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Aras no hace simples amagos: golpea fuerte el saco y se protege como si tuviera a un púgil enfrente. En la jaula hay que estar preparado para encajar impactos que tumbarían a cualquiera; él no es el único luchador que se formó primero en el boxeo.
—Izquierda arriba, izquierda abajo y derecha arriba.
Su entrenador nunca parece satisfecho, llevan una sesión de cuarenta minutos, con descansos muy pequeños en los que acerca el tubo de agua a la boca de su luchador.
Él no se queja, entrena con Jordi Sardà desde hace cuatro años, es así y está agradecido.
Los días que toca trabajar potencia, los brazos tienen que doler, si no, no sirve para nada.
—Siete golpes.
Izquierda, siempre empieza con la izquierda, derecha, izquierda...
En cada golpe, el saco de cuero, de sesenta kilos de peso, se mueve y pone a prueba sus muñecas. Aras puede soportarlo, está hecho un toro, como le dicen los compañeros del gimnasio.
El Byrne Gym Marbella —el BGM, lo llama la gente— no es uno de esos gimnasios exclusivos donde los cachorros de la jet ponen a punto sus músculos y exhiben sus modelitos, que cuestan tanto dinero como los vestidos de noche que llevan a las fiestas en el Olivia Valere o en Puente Romano.
Le pegaría más estar en un polígono semiabandonado de una ciudad dormitorio para dar asilo a chicos enrabietados que quieren salir adelante a base de patadas y puñetazos, pero está en una de las ciudades más glamurosas de España, Marbella, cerca del lujo de Puerto Banús.
En el BGM hay sudor, esfuerzo y mucha adrenalina.
Entre las pesas, bancos, sacos y un cuadrilátero, también hay una jaula para las MMA, las artes marciales mixtas que ahora están tan de moda.
Hay algunos que sueñan con tener su primer combate profesional y otros, como Aras, que, con más o menos éxito, llevan años en el circuito.
—Setenta y siete quinientos, el límite del wélter es setenta y siete cien —le dice Jordi Sardà cuando sube a la báscula—. De aquí al viernes tienes que bajar cuatrocientos gramos. No me jodas, Aras: es lo único en lo que no puedes fallar. No quiero que llegue el día del pesaje y te quedes fuera.
Aras prefiere callar. Sardà siempre lo pesa en la báscula mecánica de la sala, en la que hay que ajustar las pesas a lo largo de una guía hasta conseguir el equilibrio perfecto.
Hay quien dice que esa báscula es la que se usó en el combate entre Muhammad Alí y George Foreman en Kinsasa en el 74, una leyenda que le da algo de brillo al gimnasio.
Una vez que se quedan solos en el vestuario, el entrenador le ayuda a quitarse los guantes, y por fin Aras se atreve a decir lo que ha estado rumiando en silencio.
—¿Para qué cojones me estoy matando? Me voy a dejar ganar por sumisión en el primer asalto. ¿Y encima tengo que ponerme a dieta?
—Cuando era el otro no te quejabas tanto.
—Porque habría ganado de todas formas. Tengo cuarenta años, pero todavía puedo con la mayoría de los luchadores del circuito. Al puto Kai Sandhagen, a ese...
—Ya lo sé, le partes la cara con una mano detrás, como dices tú.
Pero vas a hacer lo que tienes que hacer, sin dar por culo.
Porque si no, te vas a encontrar con un regalito del que mueve los hilos.
Un puto ruso en la puerta de casa, por ejemplo.
Y el ruso te dejará en silla de ruedas y meando en una bolsa, ¿es eso lo que quieres?
Pagan cinco a uno si caes en el primer asalto.
Hasta yo he metido seis mil euros. Y porque no tengo más.
En un bar cerca del gimnasio y lejos del bullicio de Puerto Banús, Aras se pide un Larios.
Recuerda los combates ganados en los últimos años, cómo le sirvieron para relanzar su carrera en las MMA.
Estaban tan amañados como el que perderá dentro de poco.
Se intenta convencer de que los habría ganado de todas formas, pero en realidad no lo sabe.
Tiene que asumir que es un fraude; su vida podría haber sido otra si una lesión, a los veintidós años, no lo hubiera apartado del boxeo, que es donde empezó.
También le hizo llevar una vida a la deriva, un matrimonio desastroso del que solo salió una cosa buena: su hija Flor. Aunque ni a ella ha sabido conservar.
¿Qué diría su madre? Nacida en Armenia, casada con un malagueño que nunca estuvo presente en sus vidas y que lo único que le dejó fue un apellido, Rodríguez, que nunca usa.
Aras Babayan: así se ha hecho llamar siempre, en homenaje a la fe que su madre tenía en él.
Ella estaba segura de que su hijo había nacido para hacer algo especial.
