Los Huérfanos 14
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—Laura está en Marbella —murmura Alberto sin mirarlo.

Sergio quiere pisar el freno, pero los coches que lleva detrás lo atosigan, puede verlos encima de él en el espejo retrovisor.

Alberto da unos golpecitos en su ventanilla, señalándole a su hijo el camino, como si hubiera olvidado que debe girar a la derecha.

El tráfico en la nacional que atraviesa el pueblo es como una arteria obstruida con placas de colesterol.

—¿Cómo lo sabes?

—La Hermana Mei. Ella tiene ojos en todas partes.

—Laura lleva veinte años sin pisar Marbella. Si ha venido, será para darnos problemas. Algo relacionado con mamá.

—Es tu hermana, Sergio. Podrías hablar con más cariño de ella. Y tu madre está perfectamente. Me he encargado de que no le falte de nada en la cárcel. Más, de momento, no puedo hacer.

—Entonces, ¿qué pinta aquí? ¿Sabes dónde se está quedando? ¿En un hotel o con Dani? Puedo hacerle una visita en el club de buceo y preguntarle.

—Prefiero que estés en lo que tienes que estar: el topo, Sergio. El portugués, Souza, que era el representante de todos los deportistas que hemos untado. Céntrate en eso, que como te disperses no lo vamos a saber ni en cien años.

—Tendría que hablar con el armenio. Su entrenador no tenía ni puta idea de lo que iba a hacer en el combate. Y me lo creo: alguien lo compró.

—¿Quieres que Putin le dé algún recado de tu parte?

—¿Se lo has encargado a él?

—Le he dicho que le ponga un poco de espectáculo. Que toda Marbella se entere de lo que te puede pasar si le tocas los huevos a Alberto Pastor.

—No deberías matarlo —se atreve a aconsejar Sergio—. Aras nos puede ayudar a descubrir quién nos está jodiendo las apuestas.

—El estirado de Chris Griffin o el otro, el semental de Liam Burke. Cualquiera de los dos. No hace falta preguntarle al armenio para saber que los Huérfanos están detrás de esto. El topo, hijo, ¿te puedes centrar? ¿Serás capaz?

Sergio ha parado el Brabus en la calle Alonso de Bazán, delante de Guanxi, un bazar chino.

No soporta cuando lo trata como a un niño con problemas de aprendizaje, cuando lo ningunea, pero las burlas de su padre caen sobre él como paladas de tierra, lo inmovilizan.

Antes de cerrar la puerta, Alberto Pastor se vuelve hacia su hijo con una sonrisa.

Sergio cree que quizá, por una vez en la vida, le pedirá perdón.

—No me gusta este coche nuevo que te has comprado. Demasiado ostentoso. No somos franceses ni belgas de la Mocro Maffia, somos abogados españoles, hombres de negocios decentes, no llevamos collares de oro, ni chándales con la marca por todos lados. Haz el favor de cambiarlo por un coche normal.

—Pero papá...

—Si tienes la crisis de los cuarenta, gástate el dinero en psicólogos o en putas, no en ir enseñando por toda Marbella que tienes los huevos repujados en oro. Hay gente a la que le cuesta poner un plato a la mesa, Sergio, un poco de respeto.

Alberto no da oportunidad a la protesta de su hijo, cierra la puerta del Mercedes y se pierde dentro del bazar.

El Guanxi es como cualquier otro bazar chino, un almacén abarrotado de mercancías.

A la entrada se amontonan los artículos de playa: sillas plegables, sombrillas, cubos y palas, hasta un enorme flotador con forma de delfín, inflado, que Alberto Pastor tiene que apartar para pasar.

Tras la caja de cobro, una mujer china de unos cuarenta años lo saluda con aire tímido, casi sumiso.

—La Hermana Mei lo espera, señor Pastor.

Conoce el camino, tiene que adentrarse en el local por uno de los estrechos y abigarrados pasillos.

Le gusta recorrer el de las fregonas, los plumeros y los recogedores, que desemboca en la pared de las cañas de pescar y las plantas.

Encuentra una lógica en esa disposición, el trabajo conduce al placer, a la tarde de verano pescando y a la contemplación ociosa de la naturaleza.

Se topa con una puerta de metal con un cartel de PROHIBIDO EL PASO .

Sobre ella hay una cámara con un piloto rojo encendido.

Alberto presiona un intercomunicador y espera.

No le contestan, pero un zumbido indica que puede empujar la puerta y abrirla.

La trastienda es un batiburrillo de cajas y más cajas de cartón.

De una de ellas, abierta, sobresalen los mangos de más de una docena de escobillas de plástico para el váter.

Casi todos los letreros de las cajas están en chino.

Atraviesa ese bosque de paquetes y cachivaches hasta llegar a otra puerta, con su cámara de vigilancia, en la que debe repetir el proceso de llamar y aguardar a que el zumbido le permita la entrada.

El siguiente pasillo está surcado de anaqueles con carpetas, archivadores y cuadernos viejos.

La tercera puerta —la última— parece mucho más sólida que las anteriores.

Al otro lado lo recibe Qiang. Alberto Pastor conoce el procedimiento y levanta los brazos, el chino lo cachea sin mucha atención.

—¿Cuándo dejarás de sobarme, Qiang? Voy a pensar que te pone cachondo.

—La Hermana Mei te atenderá en un par de minutos.

Qiang habla un buen castellano, aunque muy poca gente lo haya oído.

Es tan parco en palabras como en sonrisas, pero Pastor sabe que nadie podría proteger a la Hermana Mei como lo hace él desde que llegó hace treinta años de la provincia de Qingtian, cerca de Wenzhou, el mismo lugar donde nació su jefa.

De allí procede la mayor parte de los chinos que emigran a España.

En una sala, al fondo de otra zona de almacenaje, está ella, una figura falta de color encorvada sobre una mesa de formica.

La salita es pequeña, sin ventanas, llena de estanterías en las que destacan algunos gatos de la suerte, con la pata moviéndose arriba y abajo.

Hay una mesita de cristal con un tablero de Go con las fichas blancas y negras desplegadas en mitad de una partida.

La Hermana Mei apunta en una libreta azul lo que una asiática joven, de no más de treinta años, le dice en chino.

Viste un pantalón negro y un blusón con un dragón bordado, lo más probable es que se trate del uniforme de un restaurante chino de la zona.

La mujer coloca sobre la mesa una bolsa de plástico con billetes de veinte y cincuenta euros que Mei cuenta.

A simple vista, Alberto calcula que habrá seis o siete mil.

No necesita entender lo que dicen, sabe en qué consiste esta operación: se llama hawala , un sistema de envío de dinero de un lugar a otro del planeta que elude cualquier control.

La hawala es tan antigua como el comercio, se usa desde la época de la Ruta de la Seda.

Transportar dinero era entonces muy arriesgado, con los caminos llenos de bandidos, así que los comerciantes necesitaban un sistema seguro.

Nacieron los hawaladares , una palabra árabe que se podría traducir como cambiar o transformar .

El comerciante le entregaba en una ciudad el dinero al hawaladar y este le proporcionaba una especie de contraseña.

Al llegar al destino, por ejemplo Samarcanda, el comerciante le daba esa contraseña a un corresponsal de su hawaladar , y el dinero, a falta del porcentaje que hubieran pactado, le era devuelto.

Todo funcionaba gracias a la confianza en los hawaladares , los que usaban esos sistemas sabían que no iban a engañarlos.

A Pastor siempre le ha llamado la atención esa honorabilidad de los bajos fondos.

En la actualidad, las organizaciones criminales han copiado esa forma de trabajar.

El narcotraficante entrega el dinero a su hawaladar de Marbella y después lo recoge en Colombia, por ejemplo, para pagar la droga; a la vez, un grupo paramilitar colombiano entrega el dinero en Bogotá y lo recoge en Omán para comprar armas; un grupo terrorista islámico entrega dinero en Omán y lo recoge en Marbella para financiar sus cédulas por toda Europa...

El dinero viaja por el mundo sin moverse del sitio y sin dejar rastro en bancos y transferencias.

Las grandes redes de hawala , con corresponsales en todos los países, se llevan su porcentaje.

Es uno de los negocios más boyantes, reporta incluso más beneficios que las drogas o las armas: ganan tanto dinero que se han convertido en los banqueros del crimen organizado.

