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Bentleys, Rolls, Ferraris y Lamborghinis, los coches más ostentosos aparcados y rodeados de turistas vestidos con bermudas y chanclas que se hacen selfis a su lado mientras se encienden las luces de las tiendas de lujo; yates con vigilancia privada en los que el mayordomo sirve champán a sus propietarios, otros que se alquilan por días o por horas para aparentar que, durante un rato, quizá lo que se tarda en grabar un vídeo para las redes sociales, cualquier influencer finja que ha accedido al universo de los poderosos; mujeres operadas que conducen deportivos descapotables, hombres tatuados con cuerpos de gimnasio y anabolizantes, bolsos de Vuitton, Chanel o Rolex...
Es Puerto Banús, la pasarela del lujo kitsch.
La última vez que Laura paseó por allí, hace más de veinte años, se cruzó con Julián Muñoz, que había dejado de ser alcalde de Marbella hacía poco.
En aquella época, salía en las revistas a todas horas por su noviazgo con la Pantoja.
Aquel día no iba con la cantante, pero llevaba alrededor un enjambre de cámaras.
¿Fue entonces cuando la ciudad dejó de ser el lugar más chic para las vacaciones y se convirtió en el escenario de una película cutre de mafiosos?
No lo sabe, para ella solo era su pueblo.
Debería darse la vuelta, pero ha evitado planteárselo en frío para que el sentido común no la haga arrepentirse, es una temeridad, pero sus pasos la conducen al Orphan’s.
Cruza uno de los pasadizos que conectan el muelle con la avenida de Julio Iglesias.
Allí, en una bocacalle, está el pub. Antes de entrar, se intenta convencer de que está haciendo lo correcto.
Tiene que regresar pronto a Madrid para retomar su trabajo en la fiscalía.
Se acerca el día del juicio contra Trevor Strummer, uno en el que no puede fallar, por lo que significará en su carrera y también por Melca, que ha puesto su vida en sus manos.
Sin embargo, no quiere marcharse sin una pista sólida.
Lo que ha conseguido de Gorbachov hasta el momento es demasiado endeble, no bastará para que el fiscal impulse la investigación en esa dirección y deje de acusar a su madre.
A esa hora, las nueve de la noche, el Orphan’s se despereza lentamente.
Apenas un grupo de jubilados británicos atiende a un partido de rugby en la pantalla gigante, colocada al fondo del local.
En la barra vegetan dos parroquianos de mediana edad, uno en cada extremo, con sendas pintas de Guinness y la mirada perdida, posiblemente no son sus primeras cervezas.
El local se debe de animar bien entrada la noche, después de que sus clientes hayan terminado con las cenas en los restaurantes de lujo.
Laura se acomoda en uno de los taburetes mientras espera a que el camarero se fije en ella.
Coge un posavasos de la marca Harp y lo observa.
No tiene nada de particular, pero la vecina de Gorbachov los colecciona.
Regalo de él, entre otros tantos, así que por fuerza tenía que ser un cliente habitual del pub.
Saca el móvil, le ha llegado un mensaje de su hermana Natalia: «No me puedo creer que estés en Marbella y no me hayas llamado para cenar conmigo».
Laura tuerce el gesto. Si Nata se ha enterado de su visita, su padre también lo sabrá.
Le molesta el esófago al tragar, como si se le hubiera clavado una espina.
Un plato de patatas fritas rebosantes de kétchup que el camarero sirve a uno de los parroquianos le da arcadas, las patatas parecen gusanos enredados en una masa viscosa.
Hace un esfuerzo por mantener el control.
Antes de volver a Madrid, quizá le convenga quedar con Natalia, por insufrible que sea.
Su hermana habla sin filtros, para bien y para mal, lo que la convierte en una buena fuente de información.
¿Por qué no aprovecha una comida con ella para indagar sobre su padre, sobre la relación que mantenía con su madre, sobre sus tejemanejes con los rusos?
El camarero parece acusar por fin la presencia de Laura y se acerca a ella.
—¿Tienes vino blanco? ¿Godello?
—No vas en serio. ¿Entras en un irlandés para pedirte un vino?
El camarero habla un buen castellano, aunque conserva un ligero acento británico mezclado con el malagueño.
Es alto, rubio, fuerte, con los ojos azules y los brazos llenos de tatuajes.
Encajaría a la perfección con el paisanaje de Puerto Banús, un chico al que le gusta aparentar que es un delincuente, aunque se pague el alquiler poniendo pintas en una taberna.
—Ponme una cerveza rubia que no sea muy fuerte, media pinta.
El camarero vuelve al cabo de un par de minutos con la bebida.
—Una Harp Lager, es de la misma casa que hace la Guinness, pero rubia y ligera, te va a gustar.
—Hablas muy bien, ¿vives aquí desde hace mucho?
—Quince años, mi arma —bromea con acento andaluz—. Soy malagueño como el que más. ¿Tú?
—Yo de Marbella, pero llevaba sin venir años. Está muy cambiado, ya no conozco a nadie.
—Ahora me conoces a mí. Me llamo Finn.
El chico se ha acomodado al otro lado de la barra; de todos los clientes del Orphan’s, Laura es la única que le interesa.
Ha dejado caer una mirada a su escote, como si analizara la mercancía antes de decidirse a pujar por ella.
Ella le pregunta por el origen de sus tatuajes y él se enreda en misticismos baratos para justificar el símbolo del infinito, la catrina o el tribal con el que decora ambos brazos.
Laura atiende con una mezcla de falsa admiración y prevención, sabe que al chico le gusta sentirse peligroso.
—¿Se montan jaleos en el pub?
—Algún borracho que no sabe dónde está ni quién soy yo —le responde Finn—. Pero te juro que ya no se les olvida.
—Yo conocía a un tío... No sé a ti, pero a mí me daba miedo. Creo que venía mucho por aquí: ruso, con una mancha en la frente, le llamaban Gorbachov por eso, ¿te suena?
—En Marbella hay muchos que viven de las apariencias y luego son unos cagados, pero... el puto Gorbachov...
—A mí me trataba bien. ¿Sabes por dónde puede estar ahora?
De repente, toda la atención que Laura había conseguido de Finn desaparece.
Se aleja de ella con una excusa murmurada entre dientes, y se siente una apestada.
Uno de los hombres que había en el extremo de la barra coge su pinta y también se marcha, es la calma que precede a la tormenta, y ella no entiende qué ha podido provocar esta tensión hasta que, reflejado entre las botellas del pub, ve a un pelirrojo que se acerca en su dirección.
Cuando se gira confirma su primera intuición: Liam Burke ha ahuyentado a todos y, ahora, coge un taburete para sentarse al lado de Laura.
—No creo que los rusos vayan a aparecer por el Orphan’s. Ni esta noche ni nunca. Gorbachov y Putin ya no son bienvenidos. Como tú.
¿Qué clase de idiota es? No debería haber entrado y, ahora, cuando ve cómo otros dos clientes se marchan con prisa del pub, puede que sea demasiado tarde para escapar.
—Entonces será mejor que pague y me vaya.
Busca en el bolso un billete de diez, no va a esperar el cambio, pero cuando lo pone sobre la barra, la mano de Burke cae sobre su muñeca como un cepo.
—Me ofendes. ¿Cómo vas a pagar tú en mi bar?
—Soy una mujer con pareja. Una invitación se podría malinterpretar, señor Burke. —A veces, a Laura le gustaría ser capaz de cerrar la boca a tiempo, pero las palabras salen de entre sus labios como el chorro de agua de una tubería rota. A borbotones.
—¿En qué momento te ha parecido buena idea venir a reírte a mi puta casa?
Los ojos nerviosos de Laura buscan una escapatoria.
Los clientes de otra mesa se ponen en pie porque Burke ha levantado mucho la voz al decir «mi puta casa», cada sílaba ha sonado como un martillazo.
Hay un hombre de unos sesenta años en la otra punta de la barra, un inglés con la calva quemada por el sol; se plantea pedirle ayuda, gritarle que salga a llamar a la policía, pero la mirada errabunda del inglés, su vaivén etílico incluso aunque esté sentado, le hace descartar la idea: está tan borracho que probablemente no pueda ni encontrar la puerta.
La mano de Burke aprieta aún con más fuerza la muñeca de Laura.
—Vine buscando a una persona, no sabía que era vuestro pub.
Pero la verdad a medias no convence a Burke.
Ha leído cientos de informes policiales sobre los Huérfanos, sabe de qué son capaces.
Trevor Strummer es el más impulsivo, no el más violento.
Aunque nunca se han reunido pruebas suficientes como para ir a juicio, Burke carga con varios homicidios: unos magrebíes que traían droga desde Algeciras, una albanesa que decían que controlaba las rutas para llevar la mercancía a Europa...
—¿Por qué no traes a nuestra amiga al reservado, Burke? Hablaremos más tranquilos en privado.
Una corriente fría recorre el espinazo de Laura.
Al fondo del bar se ha abierto una puerta de cristal esmerilado amarillo y verde y ha sido como si una ráfaga de aire polar se hubiera colado desde el exterior.
Chris Griffin impone más al natural que en las fotos; rubio, de piel pálida, como el traje de tres piezas color hueso que lleva a pesar del calor, contrasta con la corbata, de un tono berenjena llamativo.
Con modales de lord inglés, hace un gesto ampuloso para apartarse e invitar a Laura al reservado, donde, bajo las lámparas verdes, se adivinan algunos asientos, una mesa de billar, una diana.
—En realidad, sería mejor que me marchase. Mi hermano me está esperando.
La mano de Burke, aferrada a su muñeca, le recuerda que no es libre. Con el leve tirón que daría un dueño a su perro, indica el camino que debe seguir Laura. Mira atrás, al inglés borracho, a Finn, el camarero, que ha preferido darle la espalda y simular que seca unos vasos. No tiene alternativa.