Capítulo 33
—Así que el precio por destruir el Ojo de Nyxar era pagar con los miedos…
Y el mayor miedo de Iron Shadow era convertirse en una bestia —reflexionó Dalton mientras avanzaban por un gran prado, donde la hierba luminosa se pegaba a sus botas—.
¿En todos estos meses no has sabido nada de su paradero?
¿Y los demás? ¿Las otras cerraduras? ¿El precio que pagaron fue tan alto como el suyo?
—Rai Raider lo ha buscado por todos los rincones de este mundo y no… no ha encontrado ningún dragón, como si se hubiera esfumado. Pero no fue el único precio. Liral pagó con su memoria, y Valeska, la zarkass, se cambió por Adriel, y su precio fue quedarse ciega.
Savannah le había explicado que allí, en Bankai, habían pasado cinco meses desde la destrucción del Ojo, pero en Pramvera apenas habían transcurrido unos días.
Esa distorsión del tiempo les daba ventaja a quienes permanecían en Bankai: podían buscar, planear y resistir mientras, en el imperio, todo parecía seguir casi intacto.
Por eso aún existía esperanza de encontrar a Skylar, aunque para ellos hubiera pasado lo que se sentía como una eternidad.
Dalton le preguntó por qué deseaba que el tiempo fluyera tan rápido en Bankai, pero aún no era el momento de responder a aquello, así que Savannah le dijo:
—Aquel día, en el campo de batalla, justo antes de que murieras, después de que Valeska y Adriel salieran de la ciudad enterrada bajo el imperio, le dijeron algo a Eda que yo… yo…
—¿Qué fue lo que vieron?
—No es lo que vieron, Dalton, sino a quiénes vieron… Ahí abajo hay gente. Hay jinetes. Vivos.
Dalton parpadeó incrédulo.
—¿Jinetes? Eso… eso es imposible. ¿Cómo van a llevar siete milenios bajo tierra?
—Es lo único que sabemos, por ahora —respondió Savannah—.
Ella debió de encerrarlos cuando yo… morí.
—Se llevó una mano al pecho, a aquella herida—.
Por muchos pecados morales que cometieran aquellos jinetes, han pasado demasiados milenios.
Tiempo suficiente para reflexionar, para cambiar.
O al menos para merecer una oportunidad.
—Alzó la mirada, decidida—. Hay que sacarlos de ahí.
Durante todo ese tiempo, Savannah se había preguntado qué había ocurrido en su imperio después de morir. Le había dado vueltas a todo una y otra vez, a cómo dejó a los jinetes a su suerte, condenados a desaparecer; a si podría haberlos salvado de aquel final…
—Sé que estás evitando el tema —dijo al fin—, pero tienes que contármelo, Savannah. Tienes que hablarme de Marcelin.
Marcelin…
Hacía mucho tiempo que no escuchaba su verdadero nombre.
Savannah dejó de caminar y levantó la vista hacia su casa, que se alzaba en medio del valle, apartada de las grandes ciudades, aislada de todo ruido que no fuera el viento.
Era alta, de más de tres plantas; la piedra de la estructura se fundía con la vegetación, con enredaderas trepando por las fachadas y musgo cubriendo los balcones.
Aquel había sido el lugar donde ella y Eda habían pasado el tiempo, un refugio lejos de todo.
—No hay nada que decir, Dalton. Marcelin…
, la Dama…, me mintió toda la vida. Mi mejor amiga me traicionó porque la maldita locura la impulsó a hacerlo.
Fui yo quien la empujó a ser así. Yo era joven y estúpida, convencida de que vengarme de la hipocresía que me rodeaba era justicia.
O quizá fue ella quien, desde el primer momento, condujo al imperio directo a la ruina.
Han pasado siete milenios y aún no sé qué ocurrió en realidad aquel día.
—Sé que piensas que fuiste tú quien la convirtió en un monstruo.
—¿Acaso no es eso lo que siempre se ha dicho? Que todo empezó por mi culpa.
—Te olvidas de que es una manipuladora.
—Todo manipulador tiene un origen. Siempre hay alguien que empuja, que enseña, que normaliza cruzar límites. Nadie se vuelve así porque sí. La diferencia es que algunos asumen lo que han hecho…, y otros prefieren convertir su herida en poder y llamar destino a sus decisiones.
Dalton se cruzó de brazos y alzó la mirada al cielo, como hacía siempre que necesitaba pensar.
—Skylar sabía que la Dama tenía un propósito mayor para el Ojo —concluyó—. Sabía que había planes detrás, y que esos planes te implicaban a ti. La Dama quería anular tu magia para terminar lo que empezó: el olvido, los jinetes…, todo formaba parte de un plan cuyo centro eras tú. Y él lo sabía.
—Sí. Skylar era consciente de ello.
—Entonces no pagó el precio solo por Eda —continuó—. Lo pagó también por ti. El Ojo os involucraba a las dos más que a nadie.
Savannah entreabrió los labios, como si fuera a decir algo, pero no salió ningún sonido. La culpa le apretó el pecho y tuvo que tragar saliva para contener las lágrimas.
