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—¿Qué haces, mamá?
Hay algo hipnótico en la meticulosa forma de planchar de Marimar, como si no hubiera nada más importante que dejar la raya del pantalón como el filo de un cuchillo.
—Viene una señora una vez por semana; si quieres que te planche algo, se lo dejas —le sugiere Laura.
—Llevaba más de veinte años sin planchar ni una blusa y no me acordaba de lo mucho que me gusta hacerlo.
Me relaja. Anda, siéntate mientras acabo.
¿Sabes qué me apetece después? Que vayamos a comprar un pintalabios.
Uno rojo. Tu padre me decía que no tenía edad para usarlo de ese color, que iba ridícula.
En estos días, su madre ha ido dejando caer comentarios que a Laura le han parecido bombas atómicas.
Desde desprecios como el del pintalabios o sobre lo mal que la dejaba su peluquera, hasta cenas con socios en las que Alberto la mandaba callar en cuanto ella esbozaba una opinión sobre un negocio o sobre cualquier tema de actualidad.
Una tarea de acoso y derribo a lo largo de los años, que ha ido reduciendo a Marimar a una mujer insegura y asustada, aunque se niegue a aceptarlo en voz alta.
Nunca es fácil liberarse del yugo de un maltratador, menos aún si este es Alberto Pastor.
Aunque hace veintiún años que Laura no ve a su padre, ha podido saber de él por las fotos que, con cierta frecuencia, salen en prensa.
Fiestas en Marbella, reuniones de personalidades de la Costa del Sol.
En esas imágenes aparece como un hombre elegante y mundano, pero ella intuye, y así se lo señala a su madre, que esa sonrisa, la piel bronceada y sus maneras seductoras esconden a un depredador.
—Cuanto más viejo se hace, más cruel —le confirma Marimar—. Será porque tiene miedo de que se enteren de que no funciona sin sus pastillitas.
Marimar solo esboza una sonrisa pícara, es demasiado pronto para transformar el miedo en risa y burlarse de su marido.
La primera semana, ni siquiera se atrevía a salir del piso de Laura, como si la policía estuviera buscándola para detenerla y llevarla de vuelta a casa.
Tampoco se atrevió a comentar nada sobre Guillermo, que, la noche que llegó, salió del dormitorio en calzoncillos, descolocado por la visita a deshoras.
Laura los presentó, desde luego no era la situación ideal para que suegra y yerno se conocieran: ella huyendo de su casa, él medio desnudo y con el olor a sexo todavía pegado a la piel.
—¿Por qué lleva tu novio un tatuaje de un corazón con fuego? —le preguntó una tarde, días después, cuando Laura regresó del trabajo.
—Es el logotipo de su grupo de country, los Corazones Salvajes. —Nada más responder, se atragantó con el vino que acababa de servirse—. Pero, mamá, el tatuaje lo lleva en el interior del muslo, ¿se puede saber qué hacías mirando ahí?
Fue la primera vez que Marimar se rio de verdad, sonrojada, «¿Y dónde querías que mirara si salió casi en pelotas?
No te voy a negar que tienes buen gusto», y las dos estallaron en una carcajada.
El peso de la culpa se fue aligerando en Laura: hasta ese momento, no había dejado de reprocharse haber abandonado a su madre a merced de su padre.
Se hablaban una vez al mes por teléfono, a veces incluso menos; llevaban casi dos años sin verse.
La falta de relación hacía imposible que sus conversaciones se adentraran en el terreno de las confidencias, Laura era consciente de que se habían convertido en dos extrañas, y había permitido que eso sucediera por egoísmo, por mantenerse a salvo de Alberto Pastor, sin pensar en cómo estarían ni Marimar ni sus tres hermanos, Sergio, Nata y Dani.
Aquel día, mientras bromeaban sobre el tatuaje de Guillermo, sintió que se abría la oportunidad de recuperar el tiempo perdido con su madre, de reencontrarse a través de intimidades, ya sin el aroma del reproche.
—¿Estás lista para ir de compras? —dice Marimar cuando termina de planchar—. Quiero el pintalabios más caro y más rojo que haya. Y si voy ridícula, pues mira qué bien. Así me mirarán más, eso es lo que siempre dice tu hermana cuando tu padre se ríe de sus vestidos.
—Es una pena que Nata no esté aquí. Siempre te has entendido mejor con ella que conmigo.
—Eso no es verdad. Tu hermana Nata..., bueno, ¿qué quieres que te diga? Su vida es un desastre, como la de Dani, como la de Sergio, aunque él esté convencido de que lo hace todo bien. —Se lo piensa un segundo—. Como tú y yo. Los Pastor somos especialistas en convertir nuestras vidas en un desastre.
—Podríamos poner un anuncio en el periódico: ¿quieres destrozar tu vida, convertirla en un infierno y que tu autoestima quede por debajo del nivel del mar? Ven a conocer a los Pastor. Resultados garantizados.
Recorren las calles de Goya, Serrano, Ortega y Gasset y otras muchas del barrio de Salamanca.
Septiembre ha empezado con el mismo calor con el que se despidió agosto, pero eso no impide que Marimar quiera entrar en todas las tiendas, probarse todos los vestidos y todos los zapatos, estudiar los tonos de rojo de todos los pintalabios en el dorso de la mano.
