Los Huérfanos Belfast, 2004-2015
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Los Huérfanos

Los Huérfanos

Por Carmen Mola

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Belfast, 2004-2015

—Me haces cosquillas con la nariz.

La primera vez que lo escuchó, Trevor Strummer no supo interpretar si se trataba de un elogio o de una recriminación. Como tampoco pudo prever que esas palabras le iban a perseguir el resto de su vida, que serían como la combinación de una caja fuerte en la que habitaban sus peores demonios.

—Me haces cosquillas con la nariz.

¿Puede una frase, en apariencia inocente, tener ese poder devastador?

La verdadera pesadilla para Strummer no empezó el día de su ingreso en el orfanato de Rubane House, sino cuando cumplió once años y un chico rubio llamado Fergus, que ya tenía quince, abandonó la institución para trabajar en una lechería en Omaha.

Hasta ese día, Fergus había sido el favorito del padre Boyle.

Durante los años siguientes, ese honor recaería en Trevor Strummer.

El mismo día que Fergus se marchó, el padre Boyle fue a buscarlo a las duchas.

Sin darle la oportunidad de vestirse, todavía mojado, lo arrastró hasta las escaleras que bajaban al sótano, le tiró una toalla para que se cubriera y lo dejó allí encerrado durante horas, o al menos eso le pareció a Strummer.

Las ratas correteaban a su alrededor, la humedad del sótano de Rubane House lo atería de frío, de miedo y de soledad.

Allí abajo no podía protegerlo Liam Burke, que tenía la misma edad que él, pero era mucho más alto y hasta los mayores lo respetaban.

Tampoco Chris Griffin, el primer interno que le mostró algo de afecto cuando todos se burlaban de su falta de dientes y del peculiar silbido que se le escapaba por el hueco que deberían ocupar los incisivos superiores.

Los tres habían ido a parar al orfanato de Rubane House, en Kircubbin, un edificio aislado en la orilla de la ensenada de Strangford, cuando eran solo unos niños.

Trevor Strummer y Chris Griffin llegaron el mismo día, tenían solo seis años, pero su vida ya había sido más difícil que la de la mayoría de los adultos y lo que tenían por delante sería aún peor; cómo no sentir miedo entre esas paredes desangeladas de piedra, con esos techos altos y un pelotón de internos que los insultaban, que se burlaban y amenazaban con pegarles.

Cada día, cada minuto, cada segundo parecía que iba a ser el momento de la paliza.

No estuvieron a salvo hasta que Liam Burke, ese corpulento niño con el pelo rojo y alborotado como una hoguera, los acogió bajo su ala.

—Si no os hacéis respetar, os van a aplastar.

Tarde o temprano, vendrán a por vosotros.

Son más y tienen más fuerza, por eso tenéis que ser los primeros en atacar, cualquier excusa vale.

Y hacedlo como bestias con el que se os acerque, como si fuerais unos putos locos, para que los demás os tengan tanto miedo que no se atrevan a intentarlo.

Esa noche tuvo la oportunidad de demostrar que no hablaba en broma. Un chico de doce años, el doble de grande que ellos, le había robado una manzana. Burke fue a buscarlo a su cama mientras dormía y le cortó con una cuchilla las comisuras de la boca.

—Le he dejado sonrisa de payaso. —Se burló—. Va a dar gusto verlo comer sopa.

Nunca más le robaron nada a Liam Burke. Tampoco a sus dos amigos.

Trevor Strummer se sentía seguro a su lado, pero en el sótano de Rubane House no podía contar con él.

Nadie se atrevía a tocarle un pelo al padre Boyle, era el amo de ese lugar, solo con chasquear los dedos podía acabar de un plumazo con los tres.

Estaba abandonado a su suerte, sin más compañía que la de las ratas que lo observaban desde las sombras.

El único consuelo era recordar las palabras de Burke: «No voy a aguantar mucho más aquí, me voy a escapar.

El que quiera que venga». Resultaba imposible no seguir a esa antorcha de pelo rojo, siempre tan confiado en sí mismo y en que los tres merecían un futuro mejor.

Oyó los pasos del sacerdote bajando las escaleras y un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

Se obligó a pensar en ese futuro espléndido con sus hermanos, porque así llamaba a Griffin y a Burke, sus dos hermanos huérfanos.

El padre Boyle abrió la puerta, y el chirrido resonó contra las paredes desnudas.

Su silueta de buitre se acercó en un silencio irreal.

Le levantó la barbilla para que escuchara bien qué esperaba de él.

