Los Huérfanos 1
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Nada es normal con un preso como este.

—No hace falta que le diga qué tiene que hacer si se siente incómoda —le recuerda el funcionario, un hombre entrado en los cincuenta, de mirada desconfiada. Los años que ha trabajado en esta cárcel le han enseñado que nunca se puede bajar la guardia.

—Gracias —murmura ella.

Es difícil no sentirse intimidada cuando se entra en ese despacho.

La habitación sin ventanas, la puerta que se cierra a su espalda, los ojos del funcionario que la observan a través del ventanuco; aunque no pueda escuchar, mantendrá contacto visual durante todo el encuentro.

La mesa metálica, su silla, también metálica, esperándola vacía frente al acusado y su abogado.

Es consciente de que cualquier titubeo en su lenguaje corporal se asumirá como una muestra de debilidad.

No necesita fingir. No le tiene miedo.

—Espero que no haya sido una complicación venir hasta aquí —le agradece Losada con sus maneras melifluas cuando se levanta a saludarla. El traje que lleva debe de costar cuatro sueldos de Laura—. Dadas las circunstancias, se hacía difícil celebrar esta reunión en la Audiencia Provincial.

—Estoy al tanto de la situación de su representado.

—No es que sea un grosero, pero...

Al mover las manos, suena el chasquido estridente de las esposas atadas a la mesa.

Trevor Strummer le sonríe sin esconder sus dientes mellados.

Los pies no le llegan al suelo, apenas supera el metro cincuenta, y con ese pelo revuelto podría parecer un niño travieso, pero no es esa la palabra que lo define.

—Me doy por saludada.

Se sienta. Deja el maletín en el suelo y saca una carpeta con el acuerdo.

Al colocarla sobre la mesa, ve el botón del pánico.

Si lo presiona, el funcionario entrará en el despacho y se llevará a Strummer.

No lo va a hacer, aunque el irlandés intente provocarla si la reunión no se desarrolla como él espera.

Comprueba que el funcionario sigue vigilando a través del ventanuco antes de hablar.

—Entiendo que su abogado le ha puesto al tanto de los detalles.

—Mi defendido ha sido informado y está de acuerdo. Solo queríamos discutir algunas cuestiones menores...

Mientras Losada pide una rebaja en la indemnización a los familiares, Laura desvía la atención hacia Strummer. Ajeno, como si no estuvieran hablando de su futuro, el irlandés juguetea con la uña de su dedo índice, tiene una mancha morada tan espesa que parece pintada.

—Fue un accidente —interviene de pronto, cuando nota la mirada de Laura.

Tiene un español fluido, aunque arrastra su acento irlandés—.

Me han metido en aislamiento mientras la cárcel hace su investigación, pero no fue como piensan.

A mí, el colombiano me caía bien; se enganchó con el horno de la panadería y yo fui a sacarlo...

—Levanta la mano tanto como las esposas se lo permiten y muestra esa uña ennegrecida—.

Me llevé una buena hostia. No sé por qué coño me tratan así.

—No estoy aquí por ese asunto —responde seca.

—Creo que ochenta mil euros para los familiares del fallecido es más que suficiente, estamos hablando de una categoría cuatro: un hermano —suelta Losada mientras hojea la propuesta.

—No voy a firmar esa mierda —corta Strummer a su abogado.

Laura se toma su tiempo para contestar. No quiere que el irlandés piense que tiene ninguna prisa. Mucho menos que necesita que este acuerdo se firme. Él tampoco parece alterado; está centrado en su uña, la despega del lecho del dedo, está partida.

—Creo que la fiscalía está siendo muy generosa. Quince años de condena que, como todos sabemos, en el juicio podrían convertirse en veinticinco.

—Strummer, la fiscal tiene razón: es un buen acuerdo.

—Si fuera culpable —responde tranquilo—. Pero soy inocente.

—Tal vez debería tener una charla en privado con mi cliente —murmura Losada, que no esperaba esa salida de su defendido.

Esta descoordinación entre el abogado y Strummer le viene bien a Laura.

—¿Quieres una caña de chocolate? —le pregunta de repente el irlandés—. ¡José Luis, trae una caña de chocolate a la fiscal! Las hacemos en el taller de panadería, los martes. Están de la hostia. Tienes que probarlas. Si me quedara más tiempo, me sacaba el carnet de panadero.

—Lleva en esta prisión desde 2024. Ha tenido dos años.

—Nunca he sido buen estudiante —le dice él, tenso, no le gusta que nadie se burle de él, pero luego vuelve a sonreír—. ¡José Luis! ¿Y esa caña? Aprieta el botón del pánico, que no nos oye...

—Gracias, pero no tengo hambre. Como le decía, los términos del acuerdo de conformidad son los mejores que podemos ofrecer y creo que debería firmarlos.

—¿Sabes lo que yo creo? Cállate, Losada —le ordena a su abogado, que intentaba intervenir —.

Lo que yo creo es que dos años en prisión para alguien que no ha hecho nada son demasiados.

Quiero un juicio. No solo para salir libre, sino para que el Estado me pague cada puto día que he pasado aquí dentro.

