Los Huérfanos Marbella, 2024 #2
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Marbella, 2024 #2

La ruptura entre los dos socios no tarda en producirse.

Leo se queda con el piso interior de Ramón y Cajal, Alberto se muda a un bonito despacho en un edificio de estilo andaluz de la plaza de la Victoria.

Uno seguirá con los casos del turno de oficio y las multas, el otro trabaja casi en exclusiva para la Hermana Mei.

Leo presume de integridad y Alberto de éxito; la amistad entre los dos, forjada desde los primeros días en la facultad en Málaga, se mantiene unos meses a base de llamadas ocasionales y de alguna que otra cerveza.

Hasta que dejan de acudir juntos a la partida de dominó y decae la costumbre de tomar el aperitivo en el bar del mercado.

La amistad se rompe sin discusiones, sin gritos, sin una charla serena.

Una distancia sorda se impone entre ellos y deja un rescoldo de inquina en las brasas de lo que fueron.

Si se cruzan por las calles de Marbella, se saludan con un gesto frío.

La Hermana Mei —Alberto ha aprendido que lo de «Hermana» es una especie de título informal, el modo en que la comunidad china reconoce su autoridad, algo así como el padrino de los italianos— no le ha mentido: la mayor parte del trabajo tiene que ver con licencias de importación, compras de locales y, de vez en cuando, algún permiso de obras.

Por eso le extraña su llamada para que la acompañe a una negociación en una urbanización de lujo auspiciada por ella en San Pedro de Alcántara.

No sabe qué tiene que hacer allí, solo que el socio de la Hermana Mei, un constructor local, se ha pasado del presupuesto y acumula retrasos.

Viajan en el asiento trasero de un Mercedes algo antiguo que conduce Qiang, silencioso como siempre. Aunque Alberto le haya evitado una condena de cárcel, mantiene con él una reserva hosca y una presencia casi invisible.

—Quería hablarte del guanxi , una tradición de mi país.

En español se traduce como corrupción , pero no es eso.

Lo más cercano para explicártelo es un refrán: «Amor con amor se paga».

Tú me ayudas a mí, yo a ti; tú me cuidas a mí, yo a ti.

Si me demuestras que puedo confiar en ti, tendrás mi vida en tus manos y yo la tuya en las mías. Para siempre, ¿me entiendes?

—Los españoles somos duros de mollera —se ríe Alberto.

—Tú no eres como los demás.

La frase es halagadora, pero Alberto detecta el aroma del peligro.

Si hubo algún momento en el que dar marcha atrás, es probable que fuera ese.

«Tú solo tienes que estar aquí para ver todo lo que suceda y, si algún día te preguntan, contar la verdad», le dice Mei cuando están llegando a la urbanización.

Qiang aparca en un solar donde se acumula material de obra.

—¡Los chinos me tocáis la polla! —El constructor con el que se reúnen es un hombre colérico que trata con desprecio a la Hermana Mei. Ella lo acusa de haber desviado parte del presupuesto—. Los cojones, yo no me lo he llevado crudo. ¿Quieres que termine la obra? Paga más.

A un gesto de Mei, Qiang coge una pala arrumbada junto a un saco de cemento y golpea con ella al constructor, que se desploma con la nariz rota.

No tiene tiempo de dolerse de la fractura, porque Qiang descarga una serie de diez o doce golpes más en su cabeza, que termina hecha añicos.

«Parece un tarro de mermelada destrozado», piensa Alberto, en plena parálisis por el horror que acaba de presenciar.

¿Este es el hombre al que ha evitado la pena de prisión?

Tal vez tenía razón Leo con sus dudas morales.

—Si alguien te pregunta, di la verdad: a esta hora, los tres estábamos en tu despacho, discutíamos unos contratos —le recuerda Mei.

Cuando llega a la casa en Nueva Andalucía donde se acaban de mudar, la encuentra vacía.

Marimar se ha ido a la playa con los niños.

En la terraza, se sirve un whisky, pese a que son las once y media de la mañana.

Necesita detener el remolino de sentimientos que se agolpan en su interior.

Culpa, miedo, pena por ese hombre al que ha visto morir, por su familia.

Mientras saborea el whisky, se pregunta cómo aplastar esas reacciones; lo único que importa es la cantidad de dinero que le pagará la Hermana Mei por cumplir con el guanxi , esa cadena de favores a la que sabe que ya está atado de por vida.

Por eso, cuando unos días después unos policías se presentan en el bufete para preguntarle dónde estaba el martes a las diez y media, no titubea.

—Aquí, en mi despacho reunido con Zhang Mei y un empleado suyo, Qiang.

El agradecimiento lo trae el mismo mensajero chino que hace meses le llevó los rollitos de primavera al bufete que compartía con Leo.

Junto a una botella de baijiu , un licor marca Wuliangye, hay una nota, «El amor con amor se paga», y un paquete con diez millones de pesetas en billetes de diez mil.

Desde niño, había visto cómo Marbella crecía y se inundaba de dinero, cómo los ricos celebraban fiestas a las que Marimar y él nunca estaban invitados. Eso se ha terminado para siempre.

«Si un día vuelve Michael Jackson a Marbella —piensa—, estaré en primera fila».