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—¿Qué haces aquí? —le pregunta acercándose a él con chulería—. Te respondo lo mismo que el otro día: no quiero saber nada de tu propuesta.
—Vengo a darte una oportunidad ahora que vas hacia la pelea. Los Huérfanos no nos rendimos tan pronto. Solo tienes que mantenerte en pie hasta el segundo asalto. Si lo haces, vas a ganar mucho más.
—Y la gente de Alberto Pastor acabará conmigo.
—Nosotros te protegeremos, eso es algo que él no hará.
—Como hablas muy bien español, sé que vas a entender lo que voy a decirte: vete a tomar por culo.
Aras se aleja a buen paso, caminando de forma simiesca.
Tiene ganas de que empiece el combate, se muere por dar y encajar puñetazos, por soltar adrenalina.
Quiere quitarse de la cabeza la propuesta de Griffin, pero en todo el trayecto desde Málaga hasta el Marbella Arena no lo consigue.
Hay un diablo en su cabeza que le anima a aceptarla.
Lo único que tendría que hacer sería luchar de verdad, plantarle cara a Kai Sandhagen, sobrevivir al primer asalto y, quién sabe, a lo mejor hasta podría ganar el combate.
Ha entrenado duro, ha hecho la dieta para no sobrepasar el peso en la báscula como le exigió Jordi Sardà; de una u otra forma, esta será su despedida del deporte, ¿por qué no irse por todo lo alto?
Que les follen a su entrenador y a Alberto Pastor.
¿Es que no le queda ni un poco de orgullo?
¿Va a terminar su carrera en las MMA derrotado por sumisión en el primer asalto?
Pero la razón enfrenta al diablillo: hacer eso sería un suicidio.
Por mucho que Griffin le haya prometido protección y un buen dinero, los tentáculos de Alberto Pastor llegan a todas partes.
Como le dijo Sardà, un día alguien lo encontraría —uno de los rusos de Pastor— y, con suerte, lo dejaría en una silla de ruedas.
Es una partida que no puede ganar y sería estúpido jugársela.
Lo mejor es que este día pase pronto. Cuando termine el combate se emborrachará e intentará olvidar que toda su carrera, toda su vida, ha sido un fraude, desde el principio hasta el final.
—¿Qué haces aquí, Flor?
El vestuario del Marbella Arena es muy lujoso, nada que ver con los de los gimnasios de barrio o de los lugares donde le ha tocado pelear.
Taquillas amplias, duchas limpias, yacusi, camillas de masaje y enfermería.
La música del recinto y el rugido del público apenas se perciben, es un lugar tranquilo donde relajarse antes de entrar en la jaula, donde el entrenador da las últimas instrucciones.
Jordi Sardà no ha tenido que decirle mucho, solo recordarle que debe perder en el primer asalto.
Aras se ha quedado solo, y está sentado, dándole vueltas a la visita de Griffin, a Pastor y a las palabras de Sardà, cuando su hija se asoma a la puerta.
—¿Estás nervioso?
Parece cariñosa, como si hubiera olvidado el desencuentro de hace unos días.
—El que diga que no está nervioso antes de un combate miente.
—Al final, vas ahí a darte de hostias.
—No es así, es un deporte, tiene reglas.
Ella se acerca y Aras advierte la magulladura en el pómulo. Le gustaría sentir su piel, pero ya le han vendado las manos para la pelea.
—Tienes una herida, ¿qué te ha pasado?
—Nada, una puerta. Yo no voy por ahí peleándome como otros —bromea.
—Espero que sea verdad. Si alguien te toca, se las tendrá que ver conmigo. Y te advierto que pego muy fuerte.
Los dos se quedan callados unos segundos. Ella se inclina y le da un beso.
—No dejes que te hagan daño.
Para Aras, este instante significa muchísimo: siente por primera vez que su hija vuelve a estar cerca, como cuando era una niña pequeña y le admiraba. Cuando todavía no la había decepcionado.
