Marbella, 2024
—¿Por cuánto dinero dejarías que tu hijo de once años pasara el día con Michael Jackson?
Alberto Pastor sonríe, le gusta arrancar las conversaciones con una provocación.
Pero toca hueso con su socio, Leo Domínguez, serio, profesional, insobornable, ni siquiera pretende aceptar el puro que ha comprado Alberto para celebrar el éxito en su último caso.
Odia la frivolidad de su compañero, que se reboza en la conversación del verano, el concierto de Michael Jackson en Marbella, el primero que da en España, y su paseo por la ciudad con un niño británico de once años.
—No me vengas con tonterías, Alberto. ¿Cómo has conseguido que declaren inocente al chino?
—Miguelito el lotero dice que el Rey del Pop, a cambio de un día con el niño, les regaló a los padres un Rolls-Royce.
—Alberto no consiguió entradas para el concierto, quizá por eso da tanto pábulo a los rumores que circulan en el pueblo—.
Yo por un coche, no, pero por un chalecito en Nueva Andalucía le dejo a mi Sergio dos semanas.
—¿Te das cuenta de dónde nos estás metiendo? —Leo se resiste a abandonar el tema.
—En el negocio —le responde al fin—. Los casos ganados llaman a más clientes.
—¿A qué clientes?
«A cualquiera», le gustaría responder a Alberto, pero se contiene y enciende el puro con sonoras caladas.
Leo Domínguez y él montaron el bufete hace un año en un apartamento interior de un edificio viejo de la avenida de Ramón y Cajal, en Marbella.
Dos abogados ambiciosos, recién salidos de la universidad y colegiados; hasta hace unos meses solo habían tenido algún caso del turno de oficio, una pelea entre vecinos, tres o cuatro reclamaciones de multas...
En algún momento de desánimo pensaron en cerrar y buscar empleo en otros bufetes, porque apenas llegaban a pagar el alquiler.
Hasta que la suerte, tan esquiva a veces, les sonrió; en una guardia del turno de oficio, a Alberto Pastor le tocó la lotería: un homicidio.
El acusado se llamaba Qiang, un emigrante chino de dieciocho años.
Había reventado la cabeza de un hombre —otro chino— con un martillo, después le desencajó la mandíbula, le sacó la lengua y se la clavó a un banco de la calle.
El caso era imposible de defender: un indigente africano había sido testigo de todo.
Qiang no hablaba ni una palabra de español y no tenía el menor interés en explicarle lo sucedido a Alberto, como si le diera igual que lo condenasen.
—Hay clientes que es mejor que no entren en este bufete. No hicimos Derecho para defender casos así.
—De los principios no se come, Leo. En cambio, de que en el Diamante y en el bar del mercao digan que hago milagros en el juzgado, sí. A ver si el rumor llega hasta el hotel Los Monteros y un poco del dinero que llueve en esta ciudad nos cae a nosotros.
—No te engañes a ti mismo, Alberto: no haces milagros, haces trampas.
En los meses que llevan trabajando juntos, ha comprobado que no comparte con Leo ni objetivos ni métodos.
Alberto Pastor tiene veintisiete años y se quiere comer el mundo.
No estaba dispuesto a dejar pasar ese caso y usó todos los subterfugios que no aparecen en los libros de Derecho, eso que su socio llama «trampas»: un supuesto especialista que testificó que los negros no distinguen bien a los chinos, para anular la rueda de reconocimiento; un experto en lenguas africanas para demostrar que el traductor no podía captar los matices del dialecto de Benín que usaba el testigo e invalidar su declaración; un fallo en la cadena de custodia, para crear dudas de que el martillo ensangrentado hallado en las inmediaciones fuera el que se usó en el crimen...
También le ayudó que la familia del muerto, un chino llamado Ye Xing, a quien en Marbella conocían como Joselito, no pareciera confiar en la justicia española y no colaborara con la fiscalía.
—Leo, no se puede vivir con miedo a lo que vendrá: vamos a disfrutar del momento, llama a tu mujer y venís a cenar con Marimar y conmigo. Me han dicho que han abierto un restaurante chino nuevo en el paseo marítimo. ¿Firmamos la paz con un rollito de primavera?
El timbre retrasa la respuesta de Leo, que quiere convencerse del optimismo de Alberto.
Esa determinación ha sido clave muchas veces en su vida, no solo a la hora de montar el bufete, sino también durante la carrera, para ganarse la simpatía de algunos profesores, o en Marbella, para conseguir una cita con la que hoy es su esposa.
Puede que no sea el abogado más ortodoxo, pero Alberto Pastor tiene un don para obtener de la gente todo lo que quiere.
—Yo no he pedido nada —dice Alberto a un repartidor chino que le ha entregado un paquete.
—Es un regalo.
El repartidor se marcha y Alberto abre el paquete en la mesa del despacho. Estalla en una carcajada cuando saca un envase de cartón con unos rollitos de primavera dentro.
—El chino me da las gracias. No me mires mal, Leo: ¿no nos hacen lo mismo los clientes del campo? En lugar de rollitos, nos mandan gallinas o conejos.
