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—Es la tercera vez —murmura su padre mientras se remueve en el asiento del copiloto, como si estuviera incómodo.
Es lo primero que dice desde que salieron del Marbella Arena. Ellos también se fueron antes de que terminara el combate.
—Encontraremos la manera de arreglarlo.
Sergio habría ordenado que buscaran a Aras en el vestuario.
Que le rompieran las piernas allí mismo, pero su padre no se lo ha permitido.
Alberto quiere llevar el asunto con discreción; en este negocio no hay nada peor que dejar que los demás te vean como a un perdedor, es un mantra que lleva toda la vida repitiéndole.
La casa de Alberto Pastor es una de las mejores en la urbanización Sierra Blanca, una mansión de estilo clásico andaluz, con tres plantas, vistas al mar y a la montaña, pabellón de invitados, una enorme piscina y grandes y cuidados jardines.
En el garaje, con capacidad para seis coches, continúa aparcado el BMW M4 descapotable de Marimar.
Sergio aparca el Brabus a la entrada de la casa.
Una criada marroquí, Jasmina, sale a recibirlos.
—¿Van a cenar, señor Pastor?
—No, Jasmina, gracias. ¿Está mi hija?
—Sí, don Alberto. ¿Le digo que quiere verla?
Natalia es la única hija que sigue viviendo en la casa familiar.
Regresó después de un segundo matrimonio fallido —algo que todos sabían que iba a pasar desde que les anunció que se casaba con un culturista sueco de veinte años— y ocupa la casa de invitados.
Según dice, su terapeuta le ha diagnosticado un episodio depresivo con síndrome somático.
Es la excusa que usa para todo: desde comer y beber en exceso, hasta sus continuas visitas a la clínica de estética —ácido hialurónico, hilos tensores para estirar la piel, bótox y un par de peelings químicos—, pasando por los dolores recurrentes que, algunos días, la obligan a perder el día en la cama.
—No, no hace falta que la avises —responde Alberto a la criada—. Aparecerá ella sola cuando más moleste.
El interior de la casa combina lujo y ostentación.
Hace años que Marimar contrató a un diseñador para dar cierta coherencia a esa mezcla de muebles clásicos —una mesa Luis XV y una pared forrada con una estantería de nogal claro en el salón— con otras piezas contemporáneas o con los adornos asiáticos, regalos de la Hermana Mei, diseminados por la casa.
El despacho tiene una cristalera abierta a una terraza desde la que se puede contemplar la piscina de verano y el perfil de la ciudad de Marbella.
Son los dominios de Alberto Pastor, ahí no permitió que la mano del decorador decidiera nada.
Una vieja mesa que lleva acompañándolo desde que abrió su primer bufete, fotografías en blanco y negro de una Marbella que ya no existe, un tocadiscos donde se amontonan vinilos de verdiales, de fandangos y de cantantes ligeros conviven con otras piezas mucho más valiosas, como el mueble bar, los sillones de cuero o la cava de puros.
Se sirve un whisky nada más entrar, no le ofrece ninguna bebida a su hijo, que espera de pie a que su padre le dé permiso para sentarse.
—Quiero saber qué coño ha pasado con ese armenio de los cojones.
—Llamé a Souza esta tarde, antes de la velada —explica Sergio—, me dijo que había hablado con Jordi Sardà, el entrenador, y que no había problema, que estaba todo pactado: sumisión en el primer asalto.
—Putos irlandeses. —El murmullo de Pastor es el temblor que precede al terremoto.
De repente lanza la copa de whisky contra la pared, la hace estallar en mil pedazos. Junto al mueble bar hay una bolsa de palos de golf, saca un hierro 3 Callaway y revienta de un golpe dos botellas de vodka.
Sergio aguarda impertérrito a que su padre termine de ensañarse con las botellas. Alberto bufa falto de aire cuando arroja a un lado el palo de golf. Comprueba qué botellas han quedado intactas, necesita un trago. Solo entonces, su hijo se decide a hablar.
