Los Huérfanos 6
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—¿Has llamado a tu madre para ver a qué hora volvió a casa?

Guillermo da el último trago a su café. Laura se termina de maquillar en el espejo del baño y regresa al salón, donde él ya está buscando las llaves del coche.

—No soy una hija controladora. Me alegro de que saliera a cenar con un amigo, y si ha pasado la noche con él, mejor. Ya me contará qué tal le ha ido, si le apetece.

—Yo no le consentiría a mi madre que me hablara de su novio, ni de coña —bromea Guillermo—, y menos que me cuente si se ha acostado con él o no. Es algo que no quiero que aparezca en mi imaginación. Mi madre en la cama...

Finge un escalofrío que arranca una sonrisa de Laura.

—A lo mejor, alguna de esas cosas raras que te gusta hacer las has heredado de tu madre. ¿Y si a ella también le va lo de...?

—No hace falta, Laura —la corta él, agobiado—. ¿No se te va a hacer tarde?

Ella sonríe y le da un beso en la mejilla antes de coger el bolso.

En el Camino de Ganapanes, muy cerca de la Audiencia Provincial de Madrid, está el bar Torres.

Allí es donde Laura suele quedar con el fiscal jefe, Javier Grimaldo, si necesitan hablar de algo con cierta tranquilidad.

Además, ponen una magnífica tortilla de patatas, que es lo que él está comiendo cuando ella llega.

—Hoy está de muerte. ¿Te pides un pincho?

—Me conformo con un cortado.

Muy pronto los dos están sentados bajo la corriente fresca del aire acondicionado con un par de carpetas sobre la mesa. El día ha amanecido caluroso y promete superar los treinta grados a lo largo de la mañana.

—Me decías que tenías dudas.

—Has visto las alegaciones de los abogados de Strummer. Van a protestar por la cadena de custodia de las pruebas forenses.

—No te preocupes, Laura, dudo mucho que esa protesta llegue a ningún lado, pero, de todas formas, no es la prueba de cargo. Es la testigo: ocúpate de dejar bien atado su testimonio.

—Lo sé, pero conforme se acerca el juicio, tiene más miedo.

—¿Y tú? Strummer es miembro de una de las familias marbellíes —apunta con intención—. Por alguna razón rechazó el acuerdo que le ofrecimos. No me sorprendería que hubiera movimientos, presiones...

—¿Y que aparezca mi padre en el juego? —Niega con la cabeza—.

No lo creo, he oído que no tiene muy buena relación con los Huérfanos, pero si pasa, sería como si me hiciera el regalo de Reyes que llevo pidiéndole desde los dieciocho: una prueba para meterlo en la cárcel. ¿Por qué te crees que me hice fiscal?

—Lo sé —sonríe Grimaldo—. Pero tenía que preguntártelo.

Suena el teléfono de Laura. Tras un vistazo a la pantalla y un gesto de disculpa, contesta la llamada.

—Mamá, ¿qué tal fue la noche? ¿Acabaste muy tarde?

La cara le cambia de inmediato.

—¿Estás bien?... No te muevas, voy ahora mismo.

—¿Algún problema?

Grimaldo no disimula su preocupación, nunca había visto constreñirse de esa manera el rostro de Laura, de repente tan pálido como la luna. Ella ni siquiera encuentra palabras para despedirse, solo un torpe «lo siento» balbuceado antes de abandonar el bar a toda prisa.

La carretera, los eternos atascos de Madrid y las putas obras, los veinte minutos de trayecto se convierten en casi cuarenta, y Laura, agarrada al volante, tiene que hacer un esfuerzo para no explotar contra malos conductores y peatones que cruzan la calzada con el semáforo en rojo.

Con acelerones y serpenteando entre el tráfico termina soltando el coche en una plaza de minusválidos de la calle de Silva, le da igual la multa.

Corre hasta el hotel Emperador, en la esquina de Gran Vía con San Bernardo.

Dentro del ascensor, pulsa repetidamente el piso octavo, ¿por qué las puertas no se cierran de una vez?

Cuando llega a la planta, busca el número 835, sus pisadas suenan mudas en la moqueta del pasillo.

En la puerta, llama con los nudillos. Nadie contesta. Vuelve a hacerlo.

—Mamá, soy yo. ¡¿Mamá?!

Al fin, la puerta se abre. Al otro lado está Marimar, desencajada.

Llora e hiperventila. Laura necesita una explicación, al teléfono solo pudo escuchar su llanto y el ruego de que fuera a buscarla.

«No sé qué ha pasado», le dijo. «¿Estás bien?

», le preguntó Laura. «No. No estoy bien.

Tengo miedo, cariño. Tengo mucho miedo», y repitió una y otra vez la palabra mucho entre hipidos.

—No entiendo nada... Laura, no sé...

En la puerta de la habitación, Laura se da cuenta de que su madre tiene las manos manchadas de sangre.

Como Marimar sigue sin ser capaz de aclarar qué ha pasado, la aparta con suavidad para entrar.

Cruza un saloncito y accede al dormitorio.

En la cama, de sábanas blancas, resalta el cuerpo de un hombre desnudo cubierto de sangre que empieza a secarse.

Una sangre que mancha incluso el suelo. El cuerpo está lleno de cortes y de pinchazos, lo han apuñalado varias veces.

Los ojos son dos cráteres sanguinolentos.

Se los han arrancado. No hace falta comprobar su pulso para saber que está muerto.

—Fui a desayunar y... al volver, él... estaba ya así...

Marimar es la viva imagen de la desolación. Pero es difícil apartar la mirada de la cama, de la sangre, del cuerpo destrozado.

—¿Este es el hombre que te invitó a cenar?

Su madre asiente, le cuesta vocalizar entre los sollozos.

—Fue... una noche perfecta. Y ahora... No entiendo nada... ¿Quién ha...?

—Tenemos que llamar a la policía.

—¡¿Quién ha podido hacer una cosa así?!

—Tranquila, mamá.

Pero el ataque de histeria ya es imparable.

Marimar grita una y otra vez quién ha podido hacer esto.

Su hija tiene que abrazarla y, juntas, caen de rodillas al suelo.

Poco a poco, los gritos de desesperación de Marimar se van transformando en un llanto.

Laura cierra los ojos mientras en su cabeza empieza a tomar forma una teoría.

Podría pensar en un robo, en alguna causa pendiente que tenía el amigo de su madre, pero cuando mira a la cama y se fija en las cuencas vacías de sus ojos, no lo duda: son los modos de una banda mafiosa.

Es un mensaje. Los irlandeses la quieren intimidar para que se aparte del juicio a Trevor Strummer.

Y las víctimas de su primer aviso han sido su madre y ese desconocido que yace en la cama.