Resulta casi imposible descubrirlos porque hasta la generación de la contraseña es discreta: el cliente en Marbella, además del dinero, le da al hawaladar el número de serie de un billete de curso legal.

Ese billete lo tiene quien quiere recibir el dinero en otra parte del mundo, por ejemplo, en Wenzhou.

Esta persona solo tiene que presentarse al hawaladar de su ciudad, mostrar el billete con ese número de serie y se le entregará el dinero.

En apenas un día, el dinero ha volado de un extremo al otro sin dejar más huella que las anotaciones que la Hermana Mei hace en su libreta azul.

Porque, pese a la humildad del bazar donde se ocupa de sus negocios, por ella es por donde pasa todo el dinero de Marbella, desde el de las grandes operaciones hasta el que envían los chinos radicados en España a sus familiares.

La red de la Hermana Mei se extiende como una telaraña no solo por las grandes ciudades españolas y europeas, sino también por todo el mundo: tiene hawaladares hasta en los pueblos más pequeños de China o de Estados Unidos.

En este pequeño despacho del fondo del bazar se mueve más dinero que en ningún banco legal de la Costa del Sol.

En cuanto se marcha la china del dragón bordado, la Hermana Mei invita con un gesto a que Alberto se acerque. Cordial, le sonríe, pero él no se engaña, bajo sus maneras amables, bajo la máscara de educación oriental, intuye su furia.

—¿Has tenido oportunidad de ver a tu hija?

—Marbella tiene muchos atractivos. A lo mejor, no ha venido por mí.

—Sé que lleva la acusación de Trevor Strummer. Sus hermanos están preocupados por la sentencia.

—No me toques los huevos, Mei, no me hagas fingir que me importan esos putos Huérfanos. Los dos sabemos que...

—¿Y si Laura ha venido por la situación de tu esposa?

—Marimar está bien. Me he encargado. Como me he encargado de todo en los últimos treinta años.

—Quizá te empiezas a hacer mayor.

—Tanto como tú.

—Tú te cuidas peor; fumas demasiado, se te oye respirar a cien metros. Y tienes ojeras, eso es que duermes mal. No sé si sigues siendo el Alberto Pastor que conocía.

—Es una mala racha.

—Hablas como los clientes del casino. Y ya sabes que a mí no me gusta jugar. Me gusta ganar y, contigo, últimamente, solo pierdo.

—Te pagaré los treinta millones.

—Claro que me los pagarás, lo que no sé es cómo.

—Dame tiempo. Te puedes fiar de mí.

—¿Qué vas a hacer? ¿Otra apuesta amañada? Al futbolista no le sacaron tarjeta en los primeros quince minutos, la tenista no se retiró por lesión, ni el armenio cayó en el primer asalto. Se ríen de ti.

—Los Huérfanos están yendo a por mí, Mei, pero voy a pararles los pies, a todos, y te demostraré que tengo razón. Me han metido un topo.

—Alberto, te tengo aprecio. Me gustaría que Marimar volviera a Marbella, que la relación con tu hija Laura fuera mejor. Te lo digo de verdad, como amiga. Pero sé que tú también me entiendes: ¿qué pasaría si la gente pensara que no hace falta pagar las deudas a la Hermana Mei? No lo puedo permitir.

—Encontraré la manera de pagarte.

—Encuéntrala en diez días, Alberto. Porque, si no la encuentras, me dolerá a mí más que a ti.

Alberto oye los pasos de Qiang, que se sitúa a su espalda.

Sabe que la conversación ha terminado. Se levanta y se despide de la Hermana Mei con una reverencia oriental.

Ha pasado suficientes años a su lado como para saber de qué es capaz, para estar seguro de que, si en diez días no ha saldado la deuda, ella no tendrá ninguna compasión, por mucho que hayan sido amigos durante gran parte de su vida.

A su memoria acuden como fogonazos las imágenes de algunas de las víctimas que Mei ha dejado en el camino: rostros desencajados por las torturas, cientos de heridas para eternizar el sufrimiento, la violencia desatada de Qiang, mandíbulas partidas, lenguas arrancadas, un rastro de dolor infinito para afianzar su poder, para que nadie se atreva a fallar a la Hermana Mei.