Belfast, 2004-2015 #2
La ciudad ya no les resultaba tan hostil, la gente los respetaba.
Una tarde descubrieron The Left Hand, un pub con buen ambiente, y empezaron a frecuentarlo.
Fue allí donde vieron aparecer a una pelirroja risueña que tragaba cerveza como el que más.
A Strummer y Burke no les pasó desapercibido cómo su hermano Griffin la miraba tan fascinado como si hubiera visto pasar un cometa.
Rompió su timidez y la invitó a una partida de dardos.
A pesar de que Amber, así se llamaba la pelirroja, llevaba varios litros encima, hizo todos sus lanzamientos con la precisión de un francotirador.
Era una chica preciosa y alegre, hacía reír a Griffin, le quitaba la pátina de seriedad con la que andaba por el mundo, siempre hablando de esos libros que leía, de sus planes de estudios y de aprender idiomas, como si fuera un intelectual y no un delincuente de poca monta en los barrios bajos de Belfast. Se hicieron novios, pero eso no lo alejó de sus amigos; el juramento que habían hecho en el orfanato, dar la vida por los demás si era necesario, estaba por encima de todo: de los amoríos de Griffin, de los estallidos de violencia de Strummer, de la detención de Burke con casi medio kilo de heroína encima...
De una sentencia firme de siete años de cárcel que cayó sobre los huérfanos como un jarro de agua fría.
¿Cómo podrían salir adelante sin Liam Burke?
Aunque Griffin fuera capaz de diseñar las estrategias para ganar dinero, necesitaba las habilidades sociales de Burke para hacerlas realidad.
Sin él, tampoco sería capaz de contener a Strummer: desde aquella paliza a la señora de la tienda de comestibles, era raro el día que no terminaba en un altercado.
No fueron años fáciles. Para ganarse la vida, se arrimaban a los peores trabajos: lo mismo llevaban unos gramos de coca a la fiesta de una mansión de Malone Road, que tomaban nota de las apuestas ilegales del hipódromo de Downpatrick o de los combates de boxeo sin reglas en un gimnasio clandestino de Donegall Quay.
De vez en cuando, visitaban a Liam en la cárcel de Kilmainham.
En la última visita, cinco años después de su detención, su amigo, más delgado y con la mirada más dura que nunca, les dijo que, según su abogado, lo iban a soltar enseguida porque ya había cumplido dos tercios de su condena y le aplicarían la reducción por buena conducta.
—Es la ventaja de portarse bien.
Griffin y Strummer se alegraron de que el reencuentro de los tres huérfanos estuviera tan cerca.
—Pero no quiero volver a la mierda de vida que llevábamos —dijo con firmeza—. Ya os contaré más cuando estemos en el pub, con una pinta de por medio.
Griffin hace un gesto al camarero de The Left Hand para que les sirva otra ronda.
No sabe cuántas puede llevar Amber, con la mitad él ya habría caído inconsciente, pero ella sigue paseando por el pub ligera y afilada como un cuchillo.
Por fin llega el momento. La puerta se abre de un fuerte embate.
Es Burke quien entra, y de pronto es como si no hubieran transcurrido los años.
Todo vuelve, los abrazos, las viejas bromas, la camaradería y, por supuesto, la pinta de Harp en las manos de ese hombre que bebe con ansiedad, como si quisiera recuperar cuanto antes el tiempo perdido.
Cuando pasan los efluvios del reencuentro, de la puesta al día —Griffin le enseña su recién ganado título de graduado en Económicas en la universidad, Strummer le cuenta sus correrías con Emiliano, un mexicano con el que ha dado algún que otro golpe—, se sientan a una mesa colocada en un rincón.
—Ya está bien de este asco de vida entre drogas y palos de poca monta.
Yo no quiero volver a pisar la cárcel —les anuncia Burke—.
Ahora vamos a jugar a lo grande. Vamos a irnos con los que ganan dinero de verdad.
Con los que mueven la mercancía sin tocarla.
Esos no van a la cárcel nunca. No se ensucian.
—¿Y dónde están esos cabrones, en Malone Road?
—No están en Belfast, Trevor. Están tumbados al sol en España, se follan a todo lo que se mueve y hacen caja. ¿Habéis oído hablar de Marbella?
Burke les describe esa ciudad andaluza y les cuenta cómo los jefes de las mafias más importantes se han instalado allí.
—Me he hecho amigo de un colombiano en Kilmainham. Me contó cómo funciona el negocio y me dio los contactos que necesitamos. Hasta he aprendido algunas cosas en español: dame una cerveza, hijo de puta, cabrón, cómeme la polla.
—Por... ¿cómo se llamaba ese pueblo? —dice Griffin levantando su pinta.
Burke se inclina hacia Strummer, que silba a través de su boca mellada.
—¿Qué te pasa? ¿No tienes ganas de venirte al sur y follarte a un buen montón de toreros en Marbella?
—¿Marbella, toreros? Suena bien... ¿Cuándo?
—Pronto. En un mes.
Strummer levanta su pinta. Brinda por ese futuro en España, pero no les cuenta que hay algo que debe resolver antes de marcharse de Irlanda.
—Voy a estar unos días fuera de Belfast —dice a sus hermanos—. En cuanto vuelva, hacemos las putas maletas. A follar toreros.
Llevar al padre Boyle al sótano ha sido más fácil de lo que pensaba, el hombre que tanto terror le causaba de niño se ha convertido en un anciano débil y de carnes fofas, ni rastro del buitre que a veces creía ver cuando su silueta se dibujaba en el umbral.
Le ha puesto una inyección con una dosis muy baja de midazolam mientras dormía, para que su sueño fuera aún más profundo.
Una vez en el sótano, le cuesta despertarlo, pero quiere que el viejo sea consciente de lo que le va a ocurrir.
Satisfecho, lo observa en la silla en la que lo ha dejado, con cinta americana en la boca y con las manos y los pies apresados por bridas.