12
Laura hubiera preferido no atravesar Marbella, pero para llegar a Istán, un pueblecito de la falda sur de la sierra de las Nieves, es obligatorio hacerlo.
De hecho, tiene que pasar muy cerca de la entrada de la urbanización Sierra Blanca, el hogar de su adolescencia.
Pese a los años transcurridos desde su última visita, hay un aire familiar en las calles y una luz apacible en La Concha, la montaña que brinda a Marbella su microclima, esa temperatura estable que se sostiene hasta otoño, como si hubieran estado esperando su regreso, como si no le perdonaran que pase de largo sin detenerse a saludar.
Dani, su hermano pequeño, vive en Istán con Ingrid, la hija de unos alemanes que emigraron al sur de España cuando ella era apenas una niña.
Heredó la casa tras la muerte de sus padres, y allí hacen su vida de novios, en un lugar apartado, algo que Dani agradece porque quiere mantenerse al margen de los negocios de Alberto Pastor.
Se siente orgulloso de haber montado una escuela de submarinismo en el Puerto Deportivo de Marbella y de ganarse la vida sin aceptar el dinero de su padre.
La casa, situada en las afueras del pueblo, es sencilla: blanca, se diría que invadida por un jardín asilvestrado, decorada con manualidades coloridas, atrapasueños y colchas de patchwork que hace Ingrid y que la convierten en un lugar donde apetece quedarse.
Laura se abraza a su hermano tan pronto sale a recibirla; huele a sal y a olas, como cuando era un niño.
Se separa unos centímetros para disfrutar de su sonrisa, de su piel morena.
Dani siempre ha sido el más guapo de la familia, un animal libre que no sabe cómo pudo criarse en el hogar de los Pastor.
El único hermano con el que ha conservado un contacto regular.
—¿Tienes hambre? Ingrid ha hecho una dorada y de postre hay marihuana terapéutica, que yo sé que es lo que más falta te hace.
Dani lleva de la mano a Laura al interior.
La casa está adaptada para la silla de ruedas en la que se mueve Ingrid: hay una rampa de acceso, los huecos de las puertas son más amplios de lo normal, la encimera de la cocina más baja...
Hace cinco años, Ingrid sufrió un accidente durante una inmersión.
Bajó más metros de los que aconsejaba la prudencia, su tanque de aire tenía una avería y se vació mucho antes de lo previsto.
Dani trató de llegar hasta ella para compartir su tanque cuando se dio cuenta del problema, pero Ingrid se puso nerviosa y subió de forma precipitada a la superficie, sin considerar los tiempos de descompresión.
Antes de llegar a la barca, notó que sus piernas dejaban de responder hasta quedar inmóviles.
La evacuaron de urgencia a la cámara hiperbárica de Estepona, la más cercana, pero el daño ya estaba hecho: las burbujas de nitrógeno formadas durante el ascenso habían dañado su médula espinal. Nunca recuperó la movilidad.
Aun así, Ingrid fue capaz de sobreponerse: se vale por sí misma, es ella la que prepara la cena y la que lleva los platos y los cubiertos a la mesa del jardín, se niega a ser menos que nadie y a provocar lástima.
—¿Sigues con el caso del irlandés? —A Ingrid no le pasa desapercibido que Laura no prueba ni los tomates, cultivados en el huerto de la casa, ni la dorada, recién pescada.
—Sí, dentro de poco se señalará la fecha del juicio.
—A ver si consigues que no vuelva a pisar Marbella. —Dani sirve el postre, higos del huerto. Una brisa arrastra el perfume de unos limoneros cercanos—. Deberían caer uno tras otro, hasta que no quede ni uno de los Huérfanos y cierren el Orphan’s.
—¿Has estado?
—Ahí van los mafiosos, ya sabes: irlandeses, rusos, escoceses, ingleses, árabes, la Mocro Maffia...
Marbella siempre ha sido muy internacional, no nos privamos de nada.
La gente normal, como nosotros, intentamos no mezclarnos, pero cada vez cuesta más: en los últimos años ha habido tiroteos y ajustes de cuentas.
Es imposible no verlo o no saber quiénes son esa gentuza.
¿Quién no conoce a los Huérfanos en Marbella?
—O a tu padre.
—A él no le gusta llamar la atención. Hace sus negocios con los jefes en Puente Romano, o en el Olivia Valere, y luego se va con los jubilados a jugar a la petanca en la plaza Manuel de Falla.
—¿No tienes hambre? —pregunta Ingrid al recoger el plato de Laura, que tampoco ha probado el postre.
—Es que comí algo de camino —miente—, pero todo estaba riquísimo, Ingrid.
La velada es agradable. La noche trae una brisa fresca que limpia la atmósfera. Como si lo hubiesen pactado, dejan para el final hablar de la situación de Marimar. Dani esconde la mirada en el porro de marihuana que se está liando cuando le pregunta por ella.
—Solo la he visto en la comisaría. Cuando vuelva, iré a hacerle una visita a la cárcel.
—El gesto derrotado de Marimar regresa a la memoria de Laura.
Sus ojos extraviados, segura de que nada podría evitar su condena—.
Está muy asustada. El caso no va bien. Es como una tormenta perfecta: ADN, cámaras, oportunidad... Todas las pruebas apuntan a ella.