Alberto abre ahora una caja que lleva impreso un dragón rojo. Espera un plato de cerdo agridulce o de tallarines, pero lo que hay dentro es una montaña de billetes de diez mil pesetas. Calcula que debe de haber cerca de diez millones. El precio de un piso pequeño en Marbella.
—No aceptes ese dinero, Alberto —le advierte Leo.
Y él sonríe ante el guiño del destino, por fin favorable, y también porque encuentra algo cómicos los escrúpulos de su socio.
Marimar se ríe, como si se hubiera levantado un día de Reyes y el salón estuviera lleno de juguetes.
—¿Cuánto?
—Ya te lo he dicho.
—Dímelo otra vez, que me gusta escucharlo.
—Diez millones, pero hay que apartar la mitad para Leo, por mucho que diga que no quiere tocar el dinero.
Están algo achispados y también eufóricos.
Juntos desde los diecisiete años, con tres hijos —la menor, Laura, de pocos meses—, su vida no ha sido fácil.
Se casaron en contra del parecer de sus familias, ambas de extracción muy humilde, agricultores en el caso de Marimar, tenderos del mercado en el de Alberto, y remaron mucho para salir adelante por sus propios medios.
Ella ha sostenido la exigua economía familiar trabajando en los hoteles de Marbella, sus jornadas eternas limpiando habitaciones han sufragado la carrera de Derecho de Alberto y todavía pagan buena parte del alquiler del bufete.
Sin embargo, Marimar siempre ha tenido fe en él: estaba convencida de que Alberto iba a triunfar, que iba a sacar a la familia del diminuto piso donde viven en Manilva, lo único que se pueden permitir. Y, ahora, ese dinero le da la razón.
—Podemos comprarnos un piso en Marbella —sueña Marimar en voz alta.
—Yo me esperaría. Es mejor que seamos prudentes. De momento, lo que sí puedes hacer es dejar de limpiar la mierda de los turistas.
Brindan por el futuro, radiantes. Por muy exótica que sea la decoración, la pareja es el centro de las miradas en el Hong Kong, el restaurante chino donde han decidido celebrarlo.
Marimar y Alberto son jóvenes y guapos, están llenos de una energía contagiosa.
Se besan, enamorados. Él se plantea cancelar la cena, coger una habitación en cualquier hotel y pasar la noche haciendo el amor con su esposa.
—¿Alberto Pastor? Perdonen que interrumpa.
Una mujer asiática se ha acercado a su mesa. No debe de ser muy mayor, quizá no tenga ni cuarenta años, pero sus ropas —una falda larga de cuadros y una blusa gris sacada de un mercadillo— y el pelo recogido de cualquier manera hacen que parezca una anciana.
—Me llamo Mei, aunque aquí me conocen como Hermana Mei. Hoy le he mandado un obsequio a su oficina, espero que no le haya molestado. Solo quería que supiera que estoy muy agradecida por lo que ha hecho por Qiang.
Habla un español fluido, puede que lleve años en España, aunque Alberto no la había visto nunca en Marbella. La comunidad china ha ido creciendo de manera silenciosa. Lo que sucedió con Qiang es una excepción: se mantienen tan lejos de los vecinos del pueblo como de los problemas con la policía.
—Era mi obligación como abogado.
—Yo estaba fuera de España cuando sucedió —le dice Mei, como si su presencia hubiera hecho que todo fuera diferente, que el chino fallecido siguiera con vida—.
Qiang tiene mucho que aprender todavía, pero nació en el condado de Qingtian igual que yo, me siento responsable. Y ahora estoy en deuda con usted.
—Creo que su deuda ha quedado saldada con el envío a mi despacho.
—En el negocio necesitamos abogados, no para asuntos tan tristes como el de Qiang: simples contratos, licencias, compra de locales...
¿Podría contar con usted? Me vendría bien un abogado español para tratar con las autoridades locales.
A una emigrante como yo le cuesta a veces entender cómo funciona este país.
—Estaré encantado.
La Hermana Mei les dice que están invitados, les recomienda que prueben la pata de cerdo al estilo Qingtian y se despide con una respetuosa reverencia. Marimar tiene que hacer un esfuerzo para contener su felicidad hasta que ella está lejos.
—¿Qué acaba de pasar?
—Que vamos a tener ese piso en Marbella antes de lo que pensábamos —sonríe Alberto. Está seguro de que su suerte ha cambiado.
Los meses siguientes son una locura en el bufete, tienen más trabajo del que pueden asumir, se ven obligados a contratar a dos becarios para hacer frente a todo. Además, Leo se niega a trabajar en nada que tenga que ver con su nueva clienta china.
—Son contratos como los de cualquier otro negocio: alquileres, licencias... —Pero la insistencia de Alberto no agrieta la postura de Leo.
—Nos conocemos desde hace años. Puedes ser muchas cosas, Alberto, pero no eres ningún ingenuo. Es dinero sucio, vendrá de las drogas o de la extorsión. Quién sabe si no está conectado con alguna tríada china.