Marbella, 2024
La urbanización Faro de Calaburras, en Mijas, a poco más de veinte kilómetros de Marbella, no es tan lujosa como Sierra Blanca o La Zagaleta, pero la casa de Liam Burke provocaría la envidia de cualquiera.
Villa María —se llamaba así antes de que él la comprara, y decidió conservar el nombre— es una mansión deslumbrante para alguien que se ha criado en un orfanato cercano a Belfast, ha pasado por la cárcel de Kilmainham y ha dormido en la calle más de una vez: una villa de estilo clásico —con siete habitaciones y nueve baños— que, además de jardín, piscina y barbacoa, está equipada con sistemas de seguridad muy avanzados, incluido un buen circuito de cámaras y lectores de matrículas de coche en el perímetro.
—Si vas a recoger a todos los niños que vayas haciendo por ahí, la casa se va a quedar pequeña.
Trevor Strummer, en una tumbona, da un trago a su cerveza y se sonríe como una serpiente de cascabel al mirar la estampa de la piscina.
Allí, Melisa, una mexicana de veinte años espectacular, juega con dos niñas y un niño que acaba de cumplir año y medio: Manolín, el hijo de Burke y Valdrinia.
Cuando Liam Burke juega con su hijo, no recuerda a su madre, la albanesa, recuerda el momento en que la Hermana Mei le pidió que le solucionara un problema y él aceptó.
Fue el día en que la carrera de los Huérfanos despegó hacia el éxito al hacerse cargo del transporte de la droga en Marbella.
—¿Has dejado ya preñada a la mexicana? —sigue malmetiendo Strummer.
Burke no despega la vista de su periódico deportivo.
—La mexicana tiene nombre, Melisa, y no, todavía no está embarazada, pero si vienen más niños, bienvenidos. ¿O qué quieres que haga? ¿Que los deje en un orfanato como nos hicieron a nosotros? Si te parece, les busco un padre Boyle para que les cambie los pañales.
—Porque lo de ponerte un condón ni te lo planteas...
—Los condones son para gente como tú, Trevor, que os vale cualquier agujero.
Chris Griffin cruza el jardín con un ron old fashioned en la mano; últimamente se ha aficionado a la coctelería, aunque Amber prefiere seguir bebiendo pintas.
Puede que sea la cantidad de cerveza que toma o la comida española lo que ha hecho desaparecer esa figura de cuchillo de melena roja: Amber ha engordado mucho, pero Griffin sigue mirándola como si no hubiese una chica más bonita sobre la tierra.
Le lanza un beso al aire, que ella atrapa como si fuera una mariposa, antes de sentarse junto a sus hermanos.
—Acabo de hablar con Ámsterdam: el cargamento ha llegado sin problemas y nos ingresan la segunda mitad del pago. En un par de días el dinero estará en la cuenta panameña.
—No sé de qué nos sirve el dinero en Panamá —protesta Strummer.
—¿Necesitas algo?
—No tengo una casa como esta.
—La llenarías de chaperos —se burla Burke—. ¿Por qué no te pones unos implantes de una puta vez en esa boca?
—Cuando me los ponga, serán de diamante. —Strummer silba por la mella de su dentadura—. Voy a arrancarles los pezones con los dientes de diamante a los que nos toquen los huevos.
—Menos mal que soy yo el que decide dónde invertir el dinero —ríe Griffin.
—Alguno de los tres tenía que ser el listo —le concede Burke con un golpe en el hombro.
El teléfono de Strummer interrumpe la conversación, le ha llegado un mensaje.
—Ramón Castillo está fuera. Voy a hablar con él.
—No me gusta que venga a mi casa —protesta Burke—. Los negocios, mejor lejos, Strummer.
—Se lo digo para la próxima.
Strummer sale de la casa en chanclas y bañador.
Ni siquiera se ha puesto una camiseta. Fuera hay un camión no muy grande, un Scania, el mismo que en su día perteneció a Valdrinia cuando ellos hicieron el vuelco.
No solo eliminaron a la anterior encargada del transporte, se quedaron con su organización.
Para su sorpresa, Ramón Castillo, el conductor, no viene solo, hay una chica joven en la cabina.
El camionero se baja para reunirse con él.
—¿Y ella?
—Melca, me la llevo de viaje. Es de fiar. Hace las uñas de puta madre, si alguna vez te las quieres pintar...
—Las de los pies, no te jode... Me da igual dónde metas la polla, Ramón, pero este camión tiene que llegar a París mañana. ¿Estamos? Sin parar a dormir. A la vuelta, como si te la machacas con una plancha. Tú mismo. Aquí tienes el lugar de entrega.
Le da un sobre y espera a que Ramón Castillo se suba al camión y arranque.
—El puto Ramón se ha echado una novia que debe de ser más joven que su hija —se ríe esa misma noche Strummer en la barra del Orphan’s—. Se la ha llevado a París.
—A ver si no le da un infarto follando. —Burke está detrás de la barra, sirve unas Guinness.
—Ha hecho tres veces el viaje sin un problema. Me fío de Ramón.
—Deberías cambiar con más frecuencia de conductor —le recomienda Griffin—. La primera vez tienen miedo. La segunda, protestan porque no ganan suficiente. Y a la tercera, les entran las ganas de ser demasiado listos.
—Eso será contigo, Griffin, que eres un buenazo. Conmigo no se les pasa el miedo ni en cien viajes. —Strummer se ríe lanzando su chiflido de loco.
