Los Huérfanos 17
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Hacía casi veinte años que no veía el faro y le sorprende lo bajito que es; lo recordaba más alto y más grande.

El Puerto Deportivo también le resulta más pequeño.

¿Cómo puede contener ese lugar tantos recuerdos de su vida?

Le da la sensación de que todo ha cambiado mucho, y, sin embargo, permanece el malestar de pisar esas calles empedradas.

No lo reconocerá delante de él, pero Guillermo tenía razón: volver a Marbella no es fácil.

El espectro de su padre la acompaña a todas partes, él no necesita hacer acto de presencia: el alivio que sintió al pensar que no había participado en la trampa a su madre se ha desvanecido.

Desde que los Huérfanos lo señalaron, se nota ansiosa, un poco mareada, débil, como si una gripe empezara a tomar cuenta de ella.

Debe hacer un esfuerzo por mantenerse en el presente, pero no es fácil, oye el rumor del pasado abriéndose hueco dentro de ella como un torrente, los viejos traumas pugnando por instalarse en su cabeza, o aún peor, por aparecer ante sus ojos con todos sus contornos.

Baja a la zona de negocios del Puerto Deportivo donde Dani regenta su pequeña escuela de buceo.

Es tarde y solo están abiertos los locales de ocio nocturno, se adentra entre los pasadizos y se encuentra con un local que hoy es un bar, Babylon; cuando ella tenía diecisiete años, era la discoteca Tatoo.

No sabe por qué no cayó en esto cuando Dani le dijo que la esperaba en el Puerto Deportivo, debería haber tenido la precaución de no pasar por allí.

Ahora es tarde, los recuerdos acuden a ella como un alud.

Le pareció un buen plan, lo iba a hacer, pero primero fue al baño: quería comprobar si estaba guapa, a lo mejor ponerse un poco de brillo en los labios. En la puerta la abordó uno de esos colombianos tatuados que a veces aparecían en la noche marbellí.

—Te llevo mirando toda la noche.

Se intentó desembarazar de él sin siquiera mirarlo.

—No sabes lo dura que me la pones.

Ahí lo miró por primera vez y se asustó, no estaba borracho, tenía una mirada fría que anticipaba que no se trataba de ningún juego.

Era uno de esos chulos que paseaban por la zona de Puerto Banús con descapotables de lujo.

Las marbellíes vivían al margen de esa gente, los veían, pero no iban a los mismos sitios, no se conocían.

No sabía qué pintaba ese colombiano en el Tatoo.

Quiso seguir adelante sin hacerle caso, pero él la empujó y la encerró en el baño.

—¡Déjame en paz!

—Antes vamos a pasarla chévere.

De un zarpazo le arrancó el top. Laura no llevaba sujetador y se quedó con los pechos al descubierto.

Intentó taparse, el colombiano le apartó las manos y le agarró con la boca un pezón, mientras pugnaba por bajarse los pantalones.

Laura echó mano al dispensador de jabón, metálico, y le golpeó en la cabeza.

No le hizo mucho daño, pero sí consiguió aturdirlo lo suficiente para zafarse de él, alcanzar la puerta y salir del servicio gritando.

El colombiano la persiguió por el pasillo, y la habría atrapado de no ser por Aras, que, no sabía por qué, tal vez porque ella tardaba demasiado, había ido a buscarla.

Al descubrir la situación, trató de retener al tipo, que empezó a llamarla puta.

En pleno forcejeo, acusaba a Laura de calientapollas, de querer follar y luego arrepentirse.

Ella salió corriendo cuando Aras lo derribó de un cabezazo en la nariz.

Fuera del Tatoo, helada por la humedad de la noche, se dio cuenta de que estaba desnuda de cintura para arriba y se cubrió los pechos, avergonzada.

Culpable. Sucia. Aras apareció poco después.

Se quitó la camiseta y se la dio para que se vistiera.

—¿Quién era ese tío?

—No sé, un cerdo. Me ha intentado violar.

—Hay que llamar a la policía.

Con qué facilidad se quiebra una noche que prometía ser la más feliz de su vida.

—No, solo quiero coger un taxi. Quiero irme a casa —respondió entre lágrimas.

Aras la acompañó a una parada cercana. Laura sabía que él quería protegerla, acompañarla hasta la puerta de su casa, pero la tragedia no había terminado.

El colombiano volvió con dos amigos. La vio desde una bocacalle y la señaló, como el cazador marca la presa.

Aras se enfrentó a ellos; a pesar de que era fuerte y sabía pelear, no pudo con los tres.

Lo agarraron entre dos, y el tercero le propinó una tanda de puñetazos en la cara, en las costillas.