—Lo mismo que me hacía Fergus. Ni más ni menos. Esa es la misión para la que Dios te ha elegido.

Strummer sabía que era inútil resistirse.

Se puso de rodillas y el cura se abrió la bragueta del pantalón.

Le introdujo el pene flácido en la boca y el niño intentó dibujar los contornos de la vida que le esperaba con Burke y Griffin fuera del orfanato, una vida de aventuras, de lujos y juegos, de risas y de travesías por el océano.

—Me haces cosquillas con la nariz —le dijo el padre Boyle, y esa sería la frase que anunciaba la tortura y que escucharía con demasiada frecuencia.

Una vez, dos a la semana. Tres veces durante algunas temporadas. Fueron meses que se convirtieron en años.

No solía penetrarlo. Prefería la boca de Strummer, y él advirtió desde el primer día que era imposible limpiarla del sabor agrio del semen.

La rabia y el odio fueron aprisionándolo y lo convirtieron en un niño callado, porque detestaba su propia boca sin dientes, porque se sentía estúpido cuando, al hablar, se le escapaba ese chiflido que sonaba como una tetera hirviendo.

Al regresar del sótano, Chris Griffin abandonaba los libros que tanto le gustaban y lo arropaba con una manta; Liam Burke apretaba los puños y juraba venganza, le repetía que el padre Boyle tendría que pagar por el daño que le estaba haciendo a su hermano, y luego lo abrazaba hasta que Trevor Strummer dejaba de llorar.

Todos veían su sufrimiento, su humillación, pero no veían la rabia que estaba bullendo en su interior, como en una olla a presión. No llegó a explotar porque, el día que cumplía dieciséis años, Liam Burke anunció sus planes:

—Esta noche nos vamos de aquí. A la una os quiero despiertos, vestidos y con lo que os queráis llevar en la mochila. Es nuestro último día en este pozo de mierda de Rubane House. Jurad que no dejaréis a ninguno atrás. Somos una familia, y si hay que dar la vida por uno de los hermanos, se da.

Las pupilas de Griffin y de Strummer brillaron de vértigo, de ilusión y de miedo.

Belfast, 2015-2020

Los primeros tiempos en Belfast no fueron fáciles.

Querían parecer chicos duros de la calle, pero fuera de Rubane House no eran más que tres niños que la mayoría de los días se iban a dormir a algún portal sin haberse echado un poco de comida a la boca.

Como siempre, fue Burke quien decidió que las cosas debían cambiar.

Entraron en una tienda de comestibles como tres animales salvajes, exigiendo el dinero de la caja.

Una señora delgaducha y encorajinada los llamó hijos de puta, les escupió y los amenazó con un palo que guardaba bajo el mostrador.

Griffin intentó hacerla entrar en razón: no merecía la pena resistirse, era más fácil entregar las libras que tuviera.

Burke no pensaba marcharse con las manos vacías y, a falta de dinero, empezó a coger todo lo que encontró en los estantes.

Al menos tendrían algo para la cena. Strummer miró a la señora desde su metro cincuenta y, de repente, explotó: saltó sobre el mostrador y agarró a la mujer de la cabeza.

Ella no tuvo tiempo de defenderse y cayó al suelo por la embestida de esa pequeña bestia, y él le arrebató el palo.

La golpeó en el estómago; en los brazos, con los que ella trataba de protegerse la cara hasta que ya no pudo más; en la nariz.

Se la partió y la sangre brotó como un volcán, pero ni siquiera eso lo detuvo.

Siguió golpeándola, aunque la señora ya no se defendía.

Si Burke no llega a intervenir, la habría matado.

Ese día, descubrió que había algo adictivo en el hecho de liberar toda su rabia, en la violencia, en sacudir a ese bulto con el palo hasta que le dolían los brazos, en los borbotones de sangre que regaban el rostro de la mujer y le manchaban las manos.

El niño tímido, el que sufría en silencio las vejaciones del padre Boyle, se había convertido en un salvaje.

Comenzaron a vivir mejor, por los robos y porque Chris Griffin animó a Burke a menudear con heroína.

Con los contactos apropiados, era un negocio mucho más rentable.

Dormían en hostales y comían estofado y pastel de riñones con cerveza.

Alquilaron una casa en el barrio de Shankill Road.

Griffin encargó un traje a medida en una sastrería de Victoria Square y ya nunca dejó de vestir como un dandi.

Habían formado una sociedad en la que cada uno tenía claro su rol: Burke era el líder; Griffin, el cerebro en la sombra; Strummer, el perro de presa.