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—Cinco, rojo, impar y falta...
La voz del crupier se cuela en el despacho cuando le abre la puerta a Domingo el Tiznao. Él trabaja en la lonja de Marbella, el apodo es herencia familiar de un abuelo que fue uno de los últimos obreros de la mina del Peñoncillo.
—Es que te tengo que querer, Tiznao —le dice Alberto Pastor cuando el recién llegado le muestra la caja: un surtido de peces limón, galanes y conchas finas, lo mejor de la costa de Málaga. Emocionado, le planta un sonoro beso en la frente—. Y esto ¿cómo te lo pago? ¿Quieres un güisquito?
—En realidad, yo, Alberto... Había pensado que a lo mejor me podías hacer un préstamo. Es que ando pendiente de unos pagos y justo hoy estoy pelao.
Si tuviera una gorra, el Tiznao estaría jugando a estrujarla con las manos, como el jornalero que va a pedir un adelanto al señorito.
Alberto hubiera preferido que le aceptara el whisky y, quizá, fumarse un puro mientras hablaban de los viejos tiempos de Marbella, cuando era poco más que un pueblo de pescadores y se bañaban en pelotas en la playa del Cable.
Qué lejos quedan esos días. Qué diferentes son todos ahora.
—Claro que sí, Tiznao. Ve a la caja y pide dos mil euros. Ya les aviso de que vas a ir.
—Te los voy a devolver esta misma noche.
—Tú sabes que a mí no me tienes que devolver nada. Anda, ve y disfruta. Y dale un beso a Carmencita y a los niños de mi parte.
Se despiden con un abrazo. Alberto coge una concha fina de la caja antes de consultar el mural de pantallas de seguridad que ocupa toda una pared del despacho.
Ahí están las dieciocho mesas de ruleta americana —al principio había tres francesas, pero el juego es más lento, no es lo que quieren ni los clientes ni Alberto—, doce de blackjack —sus favoritas—, tres de póquer y dos de punto y banca —que se llenan cuando acuden jugadores asiáticos—.
También hay una para jugar a los dados, es raro que se abra, a esa solo van los juerguistas americanos.
Limpia la concha fina bajo el grifo que hay junto al mueble bar y, después de darle unos golpes, la abre con un cuchillo.
Es más grande que una almeja, y el molusco, ahora partido en dos, está cubierto por una masa verdosa.
Coge un cuchillo de punta redonda para limpiarlo.
En ese momento, puede ver en las pantallas cómo Domingo el Tiznao cruza la zona de tragaperras, los pasillos donde se distribuyen las ciento cincuenta máquinas, pasa por las ruletas digitales con veinticuatro puestos de juego y llega al área de apuestas deportivas.
Allí se gastará los dos mil euros que le ha prestado, en apuestas de ping-pong o de billar, en algún partido de tenis o de boxeo de poca categoría.
Le da pena por Carmencita, porque el Tiznao no sabe apostar.
Lo perderá todo, y, dentro de unas semanas, alguien tendrá que ir a visitarlo a la lonja para darle una paliza y recordarle la deuda.
Alberto tiene prohibido que lo hagan delante de su familia.
No será la primera vez. El Tiznao tampoco le guardará rencor; sabe que no es una cuestión personal, porque no es a Alberto a quien debe el dinero, sino al casino.
Enjuaga la concha fina en agua con sal y, al exprimir unas gotas de limón encima, esa parte roja del molusco que parece una lengua se contrae. Está vivo. Alberto se lo mete en la boca y siente todo el sabor del mar dentro de él.
—Huele a pescado. —Sergio ha entrado en el despacho. Con su traje de marca, envarado, como si fuera el heredero de un título nobiliario—. ¿Me has llamado? ¿Se sabe algo de mamá?
—Está en Madrid, con Laura, pero no te preocupes, eso déjamelo a mí.
—Le muestra la caja de pescado—. ¿Quieres una concha fina?
Te la preparo enseguida. —No espera su respuesta e inicia el ritual de limpiar y abrir el bivalvo—.
¿Has estado en el restaurante? Mira la pantalla 12, la de la mesa del reservado.
Sergio da un paso hacia delante para ver mejor a esos dos hombres de unos cuarenta años que le señala su padre.
Uno de ellos, el que lleva el peso de la conversación y gesticula a un camarero para que le traiga unas cervezas, tiene el pelo rizado y rojo; el otro viste un traje blanco, ha dejado el sombrero a juego sobre la mesa. Liam Burke y Chris Griffin.
—¿Qué cojones están haciendo los Huérfanos en mi casa? —le pregunta su padre mientras echa limón al molusco—. Cómetelo; si prestas atención, hasta lo oyes gritar.
Sergio detesta los moluscos, le dan arcadas, su padre lo sabe perfectamente, pero es incapaz de negarse.
Se mete la concha fina en la boca e intenta tragarla sin masticar, evitar la textura que tanto le desagrada y la descarga de sabor a fango.
Tiene que cerrar los ojos para no vomitar mientras el bicho desciende hasta su estómago.
