Capítulo 32 #3
—Para mí fue hace un mes.
—No me lo restriegues.
—Puedo hacerte otro, escribirte más cartas.
—Sus dedos recorrieron el estudio, tan ella que hasta dolía: hilos por todas partes, alfileres clavados sin ningún orden y telas dobladas a medias.
En el sillón, junto a una estantería repleta de libros de costura, descansaba un vestido a medio hacer—.
Y… —añadió, con una media sonrisa— también me gustaría aprender a coser.
Savannah se acercó descalza. La luz azulada de su piel se mezclaba con la de Dalton, y juntos parecían una hoguera encendida en mitad del estudio.
—¿Un emperador… cosiendo? Esto sí que no lo vi venir.
—No pienso coser cualquier cosa. Pienso dibujar tus vestidos primero para luego hacerlos realidad.
—Mmm. —Lo rodeó por la cintura para acercarlo y plantar las manos en su pecho—. Vas a ser un sirviente excelente.
—Quiero ser tu sirviente.
—Te mantendré encerrado en esta habitación, confeccionando durante horas, tacones incluidos. Pero siempre con supervisión.
Acercó la punta de la nariz a la suya y dejó que sus uñas recorrieran despacio sus abdominales.
—Si la recompensa es follarte contra la mesa…, entonces, por favor, no me dejes salir nunca.
De un segundo a otro, sus bocas volvieron a encontrarse. Otra vez estaba dentro de ella, otra vez la embestía mientras Savannah permanecía inclinada bocabajo sobre la mesa con las piernas abiertas, aferrada a la madera.
—Voy a devolvértelo todo, Savannah. Todo por lo que has esperado durante años. Te daré todo de mí…
Dioses, jamás se cansaría de ella.
Mientras Dalton cerraba los ojos unos segundos sobre la cama deshecha, Savannah dibujaba desnuda, apoyada en el canapé.
Se mordía el labio inferior y arrugaba la nariz, completamente concentrada.
No lo dibujaba a él, sino la ropa que imaginaba sobre su cuerpo; decía que así se inspiraba mejor… , mirándolo desnudo.
—Déjame aclararme. ¿Vives aquí? ¿Apartada de todo el mundo?
—Más o menos. Syera me hace compañía muchas veces, sobre todo cuando no tengo responsabilidades.
—¿La anciana simpática?
—La misma. Con los milenios acabas cogiéndole cariño… o resignándote a su carácter —dijo sin levantar la mirada del dibujo—. Es mucho más vieja que yo. Ni siquiera me ha dicho cuántos milenios tiene; dice que preguntar la edad es de mala educación, incluso estando muerto.
—¿Es la madre de Skylar?
—No —rio, como si la pregunta fuera un chiste—.
La leyenda cuenta que cuando la muerte vino a buscarla, ella ya estaba esperándola sentada, tranquila.
La muerte le preguntó qué hacía allí, y Syera respondió que llevaba muchos años aguardándola en ese mismo lugar, bajo aquel árbol, como si supiera que, tarde o temprano, acabarían encontrándose.
Algunos dicen que Syera había traspasado los velos del mundo, que venía de un lugar que no pertenecía a los hombres, donde habitaban clanes de guerreras, hijas de dioses, y la paz era una forma de vida.
Se dice que se sentó allí bajo aquel árbol durante años porque no sabía cómo regresar a casa.
Que esperó a la muerte no porque deseara morir, sino porque era la única esperanza de volver a ese lugar que había perdido.
—¿Nunca se lo has preguntado?
—Me encantaría que fuera verdad. Sería casi irónico que Syera, la anciana siempre ceñuda, corta en palabras y eternamente cascarrabias, hubiera sido una guerrera de otro mundo.
—Se encogió de hombros—. Pero si quiere contarme la verdad, lo hará.
—Sonrió y volvió al dibujo, arrugando la nariz—.
Igual que ha esperado a que yo le cuente la mía.
—¿Syera no sabía lo nuestro?
—Ella siempre ha sabido que esperaba a alguien.
Nunca me ha visto con nadie, bueno, solo con Rai Raider, pero es un idiota y no cuenta; siempre fue amistad, nada más.
Y, por supuesto, con mi hermano. Aunque ya sabes que Skylar no es mi hermano de sangre, eso siempre ha sido evidente, pero…
, nunca he tenido una figura tan cercana a lo que significa una familia como él.
Siempre protegiéndome. Siempre enseñándome a sobrevivir, a mantenerme en pie cuando todo se torcía —contó mientras seguía dibujando—.
Rai también tiene su historia, todos la tenemos.
Pero nunca nos las hemos contado; ni siquiera Skylar sabe todo lo que pasó. Él… no sabe lo tuyo.
Desde que Dalton había llegado al limbo, Savannah solo le había contado lo que temía que sucediera con el Ojo de Nyxar y que Skylar se había convertido en un dragón sin recuerdos, el precio a pagar por haberlo destruido.
—¿Quieres que hablemos?
—No. Mañana. Hoy… hoy es nuestro día.
—Está bien.
Él hizo el amago de levantarse.
—Deja de moverte —lo amenazó—o no habrá más sexo.
—¿Nunca más?
—Nunca más.
—Qué mujer tan cruel… Me estás obligando a desobedecer.
Dalton se mordió el labio y su mano voló hacia su pecho, jugando con sus preciosos pezones rosados. Ella se movió en la cama, intentando escapar de una caricia que no podía ver. Dalton apretó un poco más, con la intención clara de volver a devorarlos otra vez…
—Mentirosa. Estás deseando que vuelva a meterme en ese apretado… —Savannah lo silenció estirando un pie desnudo y empujándolo contra el pecho. Él atrapó sus dedos, de manicura perfecta, y los mordió.
—Hay criaturas presentes, Dalton, no puedes decir esas cosas.
Recostado contra la sábana que apenas lo cubría se incorporó.
—¿Qué criaturas?
Entonces, tras la puerta de la habitación, varios ojitos se asomaron. Eran los fungos guardianes, pero ya no eran de los colores del arcoíris. Ahora compartían el mismo tono que su piel: pálido y translúcido.
Pequeños fungos guardianes… ¿fantasmas?
—Vaya, al parecer, después de siete milenios, hay cosas que no cambian —se rio Dalton—. Seguís siendo unas setas muy morbosas.
Les hizo un gesto para que se acercaran y ellas no se lo pensaron dos veces; salieron disparadas, treparon por la cama como pudieron y empezaron a escalarle por las piernas, hasta que lo empujaron hacia atrás y lo tumbaron.
—En Bankai nada muere. —Savannah se acomodó a su lado—. Ellas siempre han estado aquí. También te estaban esperando…, te han echado un poco de menos.
Dalton le besó la frente.
—¿Qué fue de Moonveil?
Quería preguntarle por Long, saber si seguía vivo, si se encontraba allí…, pero no estaba preparