Los Huérfanos 13
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—Si Dani me dice que eres de fiar, para mí eres de fiar.

—Pese a sus palabras amables, Pino no sonríe al hablar.

Es agente del ECO, Equipo contra el Crimen Organizado, una división de la Unidad Central Operativa que actúa en los lugares más calientes de la geografía española: Galicia, Cataluña, Baleares, Valencia, Canarias y, por supuesto, Andalucía y la Costa del Sol—.

Pero te reconozco que los fiscales no me caéis del todo bien.

Sois expertos en cagar todo el trabajo que hacemos en la calle.

—¿Y si nos olvidamos de que soy fiscal?

—Y de que eres hija de Alberto Pastor.

—Nadie elige a su padre, Pino. A mí me ha tocado un mafioso, a otros les toca, no sé..., un imitador de Rocío Jurado que va cantando por las fiestas de los pueblos.

—Cuando pille a Dani, lo crujo. —Pino esboza al fin una sonrisa—. Que sepas una cosa: mi padre canta el «Como una ola» mejor que la Jurado.

Laura no lo pone en duda y, en el asiento del copiloto, recuerda las Nocheviejas de niña, cuando su padre, con la dosis adecuada de gin-tonics en el cuerpo, se arrancaba por fandangos y terminaba con Camilo Sesto; debía de creer que tenía un chorro de voz.

No era cierto, cantaba fatal, pero sí que conseguía hacerla reír hasta estar a punto de mearse encima.

Hacía mucho que no recordaba nada positivo de Alberto Pastor, lo malo enterró sus virtudes a kilómetros de profundidad.

«Y así debe seguir», piensa Laura mientras Pino conduce por la carretera que atraviesa la zona de Riviera del Sol, en Mijas.

Bares ingleses, negocios de utensilios de playa, bañadores y sombrillas, pizzerías, una zona de aire muy familiar.

El turismo no abandona Marbella con el final de agosto, la ciudad sigue atrayendo visitantes durante todo el año.

—Ese es el David Bar. He pasado muchas horas aquí haciendo vigilancias. Es zona de irlandeses, pero el hombre que buscas, Gorbachov, aparecía de vez en cuando por aquí. Siempre con Putin.

—¿Putin?

—No es que se parezca al auténtico, pero es calvo, está cachas y es ruso.

Y como siempre va con Gorbachov, le llaman así.

La gente en el sur tiene su guasa, aunque los rusos no es que sean para reírse.

—Pino se aleja del David Bar, cualquiera de los hombres que hay sentados fuera puede formar parte de una mafia y sospechar del BMW X5 que conduce, nuevo y con todos los extras, un vehículo confiscado en alguna operación que ahora da servicio al ECO—.

Son unos bestias. Es posible que Gorbachov y Putin estén detrás de varios ajustes de cuentas, de los peores que nos hemos encontrado por Marbella.

No son de los que se limitan a un par de disparos.

Un hombre sin cabeza ni testículos en Antequera, una mujer a la que le sacaron los ojos y que apareció en la playa de Cabopino...

—Mutilaciones. —Laura piensa en el cadáver de Víctor Zamora, en la marca que dejaron en su rostro ciego.

—Es su firma —asiente Pino—. Son cosas que se saben, pero nunca hemos podido demostrarlo.

Además de salvajes, son listos: no sé cuántos años llevarán en Málaga y no han pasado ni una noche en el calabozo.

Ellos no son como los cantamañanas que se pasean en un descapotable por Puerto Banús o los que se lucen con prostitutas del brazo.

Los rusos son como fantasmas. No tenemos más que un par de fotos borrosas de ellos.

Aparecen, dejan un reguero de sangre y se esfuman.

—¿Para quién trabajan?

—Para el que pague mejor.

Laura contiene su deseo de preguntar por el vínculo entre Alberto Pastor y esos sicarios.

En una instrucción, se catalogaría de investigación prospectiva: ya sabe lo que quiere, conectar a su padre con Gorbachov, y si se lo pregunta a Pino, seguramente le conteste que el ruso ha podido trabajar para él, es un mercenario, ¿por qué no iba a hacer algún encargo para alguien como Alberto?

Pero sería una información sesgada, obtenida porque sus preguntas están diseñadas para confirmar una hipótesis.

