19
Aunque Puerto Banús sea más famoso, el verdadero lujo de Marbella está en Puente Romano.
Allí no hay turistas que van a ver a los millonarios como si fueran monos de feria y a fotografiarse delante de sus coches, tampoco nuevos ricos exhibicionistas, allí está el dinero de toda la vida: grandes fortunas de veraneo, árabes que poseen palacios por todo el Mediterráneo, los dueños de las mansiones de La Zagaleta o de Sierra Blanca, los hijos del poder, tanto español como extranjero.
Y a su lado, como siempre ocurre en Marbella, los jefes de las diversas familias que controlan los negocios ilegales: drogas, prostitución, tráfico de armas.
Nata se está retrasando, son ya las tres y Laura se arma de paciencia.
Quería salir pronto para Madrid. Pide una copa de vino blanco mientras la espera en el Nobu, un restaurante japonés con influencias peruanas.
Desentona un poco, porque no lleva ropa de firma, y está segura de que los que pasean por esa especie de pueblo andaluz de casas blancas que es Puente Romano, los que duermen en el hotel de cinco estrellas o en los apartamentos de lujo en primera línea de playa, ya han detectado que el vaquero y la blusa rosa son de Zara, que ella es una intrusa.
—¡Laura, cariño! ¡Estás preciosa! Te sientan de maravilla esos kilitos.
—Gracias, Nata. Tú también estás espectacular.
—Laura hace un esfuerzo por no fijarse en los numerosos retoques estéticos de su hermana, en la cara paralizada, en los ojos que, a fuerza de estiramientos, se han vuelto asimétricos: el derecho más cerrado que el izquierdo—.
¿Cuánto tiempo hace de la última vez? ¿Seis años?
—Cenamos en el chino del Palace. Yo estaba con Rachid, un argelino guapísimo y carísimo, ¿te acuerdas de él?
Dios, cuánto me hizo sufrir, pero cuánto le quería.
Podría haber sido el hombre de mi vida si no lo llegan a deportar.
Desde entonces, odio Madrid. Esa ciudad es fatal para la piel y para mi corazón.
Está tan acelerada y tan disparatada como siempre.
Lleva un modelito de firma dos tallas más pequeño, pero luce orgullosa ese escote generoso que realza sus pechos, que también deben de estar operados, porque Laura no recuerda que su hermana tuviera las tetas tan grandes.
De todos modos, con lo cambiada que está le cuesta incluso recordar que es la mayor de todos; los retoques le han fabricado una de esas caras impersonales, con cierta cualidad de máscara, que le corresponde a alguien de entre treinta y setenta años.
—¿Has visto lo bonito que está Puente Romano? Yo abrí aquí una coctelería, aunque la tuve que cerrar. Fui una visionaria. Me adelanté. La historia de mi vida. Ahora, es el mejor sitio de Marbella.
—¿Estás trabajando en algo?
—Diseño joyas y algo de ropa. Mira, estos pendientes los he diseñado yo. Oro rosa de dieciocho quilates con malaquita. Se parecen un poco a unos de Bulgari, pero los míos son más bonitos. ¿Quieres unos?
—No creo que pueda pagarlos.
—Cariño, eres mi hermana. Te haría precio.
Dos mil euros. ¿Has pedido? —pregunta echando un rápido vistazo a la carta.
Laura sabe que no hace falta que responda a todo lo que dice Nata, ella tampoco lo espera.
Es una metralleta a la que no le importa demasiado lo que los demás digan, solo escucharse a sí misma—.
¿Te apetece una ensalada de bogavante con aliño picante de limón?
—No tengo mucha hambre.
—Perfecto. La ensalada, dos tiraditos y un tartar de salmón con caviar. Y una copita de champán, para que brindemos por el reencuentro de las hermanas más guapas de toda Marbella.
Laura confía en que Nata se haga cargo de la cuenta.
Pide una botella de Ruinart Blanc de Blancs que cuesta doscientos veinte euros.
Empieza a pensar que ha sido un error quedar con ella, a Laura le cuesta sacar a Nata de la conversación frívola, centrada en las parejas: Laura le habla de Guillermo, y pasan enseguida a los múltiples amoríos de Nata, todos ellos desastrosos, porque asegura que siempre se enamora como una perra y luego los hombres le hacen daño.
—Se aprovechan de que tengo demasiado corazón —confiesa haciéndose la víctima—. ¿Has podido hablar con mamá?
Laura se sorprende del giro en la conversación, por fin puede dirigir el tema hacia lo que le interesa.
—¡Una asesina! ¡Dios mío! Duermo fatal desde que lo sé.
—Mamá no ha matado a nadie. De eso...
