Marbella, 2023 #2
—Muy bien. Hemos estudiado la solución y esto es lo que vamos a hacer.
Un tercio del cargamento será para la familia del conductor, otro tercio para la Hermana Mei, como parte de ese treinta y tres por ciento que le habéis ofrecido, y el restante treinta y tres por ciento irá también para ella, por los problemas causados y por el perdón. Es un buen acuerdo.
—¿Y para nosotros? —salta Strummer.
—Un tercio más dos tercios es todo; luego, para vosotros, nada. Matemática elemental. ¿Llegaste a esa lección? —le provoca el abogado.
Burke contiene con un gesto a su hermano; sabe que Strummer arde por dentro, que le gustaría lanzarse a por Pastor y la china y arrancarles la lengua a bocados.
—Así será —zanja Griffin, sin consultar.
—Una cosa más. He dejado de confiar en Valdrinia.
Apreciaría que me resolvierais ese problema.
Quizá podría hacer negocios con vosotros, confiaros el transporte de la droga.
¿Podríais hacerlo? —La Hermana Mei sostiene la mirada de Burke hasta que él hunde la suya; conoce el fuego de hombres como él, hombres que se creen generales de ejércitos, pero a los que hay que poner a prueba antes de enviarlos a ninguna batalla.
—Confíe en nosotros.
Parecía que la noche era aciaga y les ha surgido una oportunidad de oro. La acabarán como socios de la china en uno de los pilares del negocio. Solo tienen que solucionar el asunto de la albanesa.
Valdrinia le mira a los ojos mientras Burke sirve el champán. Lo sigue haciendo en el brindis.
—Por nosotros. Por la sociedad que formamos. Y por la que vamos a crear. Una cámara blindada en la que no va a poder entrar esa perra china.
La fachada de la mansión se refleja en el agua de la piscina y crea el efecto de una acuarela.
Parece mentira que en esa superficie ahora tan límpida se hayan devorado hace apenas media hora.
A Valdrinia le encanta follar antes de la cena, dice que el sexo le abre el apetito.
Burke prefiere hacerlo con varias copas encima, follar borracho es la mejor forma de rematar una noche de juerga.
Pero también le gusta agradar a la albanesa.
Él, que se jacta de dominar a sus amantes, de hacer con ellas lo que le da la gana, se pliega una y otra vez a los deseos de esa gata de ojos verdes y no tiene más remedio que admitir que, en esos instantes, mientras saborea un champán francés después de un orgasmo en la piscina, aspirando el aroma embriagador de los jazmines y aguardando la cena en compañía de esa mujer, se siente en un momento único.
A ella le gusta mirarlo en silencio, desperezarse sensualmente, estirar su pie por debajo de la mesa y hurgar en su entrepierna mientras mordisquea una aceituna.
—¿Tú crees que podemos engañar a esa china? ¿O es más lista que nosotros?
A Burke le cuesta concentrarse en la pregunta. Nota cómo se va empalmando. Valdrinia recuperó la figura y el apetito sexual poco después de dar a luz a Manolito. Adora el gesto de inocencia que ella adopta en sus travesuras eróticas.
—Se cree más lista que nosotros, pero no lo es —acierta a decir.
—Eso mismo creo yo.
A lo lejos, se oye el llanto del bebé.
—Pobre, tiene cólicos —dice Valdrinia.
—¿Le has dado la noche libre a Jacinta?
—Jacinta no tiene noches libres. Sabes que yo necesito dormir diez horas seguidas para funcionar. Y con Manolito me sería imposible pegar ojo.
A Burke le gustan los niños, sobre todo si son sus hijos, pero prefiere verlos correteando por el jardín, tal vez sumarse a alguno de sus juegos. No que le griten al oído. No que pongan a prueba su paciencia. Espera que Jacinta no tarde demasiado en hacerlo callar.
—¿Qué se te ocurre para engañar a la Hermana Mei? —pregunta Burke.
Valdrinia recoge la pierna, como si necesitara recuperar la compostura para lanzar la propuesta.
—¿Qué tal si la matamos?
En boca de cualquier persona, la frase habría provocado una carcajada del irlandés. Pero en los ojos de esa mujer late una seriedad hipnótica incluso cuando dice la bobada más grande del mundo.
—No podemos hacer eso —balbucea él.
Valdrinia se levanta y camina hacia su amante con aire perezoso.
Se sienta en su regazo y lo besa en los labios.
Burke percibe todo su embrujo, el deseo inmenso de tener ese cuerpo para él toda la vida.
Esa mujer es capaz de convencerlo de lo que sea, incluso de un plan tan delirante como el de matar a la Hermana Mei.
Ella le muerde la oreja, le muerde el cuello, él se excita más y más, palpa en el mantel hasta tropezar con la copa de champán, la rompe contra el filo de la mesa y clava un cristal puntiagudo en el cuello blanco de la albanesa.
Le da la sensación de que ella suspira de placer, pero es un grito ahogado por la sangre que enseguida anega su garganta.
Vuelve a pinchar ese cuello que ha besado tantas veces y ella emite gorjeos espantosos.
El abrazo se afloja y entonces él deja el cuerpo en el suelo con delicadeza.
Matar a la Hermana Mei era una buena idea, pero matar a Valdrinia, por mucho que le gustara, es aún mejor.
De nuevo se oyen berridos infantiles, un llanto estridente.
Burke entra en la casa, cruza el salón y sube las escaleras hasta el dormitorio.
En el techo brillan estrellas de colores proyectadas por un juguete.
Jacinta está colocando al niño de nuevo en su cunita.
Él la abraza por detrás y le rompe el cuello de un solo movimiento.
Después coge al bebé, que deja de llorar al primer arrullo, quizá confortado por el olor de su padre.