Los Huérfanos 16
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Frigiliana, Setenil de las Bodegas, Grazalema o Ronda son de una belleza tal que un sitio como Alfarnate —un pueblo blanco, aunque no tan de postal como los anteriores— pasa desapercibido en las rutas turísticas.

En lo que se conoce como la Alta Axarquía se encuentra esta pequeña localidad de unos mil habitantes que vive de la agricultura y la ganadería pese a estar tan cerca de Marbella, Fuengirola, Estepona o tantos otros lugares bendecidos por el turismo.

Aras se ha instalado en una casa en las afueras, por detrás del cementerio.

Ni siquiera ha ido a comprar nada al pueblo, adquirió todo lo que necesitaba —apenas tabaco y un par de botellas de ginebra— en Casabermeja, antes de llegar.

Pasa el día entre sus cuatro paredes, oculto, con miedo a que alguien lo vea, los hombres de Alberto Pastor deben de buscarlo hasta debajo de las piedras.

Solo se atreve a subir por la noche a la terraza para que le dé un poco el aire.

Pretende que su presencia allí sea la de un fantasma.

No sabe cuánto tiempo necesitará para que se olviden de él en Málaga, porque no se imagina lejos de Flor para siempre.

A ella es a la única a la que ha llamado para decirle que estaría fuera unos meses.

Flor no hizo muchas preguntas, solo se quedó con su número de teléfono —el que le dieron los Huérfanos— para hablar con él si lo necesitaba.

Aunque no tiene un saco para entrenar, ha creado una rutina de ejercicios para no perder la buena forma que había alcanzado antes del combate: carrera en el sitio, flexiones, sentadillas y levantamiento de unas pesas rudimentarias que se ha fabricado él mismo con materiales de obra que ha encontrado en el sótano.

Lo fundamental es matar el tiempo y llegar cansado a la noche para poder dormir sin dar vueltas en la cama.

El verano que cumplió dieciocho años fue distinto a todos.

Se mezcló con un grupo de gente en el que no encajaba: eran pijos, hijos de familias de dinero de Marbella.

Se los presentó Salva, que entrenaba en el mismo gimnasio que él.

Lo más normal habría sido que saliera una noche con ellos y nada más, pero se enamoró como un idiota de una chica, nunca le había pasado antes: noches de insomnio pensando en ella, los nervios cuando andaba cerca, cuando lo miraba, la torpeza a la hora de elegir las palabras.

Si hubiera tenido dos dedos de frente, habría puesto tierra de por medio, pero le resultaba imposible y, al mismo tiempo, era incapaz de acercarse demasiado, de decirle lo que sentía.

Una noche, hubo un altercado en una discoteca del Puerto Deportivo, el Tatoo, y todo se torció.

Ella le dijo que volverían a verse, pero ya no hubo más mensajes ni le cogió el teléfono, desapareció de su vida.

Fue un golpe de realidad: ¿quién se creía él? No era más que un mal estudiante, hijo de una armenia y un padre ausente, ¿cómo iba a tener alguna posibilidad con la hija de una de las personas más influyentes de Marbella?

Quién sabe si aquella fue su única oportunidad de tener una vida normal.

A partir de ahí, la suerte le dio la espalda: a su madre le detectaron un cáncer de mama en estadio cuatro, no había dinero, él empezó a combatir para ganar unos euros en contra de la opinión de su entrenador: todavía no estaba preparado, se cargaría su carrera.

Su madre murió dos años más tarde y solo le dejó un montón de deudas y el dolor de su ausencia; después, Paco Corredor se quedó en el camino por un infarto, la única figura paterna que había tenido.

Él se despeñó por la noche marbellí: malas compañías, algo de droga, mucho de alcohol.

Tuvo un accidente de moto que lo apartó del boxeo.

Relaciones esporádicas, como con la madre de Flor, Raquel, con la que llegó a casarse.

Relaciones que ya nacían torcidas, porque en el fondo él seguía siendo un adolescente sin rumbo incapaz de asumir responsabilidades.

La cagó con Raquel y con Flor cuando era una niña: una vez separado, convenció a su exmujer de que le dejara ocuparse algunos días de su hija, pero bebía hasta caer redondo, y más de una vez Raquel se encontró a Flor, con apenas tres años, sola en casa mientras Aras estaba en el bar.

Perdió la oportunidad de ver crecer a su hija.

Aunque suene contradictorio, con el regreso a los campeonatos de las MMA, por muy amañados que estuvieran los combates, había rescatado su carrera y tenía una vida algo más ordenada, bebía menos.

Estaba recuperando a Flor. Aspiraba a ser decente, pero llegó el combate en el que tendría que haber caído en el primer asalto y tomó la mejor decisión para su dignidad y la peor para su futuro: mantenerse en pie.

No se arrepiente: si el pago para que su hija lo vuelva a mirar con amor, para que le perdone todo el daño que le ha hecho, es convertirse en un prófugo, así sea.

No hay nada que hacer, siempre que avanza en su ronda de ejercicios se pone a dar vueltas a los recuerdos de juventud, el repaso de su vida malograda.

Es como un acto de masoquismo. Pero le gusta notar la distancia que ha tomado con el pasado.

No cae en el victimismo, no se reboza en la culpa.

Se acepta como es: un hombre sin suerte, un superviviente.

Interrumpe el entrenamiento cuando suena el móvil. Es su hija.

—Hola, Flor...

Del otro lado del teléfono llega un llanto histérico acompañado de ruidos y golpes contra una puerta.

—Papá, vienen a por mí...

El tono de voz, picado de interferencias, es angustioso.

—¿Quién va a por ti? ¡Flor! ¡¿Qué pasa?!

Un estruendo, un soniquete de fondo, como la melodía de un móvil, un jaleo informe y un grito desgajado de Flor, roto de miedo. La señal se corta, no hay nadie al otro lado que responda a la desesperación de Aras.

—¡Flor! ¡Flor! Contéstame, ¡¿estás ahí?!