—¿Qué me he perdido? Estaba en un hotel de Madrid con ese hombre, ¡su amante! ¡Víctor Zamora! Y estaba muerto. ¿Es verdad que le habían cortado el pene?
—Nata, por favor. Basta. No puedes creerte todos los bulos que corren por ahí.
Le sacaron los ojos, no sé por qué tienen que inventarse otra cosa, ya es bastante desagradable la realidad.
Estamos hablando de tu madre. Y ella no es ninguna asesina.
Le tendieron una trampa. ¡No puedes tomarte esto como si fuera un cotilleo más de Marbella!
—Me haces daño, Laura. Tú no estás en mi piel, no sabes lo que sentí cuando supe que era Víctor Zamora, un hombre veinte años más joven que mamá...
—¿Lo conocías?
—Trabajó una temporada en el casino, hasta que papá lo echó, no sé por qué. —Baja la voz para soltar una confidencia—: Una vez me acosté con él, con Víctor Zamora, mamá y yo hemos compartido un amante. Yo no sé cómo voy a superar esto. Con meditación trascendental, con terapia...
Laura tiene que contenerse; le gustaría soltarle un bofetón, pero ha quedado con ella para tratar de sacarle información, con la esperanza de que así se ahorre el encuentro con su padre.
El camarero trae los platos que han pedido, Laura se moja los labios con el champán.
El alcohol arde en su estómago vacío. Lleva demasiadas horas sin probar bocado.
—Nata, tú has vivido los últimos tiempos en casa de papá y mamá. Estabas más cerca que nadie de ellos. Seguro que has visto cosas...
—Cariño, yo he atravesado una época muy difícil.
Estaba demasiado volcada en los demás y mi terapeuta me enseñó que a la primera a la que tenía que cuidar era a mí misma.
He estado muy centrada en amarme, en valorar mi creatividad, mis joyas...
No te voy a negar que ha habido alguna recaída con hombres, tengo un imán para atraer a niñatos narcisistas y mentirosos.
—Entonces, jamás notaste que papá maltrataba psicológicamente a mamá.
—¿Malos tratos? ¿En serio? ¿Eso te ha contado mamá?
—Nata rellena su tercera copa de champán—.
Yo vivo en la casa de invitados, pasaba días sin verlos, pero...
Laura: era como siempre. Papá vive para sus negocios, para el casino.
Y sí, alguna vez se hablaba de que tenía compañía, últimamente decían de una brasileña, Edinara.
Pero ¿cuándo no ha sido así? Nunca han sido relaciones serias.
Y a mamá no parecía molestarle: ella ya no iba a muchos eventos, pasaba tiempo en casa, creo yo, o de compras.
A las dos nos sientan muy bien las compras...
Yo quiero creerte: es decir, que mamá no le hizo nada a Víctor Zamora. Pero si no fue ella...
—Tú no solo vives con ellos. Vas mucho al casino o aquí, a Puente Romano. Sé que conoces a los que trabajan para papá.
Por primera vez, Nata guarda silencio. Da un sorbo más de champán y mira suspicaz a Laura, casi con una sonrisa pilla.
—¿Con quién estoy hablando ahora? ¿Con mi hermana o con la fiscal? —Se mete un tiradito en la boca que saborea con exageradas muestras de placer—. Cariño, no estás comiendo nada.
—Nata, mamá no va a aguantar mucho en la cárcel. Y creo que puedo demostrar que ella no lo hizo.
—¿Y esperas que yo te pueda ayudar? —Nata pone un mohín de tristeza exagerado, como una niña enfurruñada—.
Yo pensaba que esto era un bonito reencuentro entre hermanas, pero no sé, me da la sensación de que te mueve otro interés.
He desarrollado un detector especial para los que no me tratan con honestidad.
—He quedado contigo porque necesito saber cosas de papá —se lanza Laura, consciente de que su hermana es más lista de lo que se empeña en aparentar, que no merece la pena esconder sus verdaderas intenciones—. Creo que es él quien ha movido todo para que esto pase.
—Papá no ha salido de Marbella.
—Él no, pero uno de sus sicarios sí. Un ruso con una mancha en la frente. Gorbachov. ¿Lo conoces?
—Gorbachov siempre va con otro ruso, uno bajito, con cuerpo de gimnasio. Putin. No son de los que vienen a Puente Romano ni se dejan ver en las discotecas.
—Entonces, ¿dónde los puedo encontrar?
—No puedes ir a hablar con ellos así, sin más. ¿Tú sabes las cosas que han hecho esos rusos? Cariño, mira que tengo mal ojo para los hombres, pero ni yo me acercaría a ellos.
—Si sabes dónde están, dímelo. Gorbachov ha desaparecido de su casa; del otro, de Putin, no sé ni dónde vive.
