Los Huérfanos 15 #2
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15 #2

—¿Te refieres a Sergio Pastor? Seguro que no le importa esperar. Lleva toda la vida esperando. —El comentario de Griffin arranca una carcajada de Burke.

Nota que le tiemblan las piernas. Camina hacia el reservado, pero los irlandeses no le permiten sentarse allí.

Griffin abre una portezuela que da acceso a un pequeño almacén y tiene la sensación de dirigirse al patíbulo.

La mano de Burke abandona su muñeca para colocarse en la espalda y empujarla dentro.

Cierran la puerta con llave y Laura se muerde el interior de la boca hasta sangrar. ¿Cómo ha podido ser tan imprudente?

—¿Dónde puedo encontrar a Gorbachov? Es importante.

Cree que es mejor atacar que adoptar el papel que le corresponde, el de víctima.

Los Huérfanos están detrás de todo lo que le ha pasado a su madre, ellos enviaron a Gorbachov para presionarla, para que Strummer no acabe en la cárcel; juegan con su miedo, pero ella también tiene sus armas.

Las pupilas de Burke flamean de rabia, es evidente que le gustaría romperle hasta el último hueso.

Griffin contiene mejor las emociones, aunque se advierte un latido en las sienes que indica un principio de ira.

Con un ademán, la invita a sentarse en una silla desvencijada.

—¿Por qué te interesa tanto Gorbachov?

El almacén es un desorden de cajas de cartón arrumbadas, jarras y barriles de cerveza, taburetes rotos, una estantería de metal con archivadores y una máquina de pinball estropeada.

¿Es allí donde se reúnen para hablar? ¿O la han traído para torturarla?

¿Para que confiese, por ejemplo, cuál es la dirección de Melca?

Sin testigo, no hay caso contra Strummer, como tampoco lo habría si la fiscal fuera asesinada.

—Mi madre ha sido acusada de un delito que no ha cometido. Sucedió en Madrid y tengo pruebas de que quien lo hizo fue, en realidad, Gorbachov. No sé por encargo de quién.

Laura los encara con su mejor mirada acusatoria, esa que cree que nunca le falla en la sala del juzgado, pero no provoca en los Huérfanos más que una sonrisa burlona.

—He oído que se zumbó a Víctor Zamora y luego lo mató a puñaladas —se ríe Burke—. ¿Es verdad que le cortó la polla? Joder con Marimar, ¿quién lo iba a decir?

—Mi madre no lo hizo. Sí que hubo una amputación, los ojos de Zamora. ¿No es eso lo que hacen siempre los rusos?

—¿Ahora también eres policía? —Griffin se desabotona la chaqueta para sentarse frente a ella—. Has ido siguiendo la pista de Gorbachov hasta el Orphan’s...

—Sé que viene mucho por aquí.

—¿Qué estás buscando en realidad, Laura Pastor? ¿No tienes bastante con nuestro hermano? Además, ¿nos quieres cargar con algo en lo que no tenemos nada que ver?

—Trevor Strummer cometió un homicidio y cumplirá la pena máxima porque no quiso firmar un acuerdo, y, cuando demuestre que vosotros contratasteis a Gorbachov, iréis detrás.

No sabe de dónde sale el puño de Burke, no lo ha visto venir, pero vuela junto a su cara para estrellarse contra un tablón que hay a su espalda.

—¿Qué pasaría si no salieras nunca de aquí?

—Que dentro de cinco minutos tendríais en el bar a toda la policía de Marbella. Muy rápidos tenéis que ser para hacerme pedazos y tirarme al váter. ¿En serio te crees que soy tan gilipollas como para venir aquí sin avisar a nadie?

—Estás llamando a la puerta equivocada. —Griffin saca un paquete de John Player. Laura acepta el cigarrillo que le ofrece—. Hace más de un año que no tenemos relación con los rusos. Ni con Putin ni con Gorbachov.

Griffin saca un Dupont de plata del chaleco y enciende el cigarrillo de Laura antes que el suyo.

—Los muy imbéciles eligieron mal. Se dejaron llevar por el dinero a corto plazo, no por los que iban a asegurarles la jubilación en Marbella.

—Burke pasea como un animal enjaulado por detrás de su hermano.

Sigue la línea que ha abierto Griffin, aunque preferiría reventarle la cara a Laura como ha reventado el tablón de madera.

—¿Para quién trabajan ahora los rusos? —pregunta Laura.

—¿Dónde vive Melca? —replica Griffin—. Esto es una negociación.

—Pides demasiado a cambio de un nombre.

—Si, además del nombre, te diera las pruebas para meterlo en la cárcel y que Marimar fuera libre, ¿tú me dirías dónde ha escondido la policía a Melca?

Griffin es el que más miedo le da de los dos, piensa Laura.

Burke podría matarla sin pestañear, no teme a la policía, confía en que saldría adelante como si fuera una especie de héroe bendecido por Dios, pero Chris Griffin es una serpiente que te va envolviendo hasta que, sin darte cuenta, acaba por morderte y por inyectarte el veneno.

—Sabes que te ofrezco un buen trato —insiste Griffin—. Melca cambia de opinión y no declara o, simplemente, desaparece. Tu carrera en la fiscalía no se vería resentida, he oído que estás bien colocada para ser la próxima fiscal general.

—Trevor Strummer es un asesino y merece ir a la cárcel.

—Hay muchos asesinos, Laura, y la mayoría están en la calle.

—Sé que el mundo está lleno de hijos de puta como Strummer, pero vuestro hermano es mi hijo de puta. Es al que puedo meter en la cárcel.

Griffin tiene que parar a Burke, que parece dispuesto a arremeter contra ella como un búfalo; no soporta cómo Laura habla de Strummer.

—Hay otros asesinos a los que podrías llevar a prisión —le responde Griffin sin alterarse—. Por ejemplo, tu padre.

Laura da una profunda calada para llenar el silencio. Se ha quedado sin respuesta. Nota el humo flotando en su estómago vacío. Griffin se acoda en sus rodillas, se inclina hacia ella, obligándola a mirarlo. Exhala una nube de humo que la envuelve.

—Gorbachov y Putin trabajan en exclusiva para Alberto Pastor desde hace un año. ¿Quieres que te ayude a demostrarlo?

Laura mira los ojos azules de Griffin, no adivina en ellos ningún engaño. Es un trato honesto: en lugar de condenar a Strummer, condenar a Alberto Pastor. ¿Cuál de los dos merece mayor pena?

—Piensa en tu madre. Marimar no es una mujer que sepa desenvolverse en prisión.

—¿Qué pruebas tienes de que mi padre contrató a Gorbachov? ¿Cómo voy a demostrar en un juicio que él mató a Víctor Zamora y no mi madre?

—Tenemos que ir poco a poco, Laura. Si quieres que te ayude, tú también me tienes que ayudar a mí.

El rostro asustado de Melca, su indecisión a la hora de testificar, ¿no le haría un favor si le ahorrara ese trance?

Podría conseguir el compromiso de los Huérfanos para que no le hicieran daño.

Strummer sería libre, pero encerrar a su padre a cambio no le parece una mala opción.

Tira al suelo el cigarrillo y lo pisa con furia. Se pone en pie.

—Te has equivocado conmigo, Griffin. Yo no negocio. —Camina decidida hacia la puerta, que sigue cerrada con llave—. ¡Abridme!

Burke hace lo que ella pide. Griffin tampoco intenta retenerla, pero antes de abandonar el almacén y salir tan rápido como puede del Orphan’s, Burke le susurra al oído:

—Al final lo harás. Por las buenas o por las malas. Tú eliges.