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Aras se mira el rostro en el espejo, lo tiene repleto de golpes, un ojo inflamado, a medio cerrar, y, a pesar de esa cara magullada, muestra una sonrisa pletórica.
Se siente orgulloso de haber luchado hasta el final y de haber mandado a la mierda el amaño con Kai Sandhagen, el oso islandés.
Se lava bien un corte que tiene en el pómulo y se pone un punto de aproximación.
Esa cicatriz se le quedará para siempre, le recordará lo que sucedió hoy.
Solo lamenta no haber tenido tiempo para invitar a su hija a una ración de calamares; al terminar el combate y ver la cara de angustia en su entrenador, se dio cuenta de que, si no se movía rápido, quizá nunca saldría del Marbella Arena.
Dejó atrás los aullidos de Jordi Sardà —«¡Imbécil, ¿quién cojones te crees?
! ¡Te van a matar! A ti y a mí»—, se montó en su coche, un Ford Fiesta de quinta o sexta mano, y salió del Marbella Arena con la mirada de Flor grabada en la memoria: puso todo lo que tenía en la jaula, pero no fue suficiente para ganar el combate, los jueces se lo dieron a su oponente a los puntos, quizá de manera justa.
Al salir de la jaula la había visto entre el público.
¿Podía saber ella que el combate estaba amañado?
Porque esa es la impresión que tuvo al captar su sonrisa de hija orgullosa de su padre. Da igual.
«Dentro de poco tendré una vida normal», se repite. Tiempo para Flor. Para él mismo. Quién sabe si, por primera vez en mucho tiempo, lo aguarda algo parecido a la felicidad.
Aras sale de su piso, mete la mochila en el maletero.
Planea conducir hacia el norte. Quizá alquilar un piso en Santander o en Gijón, algún lugar alejado de la Costa del Sol.
Tiene algo de dinero, lo suficiente para aguantar hasta encontrar un trabajo.
No quiere preocupar a Flor; le pondrá un mensaje a mitad de viaje y la llamará para darle alguna versión edulcorada de lo sucedido.
Arranca el coche, solo le queda un cuarto de depósito, pero su Ford es un mechero, hará todos los kilómetros que pueda antes de repostar, cuanto más lejos mejor.
Busca música en la radio, una emisora de éxitos de los ochenta y noventa.
Unos minutos después, se da cuenta por el retrovisor de que un coche le sigue.
Es un Audi Q8. Se empieza a poner nervioso, no es una paranoia, aunque se meta por callejuelas y dé vueltas en círculo, el coche sigue ahí detrás.
Toma una salida de Málaga y, en carretera, acelera todo lo que le permite el Ford Fiesta, pero el Audi es mucho más rápido, se hace grande en el retrovisor.
«El puto Alberto Pastor», murmura aferrado al volante, ahí viene uno de sus sicarios para joderle la vida.
Sale de la autovía A-7 por una carretera regional, la A-7000 en dirección a los Montes de Málaga.
Por unos instantes piensa con alivio que ha conseguido despistar a su perseguidor, aunque unos segundos después vuelve a verlo en el retrovisor.
La carretera no es buena y es difícil conducir tan rápido.
Aprovecha una curva y toma un camino de tierra que se adentra en el monte, entre árboles; tal vez sea un error, el Audi, un todo caminos, se adapta mejor que su Fiesta a esta superficie, pero le ha sacado algo de ventaja, quizá no haya visto el desvío que ha tomado.
Sin embargo, el camino termina en la verja de una gran villa.
No tiene salida. Apaga el motor y enseguida oye el sonido de las ruedas de su perseguidor sobre la grava.
El Audi aparca junto a él. Tiene la tentación de huir entre los árboles, pero algo lo refrena.
—Vaya viajecito nos has dado —bromea Chris Griffin, que se estira los pantalones del traje al bajar del coche.
—Espero que no vayas armado, no queremos hacerte daño —le advierte Liam Burke, es él quien conducía el Audi.
Aras levanta los brazos, invita a que lo cacheen, cosa que Burke hace de inmediato. Su única arma son los puños.
—Tienes sentido del espectáculo, Aras. —Griffin le ofrece un cigarrillo, que él rechaza. Se lo enciende y da una profunda calada—. Pensaba que te quedabas en el suelo en el primer asalto, pero te has levantado.
—No lo he hecho porque me lo hayáis pedido vosotros.
—Ay, Aras, ese orgullo, así no te irá bien en la vida —se ríe Burke—.
Seguro que Alberto Pastor ha mandado a alguno de sus matones a buscarte.
¿Crees que no lo van a conseguir? Igual que lo hemos hecho nosotros...
A lo mejor son los rusos, y no sé si los conoces: esos no se conforman con partirte las piernas.
Quizá vayan más allá. Tú verás si te quieres arriesgar a que encuentren tus pedazos en seis municipios distintos.
Griffin saca un móvil de la guantera del Audi y se lo entrega a Aras. También le tiende unas llaves.
—¿Conoces Alfarnate? Es un pueblo precioso.
Estas llaves son de una casa en la calle del Panteón, cerca del cementerio, en el llavero está el número.
Hemos llenado la despensa con comida para un par de semanas.
Allí estarás bien. Si necesitas algo, nos llamas con este teléfono; no uses el tuyo, puede estar pinchado, geolocalizado o lo que sea.
Aras duda antes de coger lo que Griffin le ofrece.
—Los Huérfanos cumplimos lo prometido. Aunque digas que lo has hecho porque te ha salido de los huevos, el resultado es que hiciste lo que te pedí.
Te dije que si lo hacías, te ayudaríamos.
Los Huérfanos no mentimos, Aras. Te estamos ayudando: no seas tan imbécil como para meter la pata dos veces la misma noche y acepta.
Te haremos llegar algo de dinero en unos días.
Aras mira el móvil y las llaves. Mucho se teme que, al aceptar esta ayuda, esté firmando un pacto con el diablo, puede que quede ligado a los irlandeses para siempre, eso si no le están tendiendo una trampa.
Tampoco sabe cuánto tiempo va a durar la protección, si es que es real.
Pero antes de que pueda formular sus dudas, los Huérfanos regresan a su coche y se marchan.