Los Huérfanos Belfast, 2004-2015 #3
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Belfast, 2004-2015 #3

—Esto estaba lleno de ratas, ¿te acuerdas?

—Strummer se ríe y deja escapar un silbido por su boca mellada.

¿Recordará el padre Boyle ese pitido que suelta al reír?

—. ¿No te daba asco bajar? No, a ti no, no te importaba una mierda, sabías que aquí tenías lo que querías...

O lo que quería Dios. Eso decías, que Él me había encomendado esa misión.

Ahora no veo ratas por aquí, ¿las habéis exterminado?

No pasa nada. He traído las mías. ¿Las quieres ver?

La pequeña jaula que ha traído está rodeada por una malla de alambre para que no puedan escapar. Son minúsculas, blancas, en apariencia inofensivas. Pero, al retirar la tela negra que cubre la jaula y al notar la luz, han empezado a aullar como si fueran lobos.

—Dicen que se las oye a cien metros. Yo creo que exageran. Y aquí no las va a oír nadie. Eso tú lo sabes bien, daba igual lo que yo gritara, nadie se enteraba.

La mirada del padre Boyle aterriza en los animalillos que le acerca Strummer.

Lleva jubilado casi diez años y se le ha nublado la vista, pero cree que nunca ha visto unos ratones iguales.

Le cuesta centrar su pensamiento, su cerebro funciona como una máquina obsoleta, no sabe por qué tarda tanto en preguntarse quién es ese hombre bajito y fibroso, con esa risa extraña.

¿Qué está haciendo en el sótano? Hacía años que no bajaba aquí.

—Los llaman ratones saltamontes y vienen de Estados Unidos, del desierto de Sonora —explica Strummer—.

No te creas que ha sido fácil traerlos a Irlanda.

Pero si meten cargamentos con toneladas de cocaína, cómo no se van a poder colar unos ratoncillos.

Encargué sesenta, cinco docenas, muchos se me han muerto, solo me quedan treinta.

Si cierras los ojos y escuchas, parecen lobos.

Es curioso, ¿no? Pero eso no es lo mejor, lo que me hizo pensar en ellos para ti es que son carnívoros.

No es que tengan una mandíbula muy fuerte, pero son unos hijos de puta...

—Strummer se ríe de nuevo mientras le quita de un tirón la cinta de la boca—.

Los probé con un perro. Tendrías que ver lo que le hicieron...

—¿Quién eres? —dice el padre Boyle tan pronto puede hablar.

Strummer esboza una mueca de payaso triste. Realmente le decepciona que el padre no lo recuerde. Arrastra una vieja silla para sentarse frente a él.

—¿Tanto he cambiado? ¿O es que ya se te ha hecho puré la cabeza?

El padre Boyle recorre con su mirada acuosa al hombre que tiene delante: luce un par de cicatrices en el rostro, seguramente resultado de alguna pelea reciente.

El pelo con abundantes rizos desordenados.

Los ojos llenos de rabia, aunque su boca intente dibujar una sonrisa.

Está mellado. Le faltan las palas superiores.

—Trevor Strummer. —Su voz sale ronca. Sabe por qué está ahí y suplica—: Perdóname.

Pero no es la hora del perdón, es la hora de la venganza. Con la mano enfundada en un guante de cuero grueso, Trevor Strummer saca uno de los ratones, que enseña sus dientes con avidez.

—Hay que tener cuidado con estos bichos, sus mordiscos duelen... Abre la boca.

—No me hagas eso, por favor... Ten piedad...

—Abre la boca o te la abro yo. ¡Ábrela!

El padre Boyle obedece, los ojos se le han llenado de lágrimas. Strummer le mete el ratón dentro de la boca y vuelve a cubrirla con la cinta americana.

—¿Te hace cosquillas con su naricita?

El padre se agita, no son cosquillas, es dolor... El ratón le muerde la lengua, los carrillos por dentro... El cura ha decidido reaccionar y defenderse, ha mordido al roedor, sus dientes han hecho crujir los huesos del animal.

Strummer le quita la cinta de un tirón, los dientes del padre Boyle están teñidos de rojo, hay pedazos de la carne del ratón entre ellos. Escupe una amalgama de saliva, carne, pelo y vísceras. Le mete tres, cuatro, cinco ratoncillos y vuelve a amordazarlo.

De pronto, el carrillo izquierdo del cura se abulta y se tensa como un globo a punto de estallar. Por allí asoma de pronto uno de los ratones embadurnado de sangre, pero el agujero que ha hecho no es suficiente para salir.

Strummer saca más ratones. De nuevo retira la mordaza y embute uno tras otro en la boca del cura, seis, ocho, diez.

Boyle patalea, pero las bridas le impiden moverse.

Su expresión va más allá del espanto. Esta vez la carnicería es inmediata.

La sangre escapa del cuerpo del cura por todos sus orificios, por la boca, por la nariz, por las orejas.

Los ratones se están dando un festín, se abren camino en el interior de su presa, horadan túneles en la boca, en la garganta, en busca de una salida.

La piel del sacerdote se amorata, los ojos se le salen de las órbitas, el corazón se le para.

Del cuerpo sin vida salen unos aullidos espantosos que animan a los ratones todavía enjaulados.

También ellos aúllan, quizá excitados por el olor de la sangre, y saltan como endemoniados, deseando entrar en acción.

Strummer mira por última vez al padre Boyle, desmadejado sobre un charco de sangre y heces en el suelo, las paredes húmedas del sótano que tanto pavor le infundían.

Ha saldado una deuda con el niño asustado que fue.

El miedo ya no tiene cabida dentro de Strummer.

Ahora, el miedo es él.