Dani se siente culpable, demasiado tiempo sin verla.
Antes marcaban un encuentro al mes para comer o cenar.
Algunas veces se presentaba también Alberto.
Eran citas incómodas para todos, porque ni Dani compartía la visión del mundo de sus padres, ni ellos disimulaban la vergüenza que sentían de que su hijo se dedicara a dar cursos de buceo y a malvivir en esa casa de Istán.
—Papá siempre me ofrecía trabajo y yo siempre le decía que no, aunque el negocio sea una ruina.
—¿Necesitas dinero? Sabes que no tienes más que pedírmelo.
Él rechaza la oferta con una sonrisa, su hermana lo ayudó a levantar la escuela de buceo, pero no quiere abusar de ella. Le pasa el porro.
—Dejamos de vernos, ninguno se lo pasaba bien cuando quedábamos. Me acerco por casa a felicitar la Navidad, los cumpleaños y poco más. ¿Por qué no me dijo que pensaba separarse de papá? Podía haberse venido conmigo.
—Creo que más que elegir entre tú y yo, lo que hizo fue salir corriendo de Marbella. Poner distancia con papá, por eso vino a mi casa.
Dani da una profunda calada a su porro cuando Laura se lo devuelve. Pierde la mirada en las sombras de los árboles del jardín. Desde el interior, llega el trasteo de platos y vasos, Ingrid está poniendo el lavavajillas.
—Nunca lo habría imaginado, ella... siempre ha sido una sombra de papá. No le discutía nada. Yo pensaba que prefería cerrar los ojos con los negocios del gran Alberto Pastor, con cómo nos trataba, y disfrutar del dinero. De los abrigos caros, las joyas...
—Está claro que ninguno la conocíamos de verdad.
—¡Y tanto! ¡Mamá follándose a Víctor Zamora! Un tío veinte años más joven.
—Yo tampoco me lo podía creer. ¿Lo conocías?
—¿A Víctor? De vista. A su hermana sí, trabaja en el puerto. Alguna vez se paseó por allí con él.
—¿Por qué no le preguntas a la hermana si estaba al tanto de algo? O si Víctor tenía problemas con alguien...
—No sé, Laura... No creo que le guste que el hijo de la supuesta asesina de su hermano vaya a preguntarle nada.
—A ti, con esa sonrisa, nadie te dice que no, Dani —le ruega Laura—. Cualquier cosa que podamos descubrir ayudará a mamá. Yo ya le di la espalda veinte años y ahora no voy a dejarla sola.
Dani asiente, aunque no se le ocurre cómo abordar a la hermana de Víctor Zamora.
—Me dijiste que querías ver a Pino. ¿Es por eso?
—Necesito hacerle unas preguntas.
—Si fuera por el caso de Strummer, supongo que no me pedirías a mí el favor.
Es también por mamá, ¿verdad? —Dani baja la voz, no quiere que Ingrid lo oiga—.
¿Eres consciente de que estás metiendo un palo en el avispero?
Los Huérfanos ya te tendrán cruzada por el juicio, y no es que seas el ojito derecho de papá, que digamos.
No eres la persona indicada para andar por Marbella preguntándole a un guardia civil de la ECO.
Laura duda, al fin decide contarle a su hermano las sospechas de que su padre está detrás de lo sucedido: le confiesa que Marimar vio en Madrid a uno de esos matones que trabajan para Alberto Pastor, un tal Gorbachov.
—Lo llaman así porque por lo visto tiene una mancha en la frente.
—Nunca he oído hablar de él —le dice Dani—. Yo no alterno mucho por el pueblo. Cuando no trabajo hago mi vida aquí, en el huerto, con Ingrid.
—Por eso necesito hablar con alguien que investigue el crimen organizado de Marbella. Puede que él sí sepa quién es ese tal Gorbachov.
Dani se levanta y pasea hasta las higueras.
Arriba, las estrellas puntean el cielo, y a Laura, acostumbrada a la capa de polución que envuelve Madrid, le sorprende descubrir una noche tan luminosa.
Sabe que hoy le costará dormir, que no volverá a respirar tranquila hasta que abandone la provincia de Málaga; desde que llegó siente algo atravesado en la garganta, esa incomodidad es la que le ha impedido cenar.
—¿Tú crees que papá es capaz de organizar algo así contra mamá?
La desolación de su hermano es la misma de cuando, hace muchos años, la llamó para preguntarle si era verdad lo que se decía en el pueblo de Alberto Pastor. Debajo del hombre encantador, divertido, amigo de hasta el marbellí más humilde, ¿había un mafioso, un prestamista, un asesino?
—¿Te parece más lógico que ella mate a un hombre? ¿Que le arranque los ojos? Dani, tú lo conoces: o estás con él o estás contra él.
—Es mamá: ¿cuántos años tenían cuando se casaron? ¿Dieciocho? ¿Y si todo esto tiene que ver con los irlandeses y no con papá?
—No puedo estar segura, por eso necesito hablar con ese guardia de la ECO, Pino. Si consigo algo de información de Gorbachov, la fiscalía lo investigará. Y si detrás del ruso está papá o están los irlandeses, que se encargue el fiscal.
Dani da una calada a su porro y, al fin, consiente. Es incapaz de negarse a ninguna petición de su hermana.