera denunciarlo a la policía.

Su deambular lo arrastra por el barrio de La Goleta para desembocar en el laberinto de calles del centro.

Un yonqui, le dijo el policía más joven: «La heroína está repuntando.

Hacen cualquier cosa por una dosis; atracar un piso de Lagunillas o de Palma-Palmilla.

Hasta les roban el monedero a las ancianas en el Mercadona».

Imbécil. Aras no es consciente de que lo ha dicho en voz alta: ¿qué yonqui es capaz de reventar una puerta de una patada?

¿Qué adicto puede romperle la cabeza a una adolescente contra la loza?

Si apenas tienen fuerzas para mantenerse en pie.

«Estás solo», se dice Aras. Ha empezado a sudar y las ideas que atraviesan su mente no hacen sino encender aún más la rabia.

«Entraría buscando joyas o dinero de su exmujer», le ha dicho el policía más viejo, el que supone al mando.

Raquel no tenía joyas y no cree que encontraran más de cincuenta euros en su bolso.

Pero a los policías les ha bastado esa justificación absurda.

¿Y si no son dos vagos, sino dos corruptos a sueldo?

Por un instante, se plantea dar media vuelta.

Ir a la comisaría y esperar a que los policías terminen su turno.

Asaltarlos en el aparcamiento o cuando lleguen a sus casas.

Hundirles un puño en el estómago que les haga vomitar, seguir pegándoles hasta que le digan quién los ha comprado para enterrar este caso.

Sin embargo, no lo hace. Se ha quedado paralizado.

No sabe cómo, su paseo lo ha llevado hasta la plaza de San Ignacio.

Allí discutió con su hija, había bebido demasiado y, una vez más, la había defraudado.

Recuerda lo guapa que estaba, se empezaba a convertir en una mujer hermosa y fuerte.

El dique que había levantado contra el dolor se resquebraja y, como una avalancha, las instantáneas de su niña cuando era un bebé, cuando la recogía del colegio, su sonrisa una Navidad, un abrazo, el olor de su pelo, la suavidad de sus manos, su gesto de orgullo entre el público del Marbella Arena, todo cae sobre él, hasta la imagen de su cara deformada por los golpes, muerta.

Estalla en un llanto que le impide respirar.

Se apoya en una pared para dejarse caer al suelo.

Siente que su cuerpo no será capaz de soportar tanto dolor, que su corazón reventará en cualquier momento y piensa: «Por favor, que así sea».

—¿Estás bien?

Un niño se ha acercado a él. Lleva una pelota bajo el brazo, la boca sucia de chocolate.

Aras compone lo que él piensa que es una sonrisa.

«¡Mateo!», oye que lo llama la madre, puede que temerosa de que su hijo se acerque a alguien como él.

El niño obedece y se aleja para refugiarse en la cintura de su madre.

¿Por qué él no estaba en Málaga? ¿Por qué no pudo proteger a Flor?

«Papá, vienen a por mí...», eso fue lo último que escuchó. Luego los ruidos, la melodía de un móvil, los gritos. Si hubiera grabado la llamada, ahora podría escarbar en ella para buscar alguna pista que le señalara el camino.

Se pone en pie. Es posible que la mayoría de la gente de la plaza esté mirándolo.

Tampoco le importa. Ahora se enfrenta al penoso rito de la despedida: mañana le entregarán el cuerpo de su hija, cuando hayan terminado la autopsia.

Entonces podrá velarla, incinerarla, enterrarla.

Tiene que avisar a sus amigas, ¿o eso lo hará la familia de su exmujer?

Recuerda que una vez Flor le habló de Berta; una compañera del instituto que trabajaba algunas tardes en una tienda de ropa de bebé en la calle Salinas.

Cruza la riada de turistas que desciende por Larios, va fijándose en los escaparates, no recuerda el nombre del sitio.

La calle Salinas se estrecha a medida que avanza por ella, como un embudo.

En la curva que descubre al fondo la torre de la catedral, encuentra la tienda.

A través del cristal del escaparate ve a una chica de la edad de Flor.

No hay clientes a esas horas y, no sabe si aburrida o triste, ella juguetea con el móvil al otro lado del mostrador.

Se siente ridículo nada más entrar, al verse rodeado de vestidos y peleles hechos a mano, rosas, blancos y azules, patucos y faldones. Huele a Nenuco. Berta levanta la mirada de su móvil y debe de reconocerlo, porque de repente sus ojos se humedecen y sale para darle un abrazo.

Es el primer abrazo que recibe desde que su hija murió.

Aras ha esperado a la hora del cierre. Acompaña a Berta hasta Lagunillas, ella también vive en el barrio de su hija.

Aunque sea una extraña, a Aras le ha resultado reconfortante poder hablar de Flor con alguien que la conocía, alguien que la quería.

Se han reído cuando Berta ha recordado anécdotas del instituto; un tonteo con un chico, un examen en el que copió, la primera vez que dieron una calada a un cigarrillo.

Mercedes Guillén era una idiota que se cebó con Flor, intentó hacerle bullying , hasta que un día ella la esperó a la salida del instituto y le dejó las cosas claras.

Merceditas se fue a casa con tres dedos rotos.

—Sin embargo, desde hace unos días, estaba asustada —le confiesa Berta.

Se han sentado en un banco de la plaza de la Victoria, lo que llaman el Jardín de los Monos.

—A Flor le gustaba venir aquí, decía que antes había monos, que los robaron para llevarlos a Gibraltar. ¿Será verdad?

—No creo. —Aras no quiere que Berta entierre esas sospechas que acaba de exponer—. ¿Por qué crees que tenía miedo? ¿De quién?

—No sé. El otro día, cuando salía con Flor del instituto...

Joder, parece mentira que esté hablando así.

«El otro día». —Un nudo en la garganta impide a Berta continuar.

Aras la coge de la mano, a él también le cuesta contener las lágrimas—.

Había un hombre calvo, muy cachas, estaba en una moto y...

, no sé... A Flor le dio mal rollo, como si lo conociera.

—¿Se había metido en problemas? No tengas miedo, Berta, cuéntamelo. Necesito saberlo. Si Flor iba con gente poco recomendable.

—Conseguimos unas invitaciones para el Casino Benamar.

—Aras tiene que hacer un esfuerzo para no interrumpir el relato de Berta.

Hace tan poco, en la plaza de San Ignacio, Aras vio esa invitación, le pidió que no pusiera un pie en el casino—.

Nos las había dado un tío que conocimos una noche que salimos por Marbella.

A las dos nos hacía ilusión: nunca habíamos ido a uno de esos sitios de lujo y nos compramos unos vestidos con lo que teníamos ahorrado.

La noche empezó bien, divertida. Nos entraron dos hombres mayores; nosotras no queríamos hacer nada con ellos, solo cenar en el casino, beber un poco, mirar a toda la gente que va por ahí...

Flor y yo teníamos una seña si la cosa se ponía rara para salir corriendo, pero ya sabes cómo era, no sabía callarse.

Esos tíos empezaron a reírse del combate en el Marbella Arena, le dijeron que tú eras un borracho y un pringao...

y Flor le tiró una copa a la cara. El tío no se cortó, le soltó una hostia.

No se lio más porque llegó la seguridad del casino.

Aras se ha quedado congelado. Recuerda la pequeña brecha que cruzaba el pómulo de Flor cuando lo visitó en el vestuario.

Le dijo que se había dado con una puerta.

El hielo que está quemándole por dentro le dice que, de una manera de la que todavía no está seguro, él es responsable de lo que ha pasado. Que sin él, hoy Flor estaría viva.

—Desde esa noche, Flor tenía miedo: yo creo que pensaba que ese tío iba a ir a por ella.

—¿Quién era ese hombre?

—Nosotras no sabíamos que era tan importante, nos enteramos después.

—Su nombre, Berta.

—Uno de los Huérfanos. Liam Burke.