Cualquier atisbo de frivolidad se ha esfumado del rostro de Nata, que hunde la mirada en su plato, como si, a sus casi cuarenta y tres años, fuera una niña que tiene miedo de una reprimenda.
En otra mesa, un árabe rodeado de su familia trata de manera áspera a la camarera.
Algo en la atmósfera ha cambiado, un olor eléctrico, unas nubes que ensombrecen el habitual blanco radiante de Marbella, parece que el invierno se ha precipitado sobre ellas.
Su perfume primero, un aftershave intenso, y luego su voz, más cavernosa de como la recordaba, anticipan su presencia.
—Quinito, tráeme una silla, anda.
El camarero acude solícito, Laura aparta la mirada como si todavía pudiera evitar verlo.
—Gracias, salao. Y dale un beso a tu madre, que venga un día al casino, que hay que celebrar que la radioterapia ha matao al bicho.
El camarero, Quinito, promete trasladar los besos.
—¿Va a tomar algo, señor Pastor?
—Alberto, coño, Alberto. No, gracias, Quinito. Saludo y me marcho. No quiero interrumpir aquí a mis niñas, que estarán confabulando contra mí. Eso sí, esta cuenta la pago yo. Apúntamela.
Cuando el camarero se marcha, el silencio se hace más espeso. Aunque insiste en no mirarle, Laura sabe que su padre sonríe. Nota su mano pesada aterrizando sobre la suya. La retira con rapidez y la esconde bajo la mesa.
—Estás en Marbella y ni una llamada.
—Llevamos veinte años sin hablarnos, no pensé que tuviera que llamarte.
Ha envejecido bien, conserva la galanura.
Ha perdido algo de pelo, se nota que ralea en algunas partes, pero las canas le confieren un atractivo de galán antiguo.
Laura escucha el ruido de tubería obstruida que hace al respirar, aún debe de fumar puros.
Ni tampoco habrá dejado los gin-tonics. Y, sin embargo, lo que predomina en su aspecto es la sonrisa bien apoyada por unos ojos pequeños y brillantes, una combinación que transmite felicidad, atención, cariño.
Esa sonrisa ilumina la terraza del Nobu y ahora se dirige a Laura, una sonrisa magnética.
—Tu madre está en un momento difícil, creo que es un buen motivo para dejar a un lado nuestros problemas. Ahora lo más importante es ella.
—Para mí, ella siempre ha sido lo más importante.
—¿Por qué estás buscando a los rusos?
¿Cómo ha podido saberlo su padre? ¿Habla con los Huérfanos o fue Finn, el camarero del Orphan’s? ¿Y si su fuente de información es Pino, el agente del ECO? No le extrañaría. Los tentáculos de Alberto Pastor se extienden por toda Marbella.
—¿Me vas a decir tú dónde encontrar a Gorbachov?
Alberto deja escapar una risa, parece decir «vaya par de huevos que tiene mi hija».
—Si quieres saber algo sobre ellos, lo mejor es que lo hables conmigo, no que vayas preguntando por toda Marbella. Pero no hoy. Seguro que Nata y tú tenéis muchas cosas que contaros. Ven mañana a comer a casa. Hablaremos de Gorbachov, de mamá, de todo lo que quieras.
Laura se queda paralizada cuando su padre se inclina para darle un beso en la frente.
Sus labios pegajosos, su aroma colándose dentro de ella...
Es como sentir que un veneno recorre su sangre para ir directo a los órganos vitales y paralizarlos.
Deja que pase un tiempo después de que Alberto se haya ido, ni siquiera Nata se atreve a romper el silencio.
Su cuerpo está a punto de quebrarse en mil pedazos, siente que, si se levanta, podría deshacerse, pero no aguanta más en esa mesa.
Con brusquedad, se pone en pie y sale tan rápido como puede de Puente Romano, sin despedirse de su hermana.
A su lado, como estelas borrosas, los clientes millonarios, las risas, los vapores de los spas, los perfumes y las mujeres hermosas que pasean del brazo de narcotraficantes.
Mareada, alcanza la salida del centro comercial: su padre se ha colado de nuevo dentro de ella.
Recorre el torrente sanguíneo, infectándola, es tan real como una intoxicación y su cuerpo termina por reaccionar.
Se dobla por la mitad y cae de rodillas al suelo, junto a la carretera, para vomitar.
No ha comido nada. Solo puede expulsar una bilis ácida. Suda y tiembla, helada.
Debería coger el coche ahora mismo. Debería huir de Marbella. De Alberto Pastor. Pero, si se marcha, sabe que nada salvará a su madre de la condena.
En su cabeza resuena de nuevo la advertencia de Guillermo.
«Te estás metiendo en la boca del lobo».
Ya está dentro.