—Señor Strummer, las pruebas son indiscutibles.

El día 15 de octubre de 2024, usted atacó a Ramón Castillo, de profesión camionero, en el aparcamiento del hotel Eurostars Arenas de Pinto.

Le produjo varias contusiones y un total de catorce fracturas craneales al golpearle la cabeza contra el asfalto.

Ocho de estas fracturas son post mortem .

El ensañamiento está fuera de toda duda: siguió golpeándolo después de muerto.

—La policía fue a por mí. Manipularon las pruebas. Yo pasaba por ahí y esos cabrones se cebaron conmigo.

—No solo disponemos de pruebas forenses, señor Strummer.

La sonrisa del irlandés se ha evaporado, juguetea con su uña partida, la levanta, tiene la piel pegada a la placa, pero no aparta la mirada de Laura. Si no estuviera esposado, saltaría sobre ella como un animal enloquecido.

—¿Y qué otras pruebas tenéis, señorita fiscal?

Laura saborea su victoria en silencio. Solo por verlo asustado como ahora, en ese despacho de la prisión, ya ha merecido la pena el paseo.

—Un testigo ocular.

El irlandés suelta un chiflido de tetera a través de sus dientes mellados y, luego, se ríe. Una carcajada excesiva, que se extiende en el tiempo, como una grieta que se niega a cerrarse. Laura mantiene la compostura, no se va a desconcentrar con los excesos de Strummer.

—¿Y quién es ese testigo? ¿O es una mujer? ¿La putita de Ramón? Porque me dijeron que estaba en el hotel con una chica...

—Esa es una información que no puedo darle.

—¿Una testigo protegida? ¡La leche! ¿Has oído, Losada? ¡Tienen una testigo protegida! No reparan en gastos conmigo. Porque le habréis puesto protección policial, ¿no? Por su bien.

—La verdad, no le entiendo, señor Strummer. Le estoy ofreciendo quince años de prisión en lugar de los veinticinco que cualquier juez dictaría, y a usted le parece divertido. Creo que no es consciente de cuál es su situación.

Strummer calla. Losada, que ha asumido su papel de espectador, guarda también silencio. Trevor tira de la uña rota y trata de separarla del lecho del dedo. Parece disfrutar con el dolor.

—Por mí, puede terminar... —Laura señala la uña con un gesto de la barbilla.

—Es que me molesta. —Sin perder la sonrisa, Strummer arrastra la uña lentamente y la piel se estira pegada a la placa de queratina hasta que se la arranca del todo—. Cuando algo molesta, es mejor quitárselo cuanto antes.

Una gota de sangre le resbala por el dedo mientras él deja la uña encima de la mesa.

—¿Sabes qué es lo que estoy pensando yo, señorita fiscal?

Que tienes miedo de ir a juicio. Si estuvieras tan segura de que me tienes cogido por los huevos, irías a por los veinticinco años, no a por los quince.

Pero no quieres obligar a esa «testigo protegida» a testificar, ¿me equivoco? Está cagada.

Responderle significaría entrar en su juego, así que guarda la carpeta con el acuerdo.

—Hemos terminado, señor Strummer. Losada —Laura se pone en pie—, nos veremos en el tribunal.

Recoge su maletín, camina hasta la salida y avisa para que el funcionario le abra la puerta. No sabe si Strummer se retractará en el último momento. Cuando la llama, parece que va a hacerlo:

—¡Señorita fiscal!

Ella lo ignora.

—¡Dile a José Luis que te dé una caña de chocolate! —grita el irlandés—. De verdad, no te la puedes perder.

Laura ni siquiera se da la vuelta. Sabe que, si lo hiciera, se encontraría con la sonrisa psicópata de Trevor Strummer celebrando lo que él cree que es una batalla ganada, o quizá vertiendo una amenaza aún más explícita contra esa testigo.

En el fondo, ella prefiere que haya sido así.

Prefiere que le caigan veinticinco años en lugar de quince.

El resto del día, Laura Pastor lo pasa con mal sabor de boca: Trevor Strummer puede ser un asesino impulsivo, violento, pero no es estúpido.

No será fácil convencer a Melca, la testigo protegida, de que llegue hasta el final.

De que tendrá toda la seguridad en el juicio, de que el irlandés no podrá tocarla.

Un mal sabor de boca porque sabe que es mentira.

Para Melca, el peligro no terminará con la condena de Trevor Strummer.

Desde el descansillo de su apartamento, un piso dieciséis de un edificio de la zona de AZCA, se oye la música que Guillermo pone más alta de lo que debe.

Un día los van a denunciar; Laura tiene que decirle que ponga el volumen que le dé la gana cuando estén en el apartamento de él, pero que ella no quiere problemas con sus vecinos —aunque están juntos desde hace seis años, cada uno vive en su propia casa—.

Es música country, a ella no le gusta mucho, pero, a su pesar, algo ha terminado aprendiendo de esa pasión de su pareja.

Cree que lo que suena es una modalidad a la que llaman bluegrass , con violines, banjos y mucha energía.

Es probable que sea una grabación de su propio grupo, los Corazones Salvajes.

—Ya estoy en casa.