—Cuando me llevé tu alma y miré a mi hermano, supe que era una despedida. Una puta despedida. Porque él era consciente de que quizá no volvería a verme nunca.
Dalton le cogió la mano y continuaron el paseo, escuchando el sonido lejano de las criaturas corretear por la hierba.
—Cuando hablé con él, le pregunté por ti. No entendía por qué no estabas en Pramvera, por qué no luchabas allí si tenías tanto poder. Te había visto sobrevolar Valdemar, montada en el dragón de sombras… —Alzó la vista hacia ella—. ¿Es que no puedes salir de Bankai?
—Es parte del precio que pagar —dijo al fin—. Los fantasmas no pueden abandonar Bankai libremente; solo cruzan cuando hay luna de sangre. Yo sí puedo hacerlo, pero en aquellas ocasiones en que mi función como la guadaña lo exige.
»Aquel día, en Valdemar, hubo demasiados muertos. Y en el campo de batalla, también. Por eso estuve allí. Pero mi poder no funciona fuera de Bankai como lo hace aquí; en Valdemar solo estaba usando de forma limitada el poder que mi hermano me dejó prestado. Fuera de Bankai no sirvo para luchar.
—Entiendo.
—Con ella juego con ventaja —continuó—. Lo que le prometí antes de morir fue real, Dalton.
Cuando deseé que no pudiera reconocerme…
, se cumplió. Ella sabe que tiene que encontrarme, pero no puede verme ni identificarme.
Su propio plan la arrastra hacia mí, aunque no sepa quién soy.
—Apretó los labios—. Su cuerpo cambió, ya no tiene el mismo rostro; solo conserva el color de sus llamas en los ojos.
No sé cómo fue capaz de hacerlo… Hay demasiadas cosas que aún se me escapan.
Jamás había hablado tanto de ella. Skylar, Rai, Syera y Eda conocían lo básico de la historia, los hechos, pero no lo que había sentido.
Nunca el peso real de aquella traición. Y eso era extraño en Savannah, porque siempre había sido transparente, incapaz de guardarse nada.
Pero cuando se trataba de ella, de lo que ocurrió, de lo que perdió…
Al mirarlo, algo se le encendió por dentro. No fue una idea nueva, sino la sensación de que todas las piezas siempre habían estado ahí y solo hacía falta encajarlas.
Había sido ella.
Marcelin.
«No… No. No. No».
El recuerdo de hacía unos meses la golpeó.
«Porque dudo que puedas acostarte con alguien sin manipularlo.
Nadie en su sano juicio querría tocar a una víbora como tú».
Aquellas palabras no habían salido de Savannah.
No del todo. Las había escupido usando la voz de Eda, en Valdemar, cuando la Dama atacó el pueblo.
Entonces habían brotado como un golpe de rabia.
Pero ahora comprendía que también habían sido verdad… , una que había dicho sin saberlo.
El abuso, la manipulación, el silencio de Dalton.
Todo conducía a ella.
—¿Savannah? —Dalton frunció el ceño.
Ella no respondió. Se lanzó hacia él y lo abrazó con demasiada fuerza como para que aquel gesto fuera casual. Apretó los brazos a su alrededor como si así pudiera protegerlo, como si con eso le bastara para ocultar lo que acababa de comprender.
Dalton no se lo había contado porque no quería hacerle más daño.
«Me vengaré de ella. Por mí, por mi hermano, por Eda, por el hombre al que amo, por cada abuso y cada mentira. Y la mataré».
La maldad de la Dama había cruzado todos los límites.
Ya no existía ningún propósito de purificación, ninguna idea torcida de equilibrio.
Lo suyo era el desprecio absoluto por el mundo y por todo lo humano.
Había roto a personas solo para demostrar su poder, había convertido el dolor en una herramienta, el trauma en un método.
Lo que le hizo a Dalton —el miedo al contacto, la vergüenza, la culpa que no le pertenecía— no fue un daño colateral, fue una maldita decisión consciente.
Eso iba más allá de la manipulación, era violencia sistemática, el uso del poder para despojar a otros de su voluntad y dignidad, de su capacidad de confiar.
Savannah le tomó el rostro entre las manos.
—Volvamos a casa. —Besó a su prometido—. Tengo algo que contarte.
Dalton y Savannah avanzaron de la mano por el camino de tachuelas, rodeadas por lo que parecían cientos de luciérnagas suspendidas en el aire, brillando con tonos rosados y dorados, iguales a los setos que flanqueaban el sendero.
Subieron los escalones de la colina despacio, sin soltarse, hasta llegar al gran porche que rodeaba la enorme casa de piedra.
Allí, a los pies de la puerta, estaba la mujer a la que una vez había amado.
Pero en su pecho ya no quedaba anhelo, solo una amistad profunda, forjada a golpe de todo a lo que ambos habían sobrevivido.
Dalton apretó con más fuerza la mano de la mujer a la que amaba ahora, y supo, sin necesidad de mirarla, que ella también lo entendía.
Eda estaba de espaldas, envuelta en una larga capa azul oscuro con los bordes dorados, la misma que había llevado unas noches atrás. El cabello blanco le caía por la espalda y contrastaba con la tela, que se le deslizaba por los hombros hasta rozar la madera del porche.