En un juicio, el abogado defensor objetaría que se trata de una pregunta sugestiva.

Necesita que el nombre de su padre surja de otra boca que no sea la suya.

Que alguien le confirme la conexión entre Gorbachov y Alberto Pastor para sacar a su madre de prisión.

—¿Cuándo fue la última vez que supiste algo de Gorbachov o de Putin?

—Hace tiempo que no los vemos. Quizá se hayan marchado a Dubái.

—¿Dubái?

—Es el nuevo Eldorado. Hasta ahora, los jefes de las familias vivían aquí en Marbella, ahora hemos detectado que algunos se han mudado a Dubái, allí actúan con más impunidad.

—¿Más todavía?

—Mucho más. Aunque eso no quiere decir que Marbella se vaya a convertir en un lugar tranquilo, esto está demasiado bien situado, hace buen tiempo y a todos les encantan los espetos.

—¿Hay alguna forma de saber si se han marchado?

—Difícil, de Putin no tenemos ni su verdadero nombre. De Gorbachov sí, por una multa de aparcamiento. Se llama Vitali Baburin.

—¿Sabéis dónde vive?

—Es hacia donde te llevo.

Antes de llegar desde Mijas a Marbella se extiende el barrio de Las Chapas.

Laura no lo conoce apenas, en su juventud no estaba tan desarrollado como ahora.

Tiene zonas de villas, como el resto de la ciudad, también muchas urbanizaciones tranquilas, de clase media, y en una de ellas vive Gorbachov. Pino frena y aparca antes de llegar.

—Vive en esa urbanización. Con este coche no podemos acercarnos más, no quiero quemarlo.

Los mafiosos tienen gente atenta a las matrículas o cámaras que las graban.

Sería una pena que no pudiéramos usar más este BMW, no siempre nos tocan coches tan potentes: si algún día tenemos que hacer una persecución, nos alegraremos de tenerlo.

—¿Te importa si me bajo y echo un vistazo sola?

—Si no haces ninguna tontería... No quiero tener que ir a rescatarte.

Laura entra en el recinto de la urbanización: está bien cuidada y recuerda a muchas que ha visto en zonas de playa.

Hace un par de años estuvo con Guillermo en la playa de San Juan, en Alicante, en un apartamento de sus padres en el que su novio pasaba las vacaciones de la adolescencia; no era muy diferente, zona de apartamentos de verano para familias españolas de clase media acomodada: jardines aseados, una piscina, una pequeña zona de juegos infantiles, dos pistas de pádel...

Lo último que se le ocurriría es que allí pudiera vivir un sicario ruso que firma sus trabajos con amputaciones.

Unos niños pasan a su lado con las colchonetas de la playa, bromean entre ellos, como tantas veces ella hizo a su edad. El olor a crema solar la envuelve. No ha hecho frío todavía y el Mediterráneo guarda su calor. Una señora con el carro de la compra a rebosar pulsa enfadada el botón del ascensor.

—¿Está estropeado? —le pregunta Laura cuando se acerca a ella.

—O alguien se lo ha dejado abierto, vete tú a saber. Llevo congelado en el carro, se me va a estropear.

—Yo la ayudo.

Laura carga el carro, que pesa como un demonio, ¿qué ha comprado esta mujer, cajas de plomo? Llega sin aliento al tercer piso, sudando. Es posible que no hiciera tanto ejercicio desde su última clase de gimnasia en el instituto.

—Anda, pasa, hermosa, tómate un vasito de agua.

Sigue a la señora por un pequeño apartamento cargado de tapetes de punto, fotos de la comunión de los nietos y banderas franquistas.

Laura bebe rápido, el ambiente opresivo del apartamento, tan oscuro como si fuera un día de invierno en Orense en lugar de un día de verano en Málaga, la mirada inquisitorial del águila en la bandera, la empujan a salir, a alejarse de esta señora que parecía encantadora pero que Dios sabe qué infierno esconde.

—Estaba buscando a un amigo. Es vecino del edificio, pero es que no me acuerdo ahora de cuál era su piso. Es ruso, con una mancha en la frente.

—¿El Gorbachov?

—¿Lo conoce?

