Los Huérfanos 1 #2
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Entra en el aseo del recibidor antes de besar a Guillermo, viene con ganas desde que se ha bajado del coche.

Él está preparando la cena en la cocina.

La canción —sí, quien canta es él, como ella sospechaba— habla de cruces de caminos, cowboys y mujeres crueles; no entiende cómo a un chico de clase media-alta de Las Rozas puede gustarle tanto el country y cantar esas letras con un entusiasmo que parece nacido en Nashville.

Nadie es perfecto. Guillermo tiene otros dones: es un estupendo cocinero, uno de los mejores abogados penalistas de Madrid y un portento en la cama.

El precio que tiene que pagar —escuchar esas canciones, ir a un concierto de vez en cuando o que aparezca a veces, cuando quedan, con un sombrero tejano— parece poca cosa en comparación con sus virtudes.

—¿Cómo ha ido el día?

—Mejor que al cowboy de tu canción; ¿en serio has escrito «Ella lo echó, como se echa la colilla de un cigarrillo a medianoche»?

—Esa frase la he copiado un poco, pero es que es tan buena... ¿Te gusta?

—La melodía es pegadiza —le concede. Sabe que una crítica negativa puede torcer a Guillermo el resto de la noche, y hoy no tiene fuerzas para eso—. ¿Qué hay de cena?

—Pimientos de piquillo rellenos de bacalao. En tu honor.

Guillermo rellena los pimientos y, mientras reduce la salsa, Laura piensa con envidia que él siempre encuentra tiempo para desarrollar una carrera brillante, ir al gimnasio, grabar y actuar con sus Corazones Salvajes y cocinar como un chef.

¿Qué está haciendo ella mal con su vida?

Tuvo el mejor expediente en la carrera y sacó las oposiciones a fiscal con el número dos de toda España hace doce años, pero desde entonces solo trabaja: los expedientes inundan sus días y ya no recuerda el tiempo que hace que no sale con amigas o dónde guardó esas zapatillas que se compró para el gimnasio cuatro o cinco años atrás.

—¿Has estado en la prisión?

—Strummer ha rechazado el acuerdo. Me ha hecho ir a Soto del Real solo para decírmelo en persona, todo un detalle. —El cinismo no hace sino subrayar la rabia de Laura, que saca una botella de vino blanco de la nevera.

—Es una decisión absurda. Tienes el caso más que atado.

—Si la testigo no se echa atrás en el último momento.

—Esa chica no va a tener más problemas por declarar. Al revés: ¿qué mejor manera hay de ponerse a salvo?

—De él, sí, pero ¿qué pasa con los otros? Liam Burke, Chris Griffin. Le he dicho que íbamos a protegerla, pero tú y yo sabemos que no podemos ponerle un policía en la puerta el resto de su vida. Por mucho que escondamos su nombre, esos cabrones la van a buscar.

—Con lo de Strummer, no les conviene hacer ruido: la Guardia Civil los tiene bajo el radar en Marbella. No les queda más remedio que asumir que al loco de Trevor Strummer se le fue demasiado la cabeza esta vez y que va a pasar una temporada a la sombra.

—Supongo que lo que pase en Marbella no es cosa mía. ¿Quieres? —pregunta a Guillermo después de servirse su copa de vino.

Él asiente, prefiere dejar de hablar de trabajo, el juicio de Strummer arrastra demasiadas implicaciones para Laura.

Quizá debería haber rechazado el caso, pero no lo hizo: vio en él una oportunidad de demostrar a todos que no tiene miedo, por mucho que esa investigación la pueda mezclar con los asuntos de Marbella.

Guillermo recoge la mesa. Pocas cosas alegran más a un cocinero aficionado que retirar los platos limpios, y Laura no ha dejado ni rastro del pimiento relleno.

Tampoco ha parado de beber vino: lo hace cuando está nerviosa.

O cuando va a un concierto de los Corazones Salvajes.

O cuando celebra la victoria en un juicio.

Y, a veces, cuando está sola, cosa que él ignora.

Si convivieran, sería testigo de esas horas muertas, de sus manías, de sus vicios, de la otra cara de Laura, que ella ha insistido en mantener oculta.

Al principio de la relación, él aspiraba a un roce más continuo, pero ella dispuso este esquema, el de verse dos o tres veces a la semana como mucho, y ha terminado acostumbrándose a él.

—¿Por qué no vienes a la cama? —le pregunta Guillermo—. ¿O vas a darle al vino hasta caer redonda?

—¿Es que no te gusta follar con una borracha?

—En realidad, te odio cuando estás sobria —se ríe.

Mientras hacen el amor, Laura olvida el caso, a Trevor Strummer y a Melca.

Las conexiones con Marbella. Guillermo recorre su cuerpo con la lengua, sabe encenderla, y Laura flota en un estado alejado de cualquier preocupación: se atenúan los traumas que le han hecho la vida imposible en otros tiempos: su vergüenza a mostrarse desnuda, los fantasmas familiares que a veces la atormentan.

Por desgracia, esa ansiedad regresa poco después del orgasmo.

En la oscuridad del dormitorio, intenta relajarse con la respiración acompasada de Guillermo abrazado a ella.

Pero hay algo dentro que siempre se retuerce. Una bestia al acecho.

El timbre de la casa la sobresalta. Consulta la hora en la pantalla del móvil: las tres de la madrugada.

Hace calor, aunque han dejado abierta la ventana del dormitorio.

Agosto se quiere despedir por todo lo alto y no deja que la temperatura descienda ni durante la noche.

Guillermo rezonga a su lado, entre sueños.

Laura se pone una camiseta y avanza descalza hasta la puerta.

El timbre estalla una segunda vez antes de que ella se acerque a la mirilla.

Tras la comprobación, que la deja atónita, enciende la luz y abre la puerta.

—¿Qué haces aquí, mamá?

Marimar tiene aspecto de cansada. A sus pies, una maleta de cabina y el aire de una prófuga.

—Por fin me he decidido, cariño. He dejado a tu padre.