Los Huérfanos 5
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Han vuelto. Alberto Pastor se enciende un puro sin apartar la mirada de las pantallas de seguridad del despacho.

Esta vez, acompañan a los irlandeses dos chicas jóvenes.

Muy jóvenes, seguro que han tenido que enseñar el carnet para acceder al casino.

Griffin mira a su alrededor, debe de estar esperando la llegada de Amber, pero Liam Burke está borracho; lo nota por cómo ríe de manera exagerada, por su mirada errática cuando busca el vaso de cerveza o se gira hacia una de las chicas.

Los Huérfanos están viniendo demasiado a su casa, cada día se creen más importantes.

Ha enviado a su hijo para que encuentre el modo de echarlos del casino.

Tal vez debería salir él mismo, pero ahora su cabeza está centrada en Marimar, en cómo hacerle volver a casa.

Lo que pensó que sería un enfado de fin de semana amenaza con convertirse en permanente.

Sergio atraviesa el restaurante enfundado en su traje de Zegna; a él le gustaría que aún rigiesen las normas de los primeros días del casino, cuando era obligatorio el uso de chaqueta y corbata para hombres, y las mujeres vestían de largo.

Ahora impera la horterada y es habitual encontrarse a turistas americanos en bañador y chanclas perdiendo fortunas en el blackjack .

Un ambiente en el que, en realidad, su padre se siente más cómodo.

Alberto Pastor tiene, para su hijo, la dudosa habilidad de transformar cualquier negocio de lujo en un chiringuito.

Abraza a los clientes, se interesa por sus familias y, antes de que te des cuenta, ha metido a cuatro gitanos para que monten una fiesta flamenca, como si hubiera olvidado qué lugar ocupa cada uno en la pirámide de Marbella.

—¿Qué tal la mesa de los irlandeses? —le pregunta al maître del restaurante.

—Lo de siempre: ruidosa. Beben cerveza por litros, como si fuera agua. Lo malo será cuando se pasen al whisky.

—¿Hay policías hoy en la sala? Si los hay, siéntalos cerca de los irlandeses. Y diles que no queda nada de lo que pidan, a ver si entre una cosa y otra deciden cambiar de local. Avísame si hay problemas.

—Sí, señor Pastor, descuide.

Sergio pide un dry martini al camarero. No soporta que su padre lo trate como a un empleado más.

Parece que ha olvidado que fue él quien diseñó la seguridad del casino: el software de reconocimiento facial para detectar a los tramposos fichados en casinos de toda Europa, los analistas de patrones de apuestas y los crupieres entrenados para descubrir cualquier sistema de conteo de cartas en el blackjack .

Todos los veranos aparece alguien con un nuevo artilugio para hacerlo, desde contadores electrónicos —a esos los pillan muy rápido— hasta todo tipo de ábacos camuflados en llaveros, correas de relojes o collares de perlas —las trampas no son exclusivas de los varones—, también ingenios más sofisticados: un auricular oculto en un aparato de audición médico, combinado con una cámara oculta en un botón de la camisa y un cómplice que es el que recibe esas imágenes desde fuera del casino y hace el conteo con toda tranquilidad para indicar al jugador cuándo tiene que subir las apuestas.

Rara vez los tramposos consiguen jugar mucho tiempo antes de ser descubiertos gracias a todo lo que implementó Sergio en el casino y que asegura que siempre gane la banca. Es decir, ellos.

—¿Cómo me habéis dicho que os llamáis?

Burke echa los brazos por encima de los hombros de las dos chicas que los acompañan. Los años en España no han borrado su acento irlandés.

—Yo, Berta.

—Yo, Flor.

—Me da pena, porque aquí mi amigo Chris no tiene ojos para otra mujer que no sea Amber. Si la conocierais, lo entenderíais, es preciosa. Pero tampoco quiero estropearle la noche a una de vosotras. Las dos sois muy guapas, ¿tengo que elegir? ¿No podemos seguir juntos?

—¿Los tres? —se ríe Berta.

—Claro que sí, los tres. ¿Nunca te has acostado con tu amiga?

Las dos chicas se ríen nerviosas. Griffin interviene.

—No asustes a las niñas. ¿Las vas a traer a la velada de lucha?

—A mí me encantaría —se apresura a contestar Flor—. Nunca he ido a una velada, son demasiado caras, y eso que mi padre es luchador.

—Espero que sea mejor que los que vamos a ver este fin de semana: un islandés acabado que le va a dar una paliza a un armenio borracho.

Berta mira de reojo a su amiga. Sabe que es temperamental y sabe, como ella, que están hablando de Aras, de su padre.

Nota la crispación en sus labios, cómo se enciende su piel, y casi puede ver las venas de su cuello ardiendo de rabia.

Aunque sea muy joven, intuye que la cordialidad de Burke es impostada, que detrás de esa simpatía tejida con bromas y risas se esconde una hiena.

Lo mejor sería dejar correr la ofensa, encogerse de hombros y hacer como si nada, pero Flor coge una de las cervezas de la mesa y se la tira a Liam Burke a la cara.

—Aras no es ningún armenio borracho.

Apenas le da tiempo a acabar su frase: Burke le pega un puñetazo que la tira al suelo. Griffin resopla, más frustrado por no haber llegado a tiempo de impedir la agresión que preocupado. Sujeta a su amigo para que la cosa no pase a mayores.

—Vamos, levántate, bonita —le dice Burke a Flor, que, en el suelo, se lleva la mano al pómulo: le ha abierto una brecha y sus dedos se manchan de sangre.

Sergio llega acompañado de dos hombres de seguridad.

Ve a Burke levantando los brazos en son de paz y a Griffin sacando un fajo de billetes y dejándolo sobre la mesa.

Está claro que no quieren problemas, pero antes de marcharse, Burke hace un gesto obsceno con el dedo corazón hacia una cámara.

Sabe que Alberto Pastor está mirándolo al otro lado y este gesto está dedicado a él. Sergio ayuda a Flor a levantarse.

—¿Estás bien? Al casino le gustaría invitarte a una copa, lo que tú quieras, no quiero que te marches con este mal sabor de boca.

Pero Flor no atiende a las disculpas de Sergio Pastor. Sus ojos se han encontrado con el pelo rojo de Burke, con su mirada enrabietada mientras sale. Sabe lo que significa: «Esto no ha terminado aquí, bonita».