Los Huérfanos 9
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—¿El juez Higueras? ¿En serio? No ha intentado disimular ni un poco —bufa Laura.

Para Guillermo, Higueras es un hueso y un juez algo soberbio, nada que se salga de lo normal. ¿Qué más da que, en el reparto, le haya caído el caso de Marimar? Su mayor problema no es quién esté a cargo de la instrucción.

—Higueras pasa las vacaciones en Sotogrande, es aficionado al punto y banca y va día sí, día también, al casino de mi padre. Hasta juegan juntos al golf. ¿Necesitas más pistas?

—Para haber roto la relación con tu padre hace veinte años estás muy al tanto de su círculo de amistades.

—Sabes que viene bien saber de qué pie cojean los jueces. Tuve un juicio con Higueras, por eso sé tanto de él. No de mi padre.

—Es imposible modificar el procedimiento de asignación de casos —intenta hacerle entrar en razón—. Eso también lo sabes tú. Estás viendo fantasmas.

—No tengo hambre.

Laura aparta el plato que ha cocinado Guillermo, un salmón con verduritas y crema de yogur.

Sale a la terraza con la copa de vino, si sigue discutiendo con Guillermo puede terminar diciendo cosas de las que luego se arrepentirá.

La Torre Picasso se alza iluminada como un monolito futurista, el tráfico del paseo de la Castellana llega en sordina.

El clima pesado de este septiembre ha fortificado la boina de contaminación que flota sobre Madrid.

Ojalá unas lluvias limpiaran un ambiente cada vez más tóxico.

Cada día es más difícil respirar. Cuando está tranquila, le gusta sentarse allí e imaginar las vidas que hay detrás de cada una de las ventanas de alrededor, pero ahora no es capaz de pensar en otra cosa que no sea su padre: en que está moviendo los hilos, en el poder omnívoro que ha adquirido con los años, ahora es capaz incluso de influir en el sistema judicial.

«Ha sido él. Tu padre». Las palabras rotas de su madre no han dejado de retumbar en su cabeza desde que las pronunció.

Ojalá le hubieran sonado a delirio. No fue así: ha escuchado cientos de confesiones, homicidas que claman por su inocencia entre el estupor y el miedo, que se escudan en historias imposibles con tal de evitar la condena.

Marimar no albergaba ninguna esperanza al señalar a su marido.

Su confesión fue la certeza de una derrota: Alberto Pastor le había demostrado que no podía tener una vida sin él. Se termina la copa de vino de un trago.

Qué injusto. Para Marimar y para ella. Esos días de felicidad que pasó junto a su madre no eran más que la mejoría del enfermo terminal antes de la muerte.

Madre e hija ya no esperaban que pudieran recuperar su relación, pero se abrió esta oportunidad y apuraron la experiencia riendo, yendo de compras, abriendo el baúl de las confesiones, sintiendo una conexión olvidada.

Sin embargo, Alberto Pastor ha vuelto para romperlo todo, como lo rompió cuando Laura solo tenía diecisiete años.

¿Va a huir como hizo entonces? Quizá haya llegado el momento de demostrarle a su padre que no puede salir impune siempre.

—¿Te han dicho algo en la policía del tal Gorbachov?

El sigilo de Laura al regresar de la terraza sobresalta a Guillermo, que casi se atraganta con el trozo de salmón que acababa de echarse a la boca. Bebe un poco de vino para hacerlo pasar.

—Sí, que es una pista muy vaga, pero que lo van a investigar, aunque no es que tengan mucho: que es ruso, que tiene una mancha en la frente y que tu madre cree haberlo visto en la Gran Vía. Ni siquiera sabemos su nombre real.

—Pero sí que trabaja para mi padre. Lo que tienen que hacer es buscarlo en Marbella.

—Cariño, sé razonable. Mientras no haya indicios de que pueda tener algo que ver con el asesinato, no creo que se esfuercen mucho. Esa es la verdad y tú lo sabes.

—¿De parte de quién estás, Guillermo?

Laura cruza los brazos y resopla. Él intuye que tiene ganas de darle un manotazo a la copa de vino que sostiene, así que la vuelve a dejar sobre la mesa.

Conoce de sobra los arrebatos de Laura, es como un ciclón.

Cuando se desata, no queda más remedio que ponerse a refugio hasta que cese el temporal.

Ella pasea por el salón, nerviosa, bajo la mirada paciente de Guillermo.

—¿Y el arma homicida? ¿Es la misma con la que le arrancaron los ojos a Víctor Zamora?

¿O piensan que se los sacó a bocados? A lo mejor, el fiscal Casado cree que mi madre le metió los dedos en las órbitas, cogió los ojos y se los comió.

Si le parece normal que una mujer de sesenta y tres años cometa este homicidio, se puede creer cualquier cosa.

Seguro que está deseando dar carpetazo al asunto e irse a plantar cebollas a Chinchón: los dos sabemos que es un vago. ¿Qué va a pedir al juez?

—Prisión provisional sin fianza.