Pierden buena parte del día en Suárez, donde su madre se queda embelesada con los diamantes; le encanta coger la lupa y apreciar el detalle interior de la piedra, la descomposición de la luz en su interior.
Los diamantes siempre han sido su debilidad.
—Salí corriendo y ni siquiera me llevé mis joyas —dice tocándose una mano desnuda. Laura no recuerda un día de su vida en el que Marimar no llevara alguna piedra deslumbrante en los dedos o colgando del cuello.
El vértigo o la vergüenza que la tuvieron recluida los primeros días ha desaparecido, como si hubiera intuido que es posible tener su propia vida.
Ser feliz. Y reírse. Laura se da cuenta de que eso es lo que más necesita su madre: reírse, olvidarse de la jaula de oro en la que ha pasado tantos años atrapada, el chalet de la urbanización Sierra Blanca, una de las más lujosas de Marbella.
—¿No vas a merendar nada? La tarta de zanahoria está deliciosa —le pregunta cuando se sientan a tomar un té en Vailima, al lado de la Puerta de Alcalá, por fin guarecidas en la sombra.
—No tengo hambre. —Pero, como detecta un mohín de preocupación en su madre, añade—: Además, si me pido una tarta, luego tendré que vomitarla y hacerme unos cuantos cortes en los brazos para castigarme, y, entre una cosa y otra, me darán las tantas y tengo una cita a las siete.
—Eso no ha tenido ninguna gracia, Laura.
—Estoy bien, de verdad. Simplemente, no tengo hambre, mamá.
Marimar asiente, no quiere discutir, pero tampoco se queda tranquila, ha pasado muchos años tratando de entender la relación de su hija con la comida.
Laura podría explicarle que está en una fase de equilibrio, que pesa cuarenta kilos y que, aunque nunca dejará de ser una enferma de anorexia, ha aprendido a bromear con esa realidad, es su manera de hacerla pública, no quiere esconderla como si fuera un estigma del que avergonzarse, como antes se hacía con el cáncer o el sida.
—¿Te ha llamado tu padre para preguntarte por mí? —deja caer Marimar después de una cucharada de tarta, como de pasada.
—No tengo su teléfono y no cojo el de nadie a quien no tenga agendado.
El que me ha escrito un par de mensajes es Sergio: está indignado.
Cualquiera diría que prefiere beber sangre de bebé antes de que os separéis.
Dime la verdad: le faltó oxígeno al nacer o algo así.
No es que los demás seamos una bicoca, pero Sergio...
¿Cuánto tuvisteis que pagar para que aprobara Derecho?
Porque ese necesita ayuda hasta para la renovación del DNI.
—Eres una exagerada. A mí también me ha llamado, pero no se lo he cogido.
—Marimar pierde la mirada, como si, más que a los transeúntes que recorren sudorosos la Puerta de Alcalá, mirara al pasado, y, de repente, dibuja una sonrisa—.
A un catedrático, tu padre lo invitó tres veranos a Sotogrande.
Sergio se enfadó porque solo le puso un aprobado.
Laura tiene que hacer un esfuerzo para no abundar en chistes alrededor de la incompetencia de su hermano.
Lleva tanto sin ver a Sergio como a su padre, su relación se limita a un mensaje de feliz año cada 1 de enero y el envío de algún regalo por los cumpleaños de sus dos hijos, pero, por lo que cuenta su madre, ese niño que quería tenerlo todo sin ningún esfuerzo, por el simple hecho de ser el hijo de Alberto Pastor, no ha cambiado mucho.
—Mamá, ¿qué pasó? —Le cuesta articular la pregunta que lleva rondándole desde que Marimar apareció con su maleta en la puerta de casa hace diez días—. Me refiero a si, no sé..., ¿te pegó o algo? ¿Qué pasó para que te decidieras a dar el paso y salir de ese infierno?
—Tu padre nunca me ha pegado, no le ha hecho falta.
—Marimar estira la espalda y, en su postura, altiva, Laura cree ver a un ave que otea el horizonte desde el punto más alto de la montaña—.
Tampoco me importaba demasiado si era infiel.
Unas veces podía ser con una brasileña, otras, con alguna malagueña con sueños de grandeza, ya sabes.
Ninguna en serio. No, tampoco era eso. —Toma aire antes de clavar una mirada firme en su hija—.
Un día te levantas y te das cuenta de que el tiempo no es eterno.
De que, de repente, puede llegar la enfermedad.
O la muerte. De que ya no tiene sentido dejar las cosas para después.
O vives ahora o ese tren no vuelve a pasar.
Laura pide una copa de vino para brindar por ese tren en el que se ha subido Marimar y que la ha traído a su lado. El móvil de su madre suena, pero no se decide a responder.
—¿Es papá? Pásamelo —dice Laura con un valor que ni ella misma esperaba—. Tengo ganas de decirle cuánto lo echamos de menos.
—No es él. Es un amigo de Marbella que está en Madrid, me quiere invitar a cenar.
—Cógelo ahora mismo y dile que sí. Y ponte el pintalabios rojo.