17 #2
A Laura la succionó un abismo oscuro y profundo.
Alberto pensaba que la pobre padecía un shock postraumático por la agresión sexual.
Ella no fue capaz de aclarar que no era eso lo que le pasaba.
¿Cómo decirle a su padre, al que adoraba, que había descubierto su cara oculta?
No era capaz de digerir la revelación, no podía lidiar con una ambigüedad tan descarnada.
Padre amoroso y a la vez asesino, ambas facetas entrelazadas en una sola alma.
El Alberto que cantaba mal a José Luis Perales, el hombre divertido que conocía a todo el mundo en Marbella, el que se echaba la partida de dominó con los pescadores en el bar del mercado o se bañaba con sus hijos en la piscina y jugaba a las ahogadillas.
Y el hombre con sicarios a sueldo, que manejaba el delito que estaba enquistado en Marbella como un cáncer: muertes, chantajes, palizas. Todo habitando el mismo cuerpo.
Sentía una repugnancia indescriptible. Somatizó toda esa ansiedad, ese pánico y ese asco en la comida: imaginaba el langostino en el Olivia Valere, los cereales...
El recuerdo le daba ganas de vomitar. La visión de su cuerpo en el espejo del baño mientras el colombiano la forzaba la asaltaba de vez en cuando.
Se veía a sí misma como un monstruo deforme.
Al principio era capaz de comer un poco; pasadas unas semanas, la repugnancia que le provocaba cualquier alimento era tan intensa que no podía echarse nada al estómago.
Alberto se preocupó por ella y, cariñoso, intentó ayudarla, pero Laura no soportaba su cercanía, su contacto, lo rechazaba como si fuera un reptil viscoso.
Su madre se desvivía por ella, la intentaba convencer de que comiera algo, le preparaba platos ligeros...
Con el paso de los meses, Laura perdía más y más peso.
Una noche, se atrevió a preguntar a Marimar si era verdad todo lo que decían de su padre.
—Tu padre tiene dos caras. Quédate con la que conoces. Te quiere de verdad. Olvídate de la otra cara.
Laura no podía olvidar esa otra cara. Era la que predominaba en sus sueños, en su cabeza, en su corazón dolido.
La otra —la bondadosa, la divertida— se iba desdibujando.
Marbella era un hervidero continuo de noticias relacionadas con la delincuencia: prostitución, tráfico de cocaína y de armas, ajustes de cuentas.
La casa donde vivía, los lujos de los que disfrutaba, ¿venían de ese agujero?
¿Todo a su alrededor estaba manchado de sangre?
Aras intentó quedar con ella, pero Laura lo evitó.
Tampoco fue capaz de volver al instituto.
Se aisló de todos sus amigos. Le daba vergüenza ser quien era.
Su aversión a la comida fue a más; llegó a pesar apenas treinta kilos.
Después de varios psicólogos y consultas médicas, no les quedó otro remedio que ingresarla.
La trasladaron a una clínica en Madrid, donde tuvieron que ponerle una sonda porque su debilidad era tal que en cualquier momento podía sufrir un infarto o un fallo sistémico.
Fue allí, lejos de Marbella y lejos de su padre, cuando empezó a recomponerse.
Una de las medidas de la clínica era cortar cualquier relación con el exterior, y, para Laura, eso fue un regalo.
No tenía que compartir cercanía con su padre.
Con ese hombre al que había adorado y que ahora veía como era: un asesino, un psicópata quizá.
Mantuvo esa distancia todo el tiempo que pudo.
Pasó un año en la clínica, donde consiguió aprobar el bachillerato y la prueba de acceso a la universidad.
Decidió matricularse en Derecho, como su padre, aunque no quería ser como él, todo lo contrario: no quería librar del castigo a los culpables, quería meterlos en la cárcel.
Quería demostrarle a todo el mundo que ella no era como Alberto Pastor.
Rompió todo contacto con él y con la ciudad donde había nacido.
Era un cortafuegos que necesitaba para mantener su salud.
Para no volver a despeñarse en esa anorexia nerviosa que casi acaba con su vida.
—¿Por qué no has venido a la escuela?
Su hermano Dani la ha encontrado allí, sentada en un escalón en el puerto, con la cabeza entre las manos.
—¿Estás bien?
—Recordaba la última vez que vine aquí.
—¿Estabas llorando?
—Da igual.
—Marbella no te sienta bien. No tendrías que haber venido.
Laura no está segura. Quizá sea verdad, quizá sea Marbella, quizá sea la proximidad con su familia, quizá sea ella misma, que no consigue liberarse de los recuerdos, como si, en realidad, no hubiera superado nada.
Una chica bronceada, guapa, que lleva una camiseta y la parte de debajo de un bikini, se acerca a ellos.
—¡Dani! No has avisado de que te ibas. Hay que preparar los grupos de mañana por la mañana.
—Perdona, ahora te iba a llamar. Estrella, te presento a mi hermana, Laura.
Las dos chicas se saludan. La joven tiene los ojos claros y sonríe también con ellos.
—Estrella trabaja conmigo en la escuela de submarinismo, es muy buena.
—¿Qué tal se trabaja con mi hermano?
—Mejor cuando no está en la escuela metiéndose en todo —bromea Estrella—. Yo me encargo de los grupos. Vosotros, id por ahí a cenar algo. Pasadlo bien. Y encantada.
—Es muy guapa —le dice Laura a Dani cuando se ha alejado lo bastante.
—Sí. —Dani no quiere decir nada más sobre ella, como si le resultara incómodo que las dos se hubieran conocido—. ¿Vamos al Diamante?
—La verdad es que no tengo mucha hambre.
Los lugares más populares de Marbella son el territorio de Alberto Pastor: el Diamante, el bar Francisco o la pista de petanca de la avenida del Mercado, la lonja.
La posibilidad de encontrarse con él en cualquiera de estos lugares le pone mal cuerpo: el antiguo asco a la comida, el pinchazo en el esófago al tragar, la incomodidad al verse reflejada en un espejo, porque detestaba su cuerpo y porque no soportaba ser quien era: la hija de Alberto Pastor.
Todas esas sensaciones han regresado. Recuerda cuando escarbaba en las sesiones de terapia y aparecía una contradicción aún más perturbadora: amaba a su padre y, al mismo tiempo, le gustaría verlo muerto, destripado como un conejo cazado por un águila.
Dani la coge de la cintura. No necesita preguntarle para darse cuenta de que se encuentra muy mal.
Laura apoya la cabeza en su hombro; hay algo en su olor, en la ligereza que transmite que le resulta sanador, como una brisa capaz de llevarse las preocupaciones.
Le gustaría conservar esta sensación, pero cada vez está más convencida de que no podrá volver a Madrid sin enfrentarse a su padre.