—Increíble, ahora resulta que mi madre es la asesina más buscada del país. Es una mujer mayor, no hay alarma social por este crimen, no hay peligro de que destruya pruebas, no hay riesgo de fuga. Además, tiene arraigo.

—Se acaba de marchar de su casa de Marbella, vivía en la tuya. ¿De verdad crees que tiene arraigo?

—¿Así es como el sistema protege a las víctimas que huyen de un maltratador?

—Tú lo has dicho, está huyendo. El fiscal Casado ve riesgo de fuga, Laura. Va a pedir prisión provisional y creo que el juez va a atender la petición. Podría mentirte, pero no serviría de nada. Pinta mal.

Laura detiene su continuo vaivén por la casa, como si se hubiera quedado sin aliento.

Separa una silla de la mesa para sentarse; los codos apoyados en las rodillas, el cuerpo encorvado, parece una deportista después de un ejercicio extenuante.

Guillermo empuja su silla para situarse frente a ella.

La coge de las manos para mostrarle su apoyo y ella levanta la mirada un instante con una sonrisa triste.

—¿Cuándo la ingresan?

—Mañana es la vistilla. Lo normal es que la trasladen por la tarde.

—¿A qué cárcel?

—Alcalá Meco.

Prefiere no verbalizar las imágenes que recorren su imaginación.

No son las de su madre arrastrando los pies por las galerías de la prisión, escondiendo la mirada de las otras presas que la amenazan, aunque sabe que eso sucederá, porque Marimar no está preparada para sobrevivir en un entorno así.

No, no son estas imágenes las que la asaltan, sino las del rostro de su padre, esa cara un poco abotargada porque bebe demasiado, la sempiterna risa de Alberto Pastor, su aire campechano, el amigo de los pescadores o de los ancianos que no perdonan la partida de dominó, como si no fuera el demonio insensible que es, el maltratador, el asesino.

Esa cara ocupa toda la mente de Laura y, cuando cierra los ojos, la imagina estrellándose contra una pared, reventando en mil pedazos, hundiendo sus huesos hasta que la masa encefálica le resbala por la frente y los ojos explotan y por fin se borra para siempre la puta risa de Alberto Pastor.

Si un día le confesara a su novio las cosas que imagina, tal vez él dejaría de estar a su lado.

—Mañana me voy a Marbella. Voy a encontrar a Gorbachov yo misma y lo voy a traer de los pelos ante el juez.

Guillermo toma aire antes de contestar, la mira como si no fuera una persona racional.

—Laura, tú no puedes ir a Marbella.

—¿Por qué?

—Sabes muy bien por qué. Llevas veinte años sin pisar esa ciudad y las cosas te han ido bien. ¿Te recuerdo cómo saliste? En una ambulancia. Desquiciada y directa a una clínica para tratar la anorexia. Joder, ¿qué quieres? ¿Volver a lo mismo? Estuviste a punto de morir.

—Ya no soy la misma persona.

—Siempre que has hablado con alguien de tu familia has tardado días en recuperarte. Son como veneno para ti.

—¿Y cuál es tu idea? ¿Quedarme de brazos cruzados mientras condenan a mi madre por un asesinato que no ha cometido?

—¿Qué tal dejarme hacer mi trabajo? Tú ocúpate del caso de Strummer. Ve a ver a tu madre, que sepa que la apoyas, que estás de su lado.

—Mi hermano Dani tiene un amigo en el Equipo de Crimen Organizado de la Guardia Civil en Málaga —niega Laura con un cabeceo—. Me ha hablado varias veces de él, se llama Pino y va a su club de submarinismo. Seguro que sabe quién es Gorbachov.

—¿Ahora eres policía? ¿Qué hago para que no vayas? ¿Me pongo de rodillas?

—A lo mejor, si me lo pides con una de tus canciones, cambio de opinión —bromea Laura, y consigue arrancarle una sonrisa a Guillermo—.

Serán dos días, nada más. Ni siquiera veré a mi padre.

No pisaré la casa de mi familia, ni iré al casino.

No voy a llamar a Sergio ni a Nata. Solo estaré con mi hermano Dani.

Lo peor que me puede pasar es que me haga fumar marihuana y me pille un buen colocón.

—No me hace gracia, Laura: ir a Marbella es meterte en la boca del lobo.

—¡Cómo te gusta el drama!

Ella se levanta para besarlo levemente y, decidida, como si hubiera encontrado por fin la solución a un problema irresoluble, se marcha a la habitación para preparar el equipaje.

Guillermo se acerca a la mesa y apila en silencio los platos de la cena.

Laura se ha dejado todo su salmón, él tampoco se lo ha terminado.

Mientras tira los restos a la basura, la oye hablar por teléfono con Dani para anunciarle su visita.

Preferiría no tener razón, pecar de paternalista, pero sabe que la enfermedad de Laura no se cura nunca, que volver a pisar Marbella es la peor decisión que podría tomar.

Lo sabe tan bien como que intentar impedirlo sería inútil.