Laura pensaba que luego se ocuparían de ella, pero salieron varios hombres de otro de los bares y los colombianos se marcharon.

Aras sangraba en el suelo. Alguien debió de llamar a una ambulancia y ella había telefoneado a su padre.

Alberto Pastor no tardó ni diez minutos en aparecer, acompañado de Marimar, poco después de que lo hiciera la ambulancia.

Ella, conmocionada, era incapaz de contar lo que había sucedido.

Sus padres no la atosigaron a preguntas, la metieron en el coche para sacarla de allí cuanto antes y le concedieron todo el tiempo necesario.

Poco a poco se tranquilizó y reunió el valor necesario para contar lo que había pasado en el Tatoo.

Describió al colombiano que la había asaltado en el pasillo del baño.

Lo que le hizo dentro. Cómo un amigo evitó que fuera a más.

Ya en casa, su madre la acompañó a su cuarto y la arropó igual que cuando era una niña, le acarició el pelo y Laura se fijó en que llevaba un anillo de oro con un diamante.

El contraste la golpeó con fuerza, ella estaba en un pozo de fango y su madre brillaba con reflejos dorados.

Esa noche pensó que algo le había sentado mal, quizá los nervios le habían revuelto el estómago.

Estaba asqueada, veía su cuerpo agredido reflejado en los espejos del Tatoo.

Sintió una arcada. Se detestaba y no entendía por qué.

Ella sabía que no era culpable de lo que había pasado, pero una vocecita en su interior le susurraba que sí lo era, que de alguna manera había convocado al colombiano.

Nada más despertar, vomitó. Cuando se sintió mejor, escribió a Aras para ver cómo estaba.

Él le contó que tenía una costilla rota y la cara inflamada por los golpes, pero estaba en casa, a salvo.

Quedaron en verse pronto. Laura todavía no se atrevía a salir a la calle sola.

Por la tarde, Alberto le dijo que quería invitarla a cenar.

Ella no se sentía con ánimo, pero su padre insistió: no permitiría que este suceso marcara su futuro.

Debía seguir con la vida de adolescente libre que llevaba hasta ese momento.

Fueron al restaurante del Olivia Valere.

Su padre escogió vieiras, su madre una crema de langosta, ella un hojaldre de lenguado y langostinos.

A su alrededor, se desplegaba la jet set marbellí, el habitual desfile de modelos maravillosas y hombres de gimnasio.

A mitad de la cena, su padre le pidió que mirara a una de las mesas del restaurante.

—¿Es él? —le preguntó.

Laura sintió cómo se le anudaba el estómago. A solo unos metros de ellos estaba el colombiano del Tatoo. Comía y bebía rodeado de amigos y de mujeres.

—Tranquila, no tengas miedo, estás conmigo —la calmó Alberto.

Apenas pudo contener la arcada. Se fue al servicio, vomitó y ya fue incapaz de permanecer en el restaurante.

Sus padres la vieron tan pálida que decidieron volver a casa de inmediato.

Hicieron el viaje en silencio. Marimar encendió la radio.

Sonaba un disco de José Luis Perales, solía ponerlo cuando iban de viaje en familia, pero ni siquiera «¿Y cómo es él?

» pudo crear cierta atmósfera de normalidad.

Dos días después, mientras removía los cereales en la leche, apareció una noticia en la tele: un hombre había sido tiroteado al llegar a su casa en una urbanización de Marbella.

Murió en el acto. Era colombiano y lo reconoció por las imágenes que el reportaje emitió de él cuando aún vivía. Sus tatuajes. Su gesto de chulería.

Una oleada de placer la recorrió al pensar en las balas atravesando su piel, reventándole el corazón, fracturándole el cráneo, en ese violador ahogándose en su propia sangre.

Pero de inmediato se sintió mal, casi enferma; ¿qué era lo que estaba sintiendo?

Fue como si, hasta ese momento, hubiera estado escuchando una conversación entre murmullos al otro lado de una puerta cerrada.

No le había prestado demasiada atención, no había intentado averiguar qué se decía.

De repente, esa puerta se había abierto de par en par y escuchaba alto y claro una sucesión de frases lapidarias: Alberto Pastor está vinculado a la mafia.

Alberto Pastor está metido en negocios ilegales.

Alberto Pastor no tiene escrúpulos. Cuidado con él, porque si te enfrentas a Alberto Pastor estás muerto.

Palizas. Incendios en locales que no interesan.

Ejecuciones. Alberto Pastor, el hombre que jugaba con ella cuando era una niña, es un asesino.

Todo eso que se susurraba a su alrededor, que nadie se atrevía a decirle a la cara, cobraba de pronto el tinte negrísimo de la más espantosa de las verdades.