Marbella, 2023
Liam Burke, Chris Griffin y Trevor Strummer visten uniformes de la Guardia Civil y aguardan en un coche camuflado como si fuera de la Benemérita. Han colocado unos conos en el asfalto para simular un control de carretera.
—Perfecto. Gracias —responde en castellano Burke a una llamada, y cuelga. Cambia al inglés para dirigirse a sus compañeros—: El camión está de camino, llega en un minuto.
Los tres salen del coche y se colocan en situación. Poco después aparece el camión que esperan, un Scania de la serie P, blanco, con matrícula española reciente, es posible que se trate de su primer viaje. Es Griffin quien le da el alto. Resulta elegante incluso con el uniforme de la Guardia Civil.
—No hace ni media hora que me han parado para un control de alcoholemia. ¿Qué cojones pasa? —protesta el conductor, un malagueño—. Voy con prisa, tengo que entregar mañana mismo.
Griffin ni siquiera responde, se va hacia la parte de atrás del camión. Rompe una tapa que hay bajo la caja y mete la mano dentro. Saca un paquete de coca de un kilo.
—¿Y esto?
El conductor, que ha ido tras él, repara en su acento.
—Eh, que tú no eres picoleto. ¿De qué va esto?
Al girarse, el conductor descubre a Burke y Strummer. Le apuntan con sus armas.
—¿Vais a darle un vuelco a Valdrinia? Estáis mal de la cabeza. Os va a cortar el cuello.
Strummer no necesita más excusa. Se lanza sobre el conductor y lo tumba de un golpe seco en el mentón con la culata de su subfusil, un Sig Sauer como el que usaría la Guardia Civil en un control, Griffin siempre cuida los detalles con mimo.
Se arrodilla sobre el pecho del conductor y descarga un puñetazo tras otro.
—No nos conviene que lo mates. ¡Trevor! —Burke tiene que darle una colleja para sacarlo de esa especie de éxtasis en el que se pierde cuando estalla la violencia.
—¡Gilipollas! —Strummer se pone en pie y le da una última patada en la cabeza.
—Vamos, hay que sacar toda la coca —ordena Burke.
Mudarse a Marbella ha sido una feliz idea: han tardado muy poco en conseguir poder y dinero, como querían, solo les faltaba un lugar donde sentirse como en casa.
Aunque todavía no esté abierto al público, el pub irlandés que van a inaugurar les trae recuerdos de su juventud y de su tierra.
Muy pronto será un lugar de referencia en las noches marbellíes.
De momento, se solazan ellos en privado, en las sombras del local.
Burke sirve pintas de cerveza para los tres.
—¡Veinte kilos! Con eso terminamos de pagar el Orphan’s y alguna cosa más —se ríe.
El local que ocupa el Orphan’s, junto a Puerto Banús, fue antes una hamburguesería.
Han hecho una reforma completa con un único objetivo: que se parezca a The Left Hand, su pub favorito de Belfast. Pensaron en ponerle el mismo nombre, pero al final ha triunfado el que más los identifica, The Orphan’s, el pub «de los Huérfanos».
A lo largo de la barra se alinean los grifos de cervezas irlandesas, incluido el de Harp, la favorita de Burke.
Hay dianas para jugar a los dardos, dos mesas de billar, varias pantallas de televisión —una de ellas enorme— para seguir los partidos de fútbol y de rugby.
Han conseguido carteles antiguos de Guinness y de whisky Jameson y Midleton.
Unos tambores tradicionales — bodhráns — adornan la pared del fondo, las otras están repletas de tréboles e imágenes de san Patricio.
—Podríamos sacar treinta y cinco mil por kilo, pero es mejor que nos deshagamos de la coca deprisa. Conozco a unos argelinos que nos darán unos treinta mil. Seiscientos mil en total, no está mal para una noche de trabajo. —Burke se ríe y levanta su pinta en señal de brindis—. Sláinte!
Griffin y Strummer chocan sus pintas, «¡salud!», repiten en irlandés. ¿Quién iba a decir que los tres huérfanos del orfanato de Kircubbin iban a llegar tan lejos? Seguro que el padre Boyle, no. Suenan golpes en la puerta, alguien llama.
—Debe de ser Amber —supone Griffin—. Ponle una pinta de Guinness.
Griffin va hacia la puerta, su novia los acompañó desde Belfast y él sigue tan hechizado por esa pelirroja como el primer día.
Antes de que se dé cuenta de que no viene sola, recibe un golpe brutal con una porra en la boca del estómago.
Griffin se encoge, sin aire, no tiene la oportunidad de defenderse del puñetazo que lo tumba en el suelo.
Tres encapuchados invaden el pub. Uno de ellos va derecho hasta Burke, que se ha acercado a socorrer a Griffin, y le pega con la culata de la pistola.
Cuando está en el suelo, le da una patada en un costado.
—¡Gilipollas! —El acento del encapuchado tampoco es español.
Otro de los asaltantes encañona a Strummer con una pistola.
—No hagas ninguna tontería —le pide Griffin.
Strummer lanza un chiflido a través del hueco de su dentadura. Le habría gustado enfrentarse a hostias con estos encapuchados, aunque le rompiesen todos los huesos.
