Los Huérfanos 18
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Durante el viaje a Málaga la ha llamado una y otra vez con el corazón desbocado, con la mente llena de malos presagios.

No ha recibido respuesta. Dos veces ha estado a punto de salirse de la carretera, todavía no entiende por qué no se ha matado al volante, por qué sus piernas y sus manos reaccionan con buenos reflejos en las situaciones de peligro.

Pisa a fondo el acelerador del Ford Fiesta, que temblequea como si fuera de papel, está conduciéndolo al límite de sus posibilidades.

Se siente agarrotado, casi muerto de preocupación y de tristeza anticipada, las explicaciones que su cerebro da a los gritos de Flor, a que su exmujer tampoco conteste al teléfono, lo sitúan en escenarios aterradores.

Son casi las dos de la madrugada cuando llega al portal, y nadie atiende al telefonillo.

No sabe qué hacer. Si a esa hora se pone a tocar a los timbres de los demás pisos, lo más normal es que alguien avise a la policía, y ahora no se puede permitir tener un lío con ellos.

La suerte viene en su ayuda, un chico joven se acerca con las llaves en la mano, tan borracho que le cuesta atinar con la cerradura.

Se tambalea y apoya la frente en la puerta, intenta embocar la llave de nuevo, pero falla.

Aras no aguanta más: aparta al chico y se encarga él de la cerradura.

Por fin, la puerta cede. El joven recupera sus llaves, entra en el portal y se pone a vomitar junto al ascensor.

Aras sube los escalones de dos en dos, no tiene tiempo para socorrer al borracho.

El edificio se encuentra en el barrio de Lagunilla, una zona de gente obrera, y no parece muy cuidado: peldaños irregulares, paredes desconchadas...

Raquel y Flor viven en el tercer piso. El corazón le da un vuelco cuando llega a la puerta.

Al empujarla, descubre que está abierta.

Entra con prevención, con todos sus sentidos alerta.

—¿Flor? ¿Raquel?

No hay respuesta. Ningún ruido que delate vida en el interior.

Se adentra en el piso, pero no lo conoce.

Nunca ha estado allí, su mujer no le dejaba pasar, siempre esperaba a su hija en el coche, en la calle.

Tantea con la mano por la pared hasta dar con el interruptor del salón.

La luz confirma sus peores presentimientos, todo está tirado por el suelo: los cajones, las figuritas, una lámpara.

Rastros de una pelea, quizá de un registro caótico, ¿qué podían buscar aquí?

Tras el sillón, sobresalen unos pies descalzos.

Lo rodea a toda prisa para descubrir el cuerpo.

Es Raquel, junto a su cabeza se ha formado un charco de sangre seca. Está muerta.

—¡Flor! ¡Flor!

Corre angustiado hacia el interior de la casa.

Irrumpe en el dormitorio de Raquel. Luego en el siguiente.

Ve una foto en la mesilla en la que aparecen los dos juntos, Aras y Flor, cuando ella era un bebé.

Detecta en esa vieja imagen los ojos del borracho que era, la cara abotargada junto a la inocencia de Flor, tan pequeña, tan frágil.

Empieza a construir una fortaleza en su interior con la posibilidad de que su hija no estuviera en la casa, puede que viera lo sucedido y huyera, quizá perdió el móvil en el camino.

A esas horas tal vez esté en la comisaría, a salvo al lado de un policía...

Entonces se fija en el cuarto de baño. El marco de la puerta desportillado, como si alguien la hubiera abierto de una patada.

Como el que se acerca a un abismo, Aras avanza hacia el baño.

Llega al umbral y lo primero que distingue es la loza del lavabo rota, sucia de sangre.

Luego, la ve a ella. A Flor. Yace en el suelo.

Parece que lleva un moño, pero es un pegote de masa encefálica reseca alrededor de su cabeza, de cuando el impacto del cráneo contra la loza fracturó el hueso.

Se arrodilla a su lado y la abraza. Le estremece la gelidez del cuerpo.

También las notas pálidas en la piel amoratada.

Los ojos de Flor están en blanco, se han vuelto hacia arriba en las cuencas.

La boca entreabierta, rosada, ¿cuáles serían sus últimas palabras?

¿El último aliento que, por mucho que pegue su cara a la de ella, ya no puede sentir?

Aras no es consciente de cuándo empieza a llorar, solo de que las lágrimas arden al descender por su cara. Abraza a su hija aún con más fuerza, como si quisiera esconderla dentro de él.

La culpa cabalga en su interior como un ejército de caballos atronadores, clavando los cascos con tanta fuerza que duele, un castigo que sabe que merece: ¿cómo pudo pensar que escaparía indemne de Alberto Pastor?