—Papá, lo que te dije el otro día, eso de que eras un puto fracasado...
—Olvídalo.
—No, lo dije sin pensar. Quiero que sepas que estoy orgullosa de ti, que pocos tendrían el valor de pelear delante de esa gente. Después lo celebramos con una ración de calamares, ganes o pierdas. Sé que vas a darlo todo.
Aras compone una sonrisa que resulta extraña. La vergüenza lo atenaza, como si ya anticipara una nueva decepción de Flor. Quizá la definitiva.
—¡Con calzón rojo, Aras, la bestia armenia!
La voz del speaker vibra de emoción y el público rompe en vítores y aplausos.
Las luces se encienden, se apagan, cambian de color.
Por los altavoces suena la canción que él siempre elige para sus presentaciones: una remezcla de «Dragostea din tei», de O-Zone.
Ajeno a los gritos, concentrado, Aras atraviesa el pabellón camino de la jaula.
Antes de subir identifica en las primeras filas a Liam Burke y a Chris Griffin, dos de los Huérfanos.
Busca el palco de honor: allí están Alberto Pastor y su hijo Sergio.
No sabe dónde está sentada Flor, si ha ido sola o acompañada.
Un árbitro le unta la cara con vaselina.
—¡Y con calzón blanco, Kai Sandhagen, el oso islandés!
Es el espectáculo de las MMA en todo su esplendor, con luces, música, gente con ganas de ver a los luchadores matarse entre ellos y un locutor épico.
Se inicia el combate. Aras detecta un punto débil en Kai: usa bien las piernas, pero no sube lo suficiente el brazo derecho en la guardia, puede castigarle el hígado.
Le propina un par de golpes, al tiempo que se pregunta: ¿qué coño estoy haciendo?
Si se aprovecha de esa debilidad podría vencerle; si tiene paciencia y sigue con su estrategia, le cortará el ritmo y Sandhagen descompondrá más la defensa.
Kai lo coge desprevenido y encadena un par de golpes muy buenos, uno de ellos lo tumba y Aras se levanta rápido.
Si se queda demasiado tiempo en el suelo, tendrá las de perder: Sandhagen es uno de esos luchadores formados en el jiu-jitsu que saben sacar ventaja del cuerpo a cuerpo.
Se levanta, y eso no es lo que espera Alberto Pastor.
Sigue en pie, aunque algo mareado. El público ruge en el Marbella Arena, puede oírlos animando a los luchadores a matarse, y, a pesar de todo, cree reconocer el grito de su hija entre el gentío: «¡Vamos, papá! ».
El final del primer asalto está cerca. Ahora debería dejarse ganar por sumisión, podría ser mataleón o una guillotina, a nadie le importa cómo pierda.
Kai encadena de nuevo varios golpes, Aras está desconcentrado y no es capaz de pararlos.
El islandés ha empezado a someterlo contra la malla de la jaula.
Todo podría terminar aquí, hasta cree ver la sonrisa de Sardà y de Alberto Pastor, satisfechos, frotándose las manos por la fortuna que van a ganar con las apuestas.
En ese momento, Aras consigue liberarse y suelta una patada en la cara a Kai, lo tumba.
Las tornas han cambiado y aprovecha la situación para seguir golpeándolo, lo tiene a su merced.
No lo remata porque acaba el primer asalto.
Atruena la música para entretener a la concurrencia y para subrayar en la cabeza de Aras lo que acaba de suceder: no ha sido sometido en el primer asalto.
Ha resistido las embestidas del oso islandés y seguro que su hija, en algún lugar del estadio, lo mira con orgullo.
Está luchando con todo lo que tiene. Se siente bien, mejor que nunca, no se avergüenza de sí mismo.
Pero ha cruzado una línea roja. No sabe si el escalofrío que recorre su cuerpo de arriba abajo es por la euforia o por el miedo.