Los Huérfanos 7
18%

7

—A ver, Laura, la cosa pinta bastante mal, pero vamos a hacer todo lo posible para que la dejen en libertad. Eso sí, esta noche no podrá ser.

Guillermo intenta acolchar sus palabras con un toque afectuoso, pero le sale el tono del abogado por deformación profesional. Los dos se han sentado en la cafetería del hotel Sterling, en la calle de San Bernardo, un lugar tranquilo y cercano a la comisaría en la que Marimar permanece detenida.

—¿Cómo está mi madre? ¿Has podido hablar con ella?

—Está aturdida, ella insiste en que no ha hecho nada.

—Es que no ha hecho nada. ¿No creerás que se ha cargado a ese tío? Es una señora aburrida, incapaz de robar unas bragas de El Corte Inglés. ¿En qué momento se ha convertido en una asesina? ¿Cuántas puñaladas tenía el cadáver?

—Treinta y dos.

Laura abre mucho los ojos y extiende las manos, como si le gritara «Ahí lo tienes», una señora de familia, adicta a los ansiolíticos como tantas, sin más vida privada que sus clases de aquagym, no puede convertirse en una asesina de la noche a la mañana. Guillermo la coge de la mano.

—Laura, no vamos a caer en esto, ¿verdad?

Tu madre no es una asesina, pero tampoco es una señora como las demás.

Su vida no ha sido como la de las demás.

A mí no me puedes mentir. Si quieres que lleve el caso de tu madre, tenemos que ser honestos.

A no ser que no quieras que me haga cargo de su defensa.

—Claro que quiero —asume Laura. Es absurdo mentir con ese retrato de ama de casa convencional. Aunque ella fuera una señora corriente, nada de lo que había a su alrededor era normal—. ¿Quién es el muerto?

Guillermo abre la libreta en la que ha tomado notas y busca la página.

—Víctor Zamora Labrador, cuarenta y tres años, residente en Marbella. Fue empleado del Casino Benamar, el de tu padre. Dejó de trabajar allí hace un año.

—Joder. —Laura no puede disimular una sonrisa, mezcla de incredulidad y vergüenza—. No sabía que mi madre se acostaba con un hombre veinte años más joven.

Guillermo pone su mano sobre las de Laura para darle calor, compañía, porque por mucho que se esconda detrás del cinismo, sabe que está asustada. Sus ojos empañados así lo demuestran. Se le ha hecho un nudo en la garganta y apenas tiene fuerzas para pedirle un relato de los hechos.

—Tomaron unas copas en un bar de la calle de la Reina, el Cock, tú y yo hemos estado.

—Guillermo refresca los datos con un rápido vistazo a la libreta—.

Eran las diez menos cuarto cuando se marcharon, Víctor Zamora invitó a tu madre a subir a su hotel y ella aceptó.

Era la primera vez que hacía algo así, nunca había sido infiel a tu padre.

—No es eso lo que me preocupa.

—En la habitación bebieron un benjamín de cava e hicieron el amor.

Luego, pidieron cena al servicio de habitaciones.

Tu madre dice que no está acostumbrada a beber y que, entre las copas del Cock y el cava del hotel, durmió mal.

Se despertó muy temprano e hizo tiempo hasta las siete de la mañana, entonces bajó a desayunar, su acompañante seguía dormido.

Cuando volvió a la habitación, cerca de las ocho, se encontró a Víctor Zamora muerto.

Estaba todo lleno de sangre, le habían arrancado los ojos. Bueno, tú estuviste...

—Quien fuera aprovechó mientras ella desayunaba.

—Hay una cámara en el pasillo, solo se ve a tu madre, no registró la entrada de nadie en la habitación.

La cosa pinta mal, Laura. La Científica está buscando huellas y muestras de ADN, solo me han dado las conclusiones preliminares: están las de tu madre, sí, pero también hay decenas más.

Lógico en una habitación de hotel. Vamos a aferrarnos a eso y a que no tienen el arma.

No hay rastro del cuchillo con el que asesinaron a Víctor Zamora.

Posiblemente también lo usaran para extraerle los ojos...

Laura pierde la mirada en los viajeros que van y vienen por el lobby del hotel Sterling arrastrando sus maletas.

Un grupo de turistas orientales está haciendo el check-in .

Una niña tira de su padre, quiere lanzarse a las calles de Madrid.

Vidas en tránsito, no como la de su madre, que se ha quedado de repente detenida.

—Ha sido culpa mía —murmura, y con un gesto pide a Guillermo que no le lleve la contraria—.

Lo de arrancarle los ojos es un mensaje de alguna mafia de Marbella.

No hay que ser el más listo de la clase para pensar en los Huérfanos.

Los irlandeses tienen un historial precioso: homicidios, palizas y ninguna condena, claro, ¿quién se atreve a ir contra ellos? Hasta que ha llegado esta idiota.

—Ojalá tuvieras razón y fueran esos Huérfanos, pero la cosa es más complicada: nadie entró por la puerta y la habitación está en la octava planta. Tampoco se puede entrar por la ventana. De momento, la única sospechosa que baraja la policía es tu madre.

Cuando Marimar entra en la sala de interrogatorios de la comisaría, parece que ha envejecido veinte años: pálida, ojerosa, con la mirada perdida. No queda nada de la mujer que miraba a su futuro en la cafetería junto a la Puerta de Alcalá, segura de sí misma. Es un castillo en ruinas.

—¿Puede quitarle las esposas? —pide Guillermo.

—No, tiene que llevarlas —contesta el policía que la acompaña.

Laura está tentada de comportarse como la fiscal que es y afear al policía su decisión, pero sabe que eso empeoraría las cosas. En esta sala no es una figura de autoridad, es solo una hija.

—Vamos a aclarar qué ha pasado, mamá. Te vamos a sacar de aquí.

Marimar tarda unos segundos de más en dirigir la mirada a su hija, como si volviera de un estado de demencia. Sus ojos tan verdes que parecen transparentes se posan en ella, pero ya no tienen ningún brillo, solo cansancio y derrota.

—No, cariño, no lo vais a hacer.

—No digas eso.

—Fui una ingenua al pensar que me dejaría ir sin más.

—¿Quién?

—Ha sido él. —Y dibuja la sonrisa triste de una madre que tiene que romper la burbuja de ingenuidad de su pequeña—: Tu padre.

Laura cruza una mirada con Guillermo. Necesita unos segundos para procesar la acusación de Marimar, porque descarta lo que había pensado hasta ahora. Lo ha dicho como si fuera una obviedad, igual que las lluvias que llegan siempre al final del verano.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Cuando Víctor y yo salimos del bar y llegamos a la Gran Vía, me pareció ver a Gorbachov. Enseguida pensé que eran imaginaciones mías, pero...

—¿Quién es Gorbachov? ¿De qué estás hablando, mamá?

—Es un matón. Supongo que no se llama así de verdad, pero es del Este, creo que ruso, y tiene una mancha en la frente como la que tenía el presidente. En Marbella, es uno de los que se encargan de los trabajos sucios de tu padre. Como el que ha hecho conmigo.

—¿Insinúas que papá ha encargado a un ruso que asesine a tu amante?

—Debería sentirme afortunada por estar viva... Pero esto es típico de él: siempre encuentra la solución que hace más daño. Hace veinte años que te fuiste de Marbella: no sabes en qué se ha convertido.

No hay esperanza en las palabras de Marimar.

Conoce demasiado bien a Alberto Pastor como para saber que nunca podrá demostrar lo que le ha contado a Laura.

Este ha sido su castigo por intentar tener una nueva vida, por pretender un futuro separada de él: una acusación de homicidio de la que no se va a librar.

A Laura le gustaría encontrar el modo de devolverle la confianza, pero este juego no admite promesas vacías, no ayudarían.

Las pruebas científicas en su contra son abrumadoras, e intentar presionar a su padre sería absurdo.

El único hilo del que tirar es tan frágil que no merece la pena ni siquiera exponerlo en voz alta: un sicario ruso al que conocen como Gorbachov en Marbella.