—Como tú los has dejado entrar, espero que tengas la misma habilidad para ponerlos en la puta calle. Cuando vuelva de hablar con la Hermana Mei, no quiero verlos en esas pantallas.
En cuanto Alberto sale, Sergio se sirve un vaso de ginebra y bebe de un trago para eliminar el rastro del molusco.
Se desanuda la corbata. La caja con hielo y pescado despide un tufo que inunda el despacho.
Su padre sigue comportándose como si fuera el niño pobre que se crio en las calles de Marbella y no una de las personas más influyentes de un lugar que se ha convertido en un centro internacional de los negocios.
Da igual cuántas veces le diga Sergio que debería vestir mejor, en lugar de seguir haciéndose los trajes donde José Luis el sastre; que hay gente con la que no debería tratar, como el Tiznao, y otros con los que debería tener más mano izquierda, como los Huérfanos; que debería dejar que él llevara el casino y preocuparse más por la desaparición de Marimar.
Pero su padre es un fenómeno de la naturaleza, un trueno que no atiende a razones.
Desde luego, no será él quien lo detenga, no recuerda una sola vez que haya escuchado sus consejos.
Solo existe una persona en Marbella —en el mundo— que tenga ese ascendiente sobre Alberto Pastor: la Hermana Mei.
La zona de las máquinas es la más grande y ruidosa del casino.
Hay de todo tipo: clásicas, de vídeo, de jackpot progresivo, multiplicadoras...
Las tragaperras se llenarán más tarde, ahora hay poco más de treinta jugadores.
La Hermana Mei es la única que está en la hilera de las Sweet Bonanza, su máquina favorita.
Sentada en un taburete, su figura menuda y encorvada por el trabajo y por los más de sesenta años que tiene recuerda a un cuervo; siempre con esas blusas grises y las faldas negras, largas y de tejidos bastos, que a Alberto le recuerdan a las que usaba su abuela cuando vestía de luto.
—No es inteligente mirarme con pena —le dice la Hermana Mei arrastrando un ligero acento andaluz y sin apartar los ojos de las luces de la máquina—, sino como a un ejemplo; no estoy tan vieja como tú, Alberto.
Él se sonríe. Le sigue sorprendiendo la capacidad de esta china minúscula para leerle el pensamiento.
Qiang, su sombra desde hace más de veinte años, le acerca un cesto a rebosar de monedas para que la Hermana Mei siga jugando.
Alberto y el guardaespaldas se saludan con un leve cabeceo.
Entre las mayores frustraciones de Alberto Pastor se encuentra la de no haberle arrancado ni media sonrisa a la cara marcada de viruela de Qiang: se conocen desde que aterrizó en Marbella, Alberto ha conservado su galanura al tiempo que Qiang endurecía su musculatura hasta convertirse en un bloque de hormigón de cincuenta y tantos años, casi siempre presente en sus encuentros con la Hermana Mei y, casi siempre también, en silencio.
—Una noche, podrías probar a que meta él las monedas; con esa carita de gatito de la suerte que tiene, seguro que te sale el premio. ¿Tú qué dices, Qiang?
Alberto intenta descifrar en el gesto imperturbable del guardaespaldas si le ha hecho gracia la burla o, por el contrario, lo ha ofendido.
—Deja en paz a Qiang. No tengo prisa con la máquina; tarde o temprano, sé que me va a dar el premio. —No sería la primera vez que la Hermana Mei llega al amanecer sentada en ese taburete—. Con lo que no estoy tan segura de ganar es con la velada del Marbella Arena.
—Nuestro luchador perderá por sumisión en el primer asalto. Puedes estar tranquila.
—¿Tanto como con la tenista que se iba a retirar lesionada hace tres meses? ¿O más bien como el futbolista que iba a ganarse una tarjeta antes del primer cuarto de hora?
Le gustaría responder con ingenio, pero no tiene ánimo para bromear. La Hermana Mei echa una moneda tras otra y la música de la Sweet Bonanza llena el silencio de Alberto. Sabe que debe sonar contundente.
—No volverá a haber fallos. La apuesta es segura. Tus cinco millones se van a multiplicar por tres.
Es una imagen extraña, la de Alberto Pastor en la cima de su poder, al frente del Casino Benamar (el despacho de abogados donde inició su carrera ya es solo una fachada útil para lavar dinero), y, sin embargo, asustado ante esa oriental hipnotizada por las luces y la música de la tragaperras.
Pocos imaginan que la Hermana Mei, además de ser la verdadera dueña del casino, es la persona más poderosa de Marbella: nada sucede en el complicado entramado de mafias y negocios ilegales establecidos en este pueblo sin su consentimiento.
Y Alberto ha sido testigo en primera fila de ese ascenso.
Sabe qué significa fallarle a la Hermana Mei.
«Se amontonan los problemas —piensa—. Las apuestas, la presión de Mei y encima la fuga de Marimar, que no ha encontrado peor lugar donde esconderse que en casa de Laura».