—Alguien de dentro le está pasando información a los Huérfanos.
—Ya sé que tenemos un topo, pero ¿quién, Sergio? Y mientras tanto, ¿sabes cuánto dinero le debemos a la Hermana Mei? Treinta millones. Treinta putos millones. Esto es una sangría, no podemos seguir organizando apuestas de esta forma.
Sergio no sabe cómo sofocar el enfado de su padre. Treinta millones, ¿qué se puede decir a eso?
—No me digas que te has cargado el Macallan 12.
Natalia irrumpe en el despacho como si no fuera un desastre y va directa al mueble bar para buscar la botella entre los vidrios de las demás.
Algo en su manera de andar anuncia que no es la primera copa de la noche.
Viste un mono en versión mil y una noches probablemente diseñado por ella, igual que las joyas que luce.
A toda su familia le ha quedado ya claro que el diseño es su última afición.
—Nata, tu hermano y yo estamos hablando de negocios.
Ella ignora la advertencia de su padre y se derrumba en uno de los sillones de cuero.
—Estoy con ansiedad, me he tomado un Orfidal y ni siquiera así me duermo. Me meto en la cama y me viene a la cabeza la imagen de mamá en la cárcel. ¿Les darán uniformes naranjas como los de la serie de la tele? ¿O de rayas? No me puedo creer que haya matado a un hombre.
—Tu madre no ha matado a nadie.
—Pues ya me dirás por qué la han metido en la cárcel. Mi terapeuta me ha dicho un millón de veces que tengo que cuidar el descanso, limpiar la mente cada noche para sostener el equilibrio emocional. Espero que mamá duerma bien. ¿Liada con Víctor Zamora? Es que no me lo puedo creer.
Sergio no puede más e interviene.
—Nata, ¿por qué no te vas a dormir la mona a tu cuarto?
—Ay, Sergio, qué poco empático eres, cariño. No sé cómo te aguanta tu mujer. Papá, si mamá tenía un amante, yo te apoyo, puedes contar conmigo. Yo sé cómo se sufre cuando tu pareja es infiel. Si necesitas hablar, no lo dudes.
Nata se levanta y, de la misma manera que ha entrado en el despacho, sale. No sin antes rellenarse el vaso en el mueble bar.
—No sé cómo la dejas vivir en casa.
—Es mi hija. No es la que me gustaría tener, pero es mi hija. Por desgracia, uno no elige a sus hijos, salen como salen. Los tuyos son pequeños, Sergio, pero ya te darás cuenta cuando crezcan.
—Estoy pensando en ir a Madrid para visitar a mamá.
Alberto niega con un leve movimiento de la mano antes de sentarse tras su vieja mesa y poner los pies encima de ella.
—Va a llevar su caso el juez Higueras, por ese lado estoy tranquilo.
Sabe lo que tiene que hacer. Marimar estará bien muy pronto.
Nuestra mayor preocupación ahora no es tu madre, es la deuda que tenemos con la Hermana Mei.
El topo que nos está dando por culo. ¿Estás seguro de que Souza es de fiar?
Es el único que está al tanto de todos los sobornos.
—¿Desconfías de él?
—Es el agente de los deportistas que compramos, habrá que empezar por el primer eslabón de la cadena. Pero actúa con discreción, sin enseñar las cartas. ¿Sabrás hacerlo?
—Papá, por favor. —Sergio abre las manos, para mostrar que su discreción está fuera de toda duda—. ¿Y qué hago con Aras? Hay que darle una lección.
—Déjamelo a mí. Yo me encargaré de que nadie vuelva a creer que puede reírse de Alberto Pastor.
—¿A quién se lo vas a encargar?
—A los rusos. —Corta un puro y chupa con fuerza para encenderlo—. Cuando salgas, dile a Jasmina que venga a limpiar.
Sergio asiente y se marcha: los rusos. Detesta que su padre se mezcle con ellos, pero no los hay más eficaces.