—La comunidad iba mejor cuando él estaba de presidente. Es muy salao, para que después hablen mal de los rusos. Vive en el bloque 2, en el tercero B. Con su madre, que está para el arrastre y no sale de casa, pero su hijo la cuida. No como otros hijos.

La señora ha acompañado a Laura hasta el salón y su mirada acusatoria recorre el muestrario de nietos sonrientes vestidos de marineritos o de novias.

—Muchas gracias. Bloque 2, tercero B. No sé qué cabeza tengo.

—Tiene que hacer tiempo que no ves a tu amigo Gorbachov, ¿verdad?

—Eh, sí... Bueno..., un poco.

—Es que hará por lo menos tres semanas que no pasa por aquí. Y en la casa tampoco está la madre. Se conoce que se han ido de viaje.

Una sensación de incomodidad recorre a Laura.

No tiene que ver con el ambiente rancio de la casa, sino con la señora, con cómo la mira: no solo ha dejado de parecerle inocente, sino que de pronto le ha dado la impresión de que, de alguna manera que no entiende, esta mujer está dentro de la órbita de Gorbachov.

—Le gusta la cerveza.

La mirada de Laura se ha posado en una pared decorada con una colección de posavasos de diferentes marcas. Todas, ya sean Harp, Guinness o Murphy’s, pertenecen al mismo pub: The Orphan’s.

—Me gusta, sí, la cerveza me mantiene joven. Pero no voy a bares. Una señora no bebe en público. —Se acerca a los posavasos colgados de la pared—. Todos estos me los ha ido trayendo el Gorbachov. Ya le he dicho que es muy salao.

Laura se excusa con Pino cuando sale de la urbanización, él estaba dispuesto a seguir «la ruta del mal», un recorrido por los bares y discotecas favoritos de los delincuentes en Marbella.

La deja cerca de Puerto Banús. Laura le ha dicho que su visita a la urbanización de Gorbachov no ha servido de nada, le ha mentido. Marca el teléfono de Guillermo.

—El nombre real del tal Gorbachov es Vitali Baburin, vive aquí en Marbella, aunque no se le ve desde hace unas semanas.

Eso encaja con que estuviera en Madrid, tal y como dijo mi madre.

Trabaja con otro al que llaman Putin, no tengo su nombre auténtico.

Son sicarios rusos que actúan por encargo y su firma son las amputaciones, la Guardia Civil sospecha que son los culpables del asesinato de una mujer que encontraron en la playa, sin ojos, como lo que le hicieron a Víctor Zamora. ¿Ves como sí valía la pena venir aquí?

—A ver cómo lo manejo —le contesta Guillermo—. ¿Qué tal por Marbella?

—Bien, de momento todo bien. No he visto a mi padre, tal y como te dije. En un par de días estoy de vuelta en Madrid.

—Ten cuidado.

Se despide con un beso. Un Lamborghini amarillo pasa por su lado para entrar en Puerto Banús y sumarse al desfile de coches de gama alta y chicos de gimnasio, tatuados, vestidos con lujo y abrazados a mujeres tan artificiales como ellos, los cantamañanas de los que antes le hablaba Pino.

Le late el corazón con un vértigo que no sabe interpretar: ¿es alegría?

«Ridículo», piensa. Salvar a Marimar de una condena y lograr que su padre fuera a prisión en su lugar era el combo perfecto.

Sin embargo, todo indica que con quien tenía relación Gorbachov era con los Huérfanos.

¿Está feliz porque esto no implica a Alberto Pastor o porque podrá volver a Madrid sin tener que cruzarse con él?

Es posible que lo que sienta sea más bien eso, alivio.

Las visitas al David Bar o los posavasos del Orphan’s sitúan a Gorbachov cerca de los irlandeses.

Puede que su primera intuición fuera acertada: los Huérfanos le lanzaron una amenaza a través de su madre para que abandonara el caso de Trevor Strummer.

No va a ceder a ese chantaje, lo tiene claro.

Tanto como que conseguirá demostrar que son ellos los que urdieron esta trampa contra Marimar.

Empieza a caer la noche y, cuando Laura avanza por la avenida Julio Iglesias, se escucha el bullicio de Puerto Banús. El Orphan’s está cerca.