Los Huérfanos 4 #2
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Marimar tiene sesenta y tres años y es una mujer atractiva, las arrugas no han hecho más que añadirle una elegancia que Laura no recordaba que tuviera.

Conserva el buen tipo, a pesar de lo que dijera su padre, y seguro que el verde de sus ojos, tan claro que parece artificial, sigue intimidando a los hombres.

Una bestia como Alberto Pastor nunca debió tener a su alcance una joya así.

Mientras sube en ascensor al piso de Melca, en el barrio de Manoteras, Laura hace un esfuerzo por apartar la alegría de que su madre se haya liberado y se prepara para una conversación que sabe que no será fácil.

Melca la ha llamado hecha un mar de dudas, deseando echarse atrás en el juicio contra Strummer.

—Tengo miedo —le dice la chica nada más abrir la puerta del apartamento.

—Entiendo tu angustia, pero la vista oral se va a celebrar muy pronto. Todo esto va a terminar en cuestión de meses. Y, mientras tanto, tienes protección. Te hemos conseguido este piso, hay policía vigilando, aquí y en tu trabajo —le recuerda.

Melca medita en silencio. Ya no es la chica guapa y descarada que conoció en otoño de 2024.

A sus veintisiete cumplidos, parece mayor que la propia Laura: ha perdido diez kilos y debe de tener problemas de sueño, porque está ojerosa, una sombra grisácea mancha su piel.

Han sido dos años difíciles, en los que ha demostrado tanto valor, al ponerse al servicio de la fiscalía, como pánico.

En alguna ocasión ha tratado de dar esquinazo a la policía y desaparecer.

Todo habría sido más fácil si Strummer hubiera aceptado el acuerdo, se habrían evitado el juicio, pero no se han dado así las cosas y Melca es una pieza que Laura no puede perder.

—No tendría que haber aceptado —acaba por murmurar la chica, con una voz que apenas le sale del pecho.

—Hay veces que una no puede elegir y solo le queda hacer lo correcto. ¿O vas a dejar que la muerte de Ramón Castillo quede impune?

—Si es que yo casi no conocía a Ramón. No tengo ni idea de por qué me fui con él; bueno, sí, porque soy una imbécil. Yo no sé dónde tenía la cabeza.

Melca nació en Comares, un pueblo de la Axarquía, en el interior de Málaga.

Su vida dio un giro inesperado cuando decidió hacer una escapada con Ramón, un camionero que hacía rutas a diferentes países europeos.

No sabía si él le gustaba o no, solo que siempre había sido muy detallista.

Solía llevarle flores al negocio de manicura donde trabajaba, cerca de la calle de Larios, en la capital malagueña.

A veces la esperaba a la hora de cierre y la invitaba a cenar en alguno de los restaurantes del Palo.

Por eso se decidió a ir con él en una ruta en camión hasta París.

Melca no había salido de España y siempre había fantaseado con Francia. No sabía que él tenía otros planes.

A la altura de Valdepeñas, Ramón se encontró con unos magrebíes en una estación de servicio.

Les entregó el cargamento que llevaba —en la investigación posterior se descubrió que era cocaína— y, a cambio, recibió un dinero.

Luego condujo hasta Madrid y cogió una habitación en un hotel de cuatro estrellas al lado de la carretera, el Eurostars Arenas de Pinto, nada menos, ella nunca había estado en uno tan lujoso.

Le enseñó a Melca el dinero que le habían dado los magrebíes, un montón de fajos de billetes de cincuenta euros, dieciocho mil en total, le dijo.

Hasta jugaron a echarlos sobre la cama y a tirárselos por encima.

Le anunció que quería fundírselos con ella en Madrid, que viviría unos días como una reina.

Después, él seguiría rumbo a París, donde pensaba quedarse una temporada.

Ella podía elegir si lo acompañaba o regresaba a Málaga.

Cenaron en una terraza de la Gran Vía mariscos y champán, luego tomaron un taxi para ir a una discoteca famosa, Opium, donde vieron a algunos futbolistas, ninguno muy destacado, aunque Ramón los reconocía a todos: «Ese es del Atleti», «Ese es de la cantera del Madrid», «Mira, ese es del Valencia, no sé qué hace aquí»...

De madrugada, volvieron en un Uber a Pinto y follaron en la habitación del hotel.

Después, Ramón fue a por un cargador de móvil al camión, que había dejado en el aparcamiento delantero; ella se dio cuenta de que se había quedado sin tabaco y salió tras él para coger también una cajetilla de la cabina, ni siquiera se vistió, solo se puso el abrigo.

Todavía estaba colocada por todo lo que había consumido esa noche: alcohol, pastillas y un par de rayas que Ramón había preparado antes de llevarla a la cama.

Lo vio al doblar la esquina: Ramón estaba tumbado en el suelo del aparcamiento y sobre él había alguien que al principio le pareció un niño por su estatura.

Lo tenía cogido del pelo y golpeaba su cabeza contra el asfalto una y otra vez, como si fuera un martillo neumático.

Ramón no gritaba, ya debía de estar muerto.

Con el cráneo roto, además de sangre, por el suelo resbalaban trozos de masa encefálica.

Melca se quedó congelada, como un animal deslumbrado por unos faros, y no reaccionó hasta que el asesino de Ramón clavó sus ojos en ella.

Echó a correr y, perseguida, lo único que se le ocurrió fue lanzarse a la autovía.

Tuvo suerte de no morir atropellada. De que un turismo frenara a tiempo.

El conductor avisó a la policía, que inició la búsqueda cuando Melca pudo contener su histeria y contar lo que había pasado.

Detuvieron al asesino esa misma noche y ella identificó a Trevor Strummer en una rueda de reconocimiento.

—Ya has pasado mucho —la presiona con tacto Laura—. No puedes echarte atrás ahora y permitir que salga en libertad. No se trata solo de lo que le hizo a Ramón Castillo. También se trata de ti. Si lo declaran inocente, no podré protegerte.

—Y si lo declaran culpable, ¿podrás protegerme de sus amigos? Porque van a ir a por mí, eso está clarísimo.

Laura la mira con pena. Visualiza el futuro de Melca, siempre con la angustia pegada al pecho, con la suspicacia activa, con la paranoia acompañándola a todas partes. Anticipa su insomnio, su cansancio, su vida secuestrada.

—Juegan con nuestro miedo —dice Laura, y al decir la frase se pregunta por qué ella no lo siente, qué clase de mecanismo ha puesto en juego para mantener el miedo a raya. El sentido de la justicia, quizá, el deber profesional. ¿O hay algo más?

La rabia hacia su padre. Sí, nota esa rabia bullendo dentro de ella y aplastando el miedo que cualquiera sentiría hacia los Huérfanos, el que siente Melca. La intenta consolar. Quiere transmitir firmeza, darle seguridad. Pero sabe que el miedo va a convertir la vida de esa chica en un infierno.