Por suerte, falleció joven de un cáncer, no vivió para ver cómo la defraudaba.
Aras no dejó de entrenar mientras trabajaba como camarero, portero de discoteca o taxista, y se pasó a las MMA.
Un día, apareció alguien con dinero y le ofreció financiar su carrera —lo poco que quedaba de ella, ya había cumplido los treinta y cuatro—; pensó que era un ángel de la guarda y resultó ser un demonio.
Se llamaba Souza, un representante portugués de deportistas de sonrisa fatua y camisas hawaianas.
Fue él quien contrató a Jordi Sardà, el entrenador, y le puso un sueldo para que se dedicara solo a las MMA.
Hubo un momento en el que hasta Aras creyó que relanzaría de verdad su carrera, pero todo era humo.
Empezó a meterlo en combates amañados. Le construyeron un camino de éxito, un nombre, consiguieron que los apostadores confiaran en él, solo para llegar hasta este combate —sumisión en el primer asalto— y forrarse con las apuestas.
Tardó más de tres años en comprender que Souza no era realmente quien estaba al mando.
El portugués era una marioneta más. Quien ganaba fortunas manipulando la carrera de deportistas como Aras era, en realidad, Alberto Pastor.
Siempre le había dado asco oír su nombre, enquistado en su cabeza y en su corazón desde la juventud.
Cuando se quiere dar cuenta, se ha bebido tres Larios a palo seco. Si su hija lo nota, lo dejará plantado en cuanto lo salude con un beso y se irá a casa. Tiene que comprar chicles de menta para enterrar el aliento.
Tarda tres cuartos de hora en llegar a Málaga, ha olvidado su propósito de comprar chicles.
Flor lo espera en una terraza de la plaza de San Ignacio.
Ha pedido una ración de calamares y una Coca-Cola.
A sus dieciocho años recién cumplidos es toda una mujer, guapa y segura de sí misma.
Le encanta detectar esa arrogancia en su hija, la misma que él tuvo cuando era un adolescente y pensaba que se comería el mundo.
Solo espera que tenga más suerte que él y que los avatares de la vida no la pisoteen.
—Hueles a alcohol. ¿Has vuelto a beber?
—Joder, Flor, solo una copa al salir del entrenamiento.
—¿Estás borracho?
—No, claro que no.
El gesto de desprecio de Flor permite adivinar que no le cree. Pero por lo menos no se levanta para irse. Todavía...
—Siempre igual, no sé ni por qué pienso que vas a cambiar, que vas a dejar de ser un puto fracasado.
Puto fracasado. Una hija no debería llamar así a su padre, pero es lo que él mismo piensa.
De repente, ella se levanta. Lo hace de manera tan precipitada que se le cae el bolso y su contenido acaba en el suelo.
Él la ayuda a recogerlo todo mientras se deshace en disculpas.
Se alarma cuando ve una tarjeta: C ASINO B ENAMAR .
—¿Por qué tienes esto? Ni se te ocurra poner un pie ahí.
—Yo voy adonde me sale del coño. ¿Desde cuándo vas de padre?
Le quita la tarjeta de la mano y echa a andar. Aras duda si salir tras ella, y, como siempre que no sabe qué hacer, se limita a quedarse quieto y callado.
—Un Larios, por favor —le pide al camarero.
Entra tambaleante en su piso. Con lo que ganaba en los combates pensaba mudarse a un barrio mejor, pero su carrera llega a su final con esta pelea amañada, tendrá que seguir en la barriada de 25 Años de Paz.
Tampoco se está tan mal aquí. A tientas, llega hasta el salón y se deja caer en el sofá.
No quiere encender las luces, solo dormir y mañana volver al gimnasio, destrozarse los puños contra el saco, correr hasta que no le quede aire en los pulmones, cualquier cosa que le ayude a no pensar.
En el silencio de la casa, un ruido lo pone en alerta.
Tiene la sensación de haber oído una respiración, ¿se ha vuelto loco?
El chasquido de un mechero y una llama que flota en la oscuridad lo obligan a incorporarse y a buscar el interruptor de la lámpara, que se enciende al mismo tiempo que la brasa de un cigarrillo.
Luego, el hombre que está sentado en una silla de su salón exhala una bocanada de humo.
—Tranquilo, Aras. Y perdona por haber entrado en tu casa. No tienes nada de qué preocuparte. Solo he venido a ofrecerte un buen negocio —dice con un ligero acento irlandés.
Aunque nunca se lo han presentado, Aras sabe perfectamente quién es ese hombre.
Sus maneras algo pomposas, como si fuera el diplomático de una embajada, sus trajes caros hechos a medida y la piel blanca como la leche, punteada de pecas, son célebres en toda Marbella.
Lo que no entiende es qué hace Chris Griffin en su casa ni qué negocio puede ofrecerle.