Dos chicas latinoamericanas entran en la taberna irlandesa, vienen de Puerto Banús. Burke se queda prendado de una de ellas de inmediato.
—¿Habéis visto a la morena de la minifalda negra?
Burke sale disparado de la barra, como atraído por un imán.
—A la mexicana le quedan dos días para dejar de ser la favorita —dice Griffin.
—Solo espero que la ponga en la calle antes de preñarla.
Un tipo que bebe una cerveza en un extremo de la barra interviene en la conversación. Se llama Tono, lo conocen porque a veces les hace trabajillos de poca monta. Es lastimoso verlo siempre solo, acodado en la barra del Orphan’s, pidiendo que le fíen una cerveza más.
—Antes de un cuarto de hora, Burke se lleva a la morena. ¿Apuestas?
—Yo apuesto a que se lleva a las dos —se ríe Strummer—. A no ser que tú le birles una, Griffin.
—Para mí no hay ninguna mejor que Amber.
—Claro que sí —bromea Tono—. Amber es mucha mujer. Tiene carnes para ti y para tres más.
Tono, borracho, se carcajea de su propio chiste. Griffin se ha quedado con la mirada perdida en los reflejos que las luces dibujan en las botellas al otro lado de la barra. No abandona ese estado de ausencia hasta que oye los gritos de Strummer.
—¡¡¿Qué cojones te he dicho?!! Retíralo ahora mismo. ¡¡Retíralo!!
Strummer ha derribado a Tono del taburete y ahora lo agarra del cuello contra el suelo, lo está asfixiando. El borracho babea al tiempo que intenta balbucear una disculpa.
—Es... broma...
—Suéltalo —le ordena Griffin.
—¿Qué ha pasado? —Burke se acerca alertado por el escándalo.
—Este subnormal. —Strummer se pone en pie y le suelta una patada en el costado a Tono—. Ha insultado a Amber.
Burke busca a Griffin con la mirada. Le sorprende ver que está acodado en la barra, con la mano agarrando la frente, como si lo hubiera abatido una jaqueca o un sufrimiento muy intenso. O como si estuviera intentando contenerse.
—Tú lárgate de aquí, no quiero volver a verte en el Orphan’s —le ordena Burke a Tono, que aprovecha la ocasión para salir corriendo del pub—. Strummer: me ha escrito un soplón. Tenemos problemas con tu conductor, el tal Ramón Castillo. Nos ha dado un vuelco y les ha pasado la droga a unos moros.
—Puto imbécil. Yo me ocupo. Tengo el camión geolocalizado —le promete Strummer.
Burke espera a que se haya ido para centrarse en Griffin. Le extraña su postura, de espaldas a él. Su tono de voz, más roto de lo normal, como si tuviera que hacer un esfuerzo para hablar.
—Chris, ¿estás bien?
Cuando su amigo se gira, Burke descubre que Griffin está llorando.
A las tres de la mañana, recorren una zona de Marbella que tiene muy poco tráfico, hacia el interior.
Burke y Griffin viajan en silencio. El coche atraviesa una arboleda hasta llegar a un claro en el que hay una construcción destartalada, una caseta de aperos.
Los dos irlandeses se bajan del vehículo.
Burke abre el maletero para coger un bidón de gasolina.
Llaman varias veces a la puerta. Al fin, abren.
Es Tono, en calzoncillos, medio dormido todavía.
—¿Griffin?
No tiene tiempo de decir nada más. Griffin lo dobla con un rodillazo en los huevos y, acto seguido, Burke lo arrastra hacia el interior para darle una somanta de palos.
—Esto es lo que pasa cuando alguien insulta a los Huérfanos —le dice Burke.
Entre el escándalo de golpes y los gritos de Tono, una mujer y dos adolescentes aparecen en el salón. Griffin saca una pistola y les apunta.
—Quietos.
Burke coge unas bridas y amarra a Tono a un armario de la cocina.
—Estaba borracho, siento lo que dije, no la quería insultar... Por favor, no le hagáis nada a mi familia.
—Tu familia no tiene la culpa de que seas gilipollas —sentencia Burke mientras lo rocía de gasolina.
—¡Por favor! ¡Dejadlo, por favor! —La esposa de Tono se arrodilla ante Griffin, lo agarra de las piernas, el irlandés se la quita de encima y se encara con los hijos.
—Coged a vuestra madre si no queréis quedaros también sin ella.
Chris Griffin prende un zippo y se lo lanza a Tono, que arde como una tea entre gritos de dolor y espasmos. El fuego ilumina las caras de pánico de sus hijos y su esposa.
—Nosotros no hemos estado aquí —advierte Burke antes de marcharse.
Uno de los hijos coge una manta y se la tira encima a su padre, que ya ha dejado de revolverse contra el fuego. Ya en la puerta de la casa, Griffin les da un consejo:
—Ocupaos de que el fuego no se extienda y dejadle morir. Será mejor que vivir con esas quemaduras.
Se suben al coche. Atrás quedan las llamas, el humo y el dolor de la familia de Tono. El ruido de los neumáticos en el asfalto. El viento de la noche silbando por una ventanilla que no han cerrado del todo. Ninguno habla hasta llegar a la casa de Griffin.
—Da igual lo que diga ese pobre idiota. Amber es preciosa —le dice Burke antes de que su amigo baje del coche.
—Lo sé —responde Griffin.
Burke lo ve caminar hacia la casa donde lo espera su chica.