Los sacan del bar con un saco en la cabeza y con bridas en las muñecas. Montados en la carga de una furgoneta, oyen un sollozo. Aunque no puede verla, Griffin sabe que se trata de Amber.
—¿Te han hecho daño, cariño? —se preocupa él.
—Estoy bien. Lo siento, me pusieron la pistola en la cabeza cuando llegué a la puerta. No los vi venir.
Amber no baja de la furgoneta. Solo sacan a los Huérfanos.
Cuando les quitan los sacos, miran a su alrededor, desubicados: los han encerrado en un almacén.
Por la caligrafía de los cientos de cajas que hay por todas partes, deducen que es un bazar asiático.
Se enciende una luz que les permite atisbar más allá de las sombras: distinguen una estantería con más de doscientos gatos chinos, todos suben y bajan el brazo en perfecta sincronía; al lado hay más de cincuenta escobas, cubos de fregona...
Entre tanto cachivache, tardan en reparar en una mujer asiática de sesenta y tantos años, vestida con una larga falda de cuadros y una blusa gris.
Está sentada en una silla de plástico. Algo más atrás, la escoltan dos hombres: uno es un chino que debe de haber esculpido su cuerpo con horas de gimnasio; el otro es español, lo han visto antes en una cena en Puerto Banús, reía e invitaba a champán a todo el que se acercaba.
¿Quién no conoce en Marbella a Alberto Pastor?
—Buenas noches. —La china habla bajito y con un ligero acento andaluz, lo que acrecienta su aire desvalido—. No me conocéis todavía y, en realidad, habría sido mejor que siguiera así, sin conocernos. Lo siento, soy la Hermana Mei.
Su nombre crea un silencio. Los Huérfanos han oído hablar de ella, claro, y como les ha dicho, preferirían no haber tenido que conocerse.
—Paco, el conductor del camión que habéis asaltado, está en el hospital. Va a sobrevivir, eso sí, pero fueron demasiados golpes en la cabeza, se quedará con el cerebro de un niño de dos años.
—Tampoco era mucho más listo —se ríe Strummer, incapaz de no jactarse de su paliza.
—Lo siento —se apresura a intervenir Burke, no les conviene enfrentarse a la Hermana Mei—. El camión era de Valdrinia, nunca habríamos hecho nada si llegamos a saber que usted...
—Todo en Marbella es mío —lo interrumpe Mei—. Los camiones, las carreteras, el puerto, los hoteles... Valdrinia y yo teníamos un acuerdo. Me pagaba el veinte por ciento de lo que sacara del cargamento. Así que me habéis robado dinero, y no hay nada que me guste menos que perder dinero.
Los Huérfanos se buscan con la mirada, hasta Strummer se da cuenta de que están entre la espada y la pared. Griffin murmura algo a Burke; espera que sea la llave que los permita salir del paso.
—Cuando vendamos el cargamento, le daremos más: el treinta y tres.
Mei asiente, aprecia la actitud del pelirrojo. Puede que no sea el más inteligente de los tres, pero es su líder. Le gustaría saber hasta dónde es capaz de llegar.
—Hay un proverbio en mi tierra que me gusta mucho —sonríe la Hermana Mei, una sonrisa beatífica, repleta de bondad—. «Cava el pozo antes de tener sed». ¿Sabes qué quiere decir?
Burke se queda callado, Mei mira a Griffin.
—¿Alguna idea?
—Hay que tener las necesidades previstas, adelantarse a los problemas.
—Muy bien, me gusta que os complementéis: un líder y un hombre inteligente. Lo que no entiendo es que carguéis con un pedazo de carne que no sirve ni para alimentar a los cerdos.
Strummer reacciona al insulto, pero uno de los encapuchados de la Hermana Mei le clava la culata de su arma en los riñones.
—¿Lo obligáis a calmarse o lo hago yo? —pregunta el guardaespaldas chino.
—Strummer, por favor —le pide Burke.
La asiática sonríe a Burke y asiente en señal de agradecimiento.
—No os conviene enfadar a Qiang. —Y con un ademán suave da a entender al guardaespaldas que puede estar tranquilo—.
Antes de haceros venir, me he enterado de todo lo que debía saber sobre vosotros.
He cavado el pozo... —sonríe al decirlo— y me he llevado una sorpresa.
Pensé que le habíais querido robar a Valdrinia y me he enterado de algo mejor.
Burke, ¿saben tus compañeros que eres su amante hace año y medio?
El padre del bebé que tuvo hace solo dos meses.
Manolito, un niño gordo, guapo y rubio. Pesó cuatro kilos doscientos al nacer, tuvo que ser un parto difícil...
—No tenemos secretos, somos hermanos.
—¿Se lo confías todo a ese? —Señala a Strummer—. Quizá no seas tan inteligente como pareces. El caso es que me he dado cuenta de que no querías robar a Valdrinia, sino a mí. ¿Compinchados con ella?
Burke se mantiene en silencio.
—Gracias por no negarlo, lo consideraría un insulto. El caso es que por tu acuerdo con Valdrinia yo he perdido dinero.
—La compensaremos —asegura Griffin.
—Y el conductor del camión está en un hospital, con la cabeza como la de vuestro hermano Strummer.
—Nos ocuparemos de su familia.
Por fin interviene el español trajeado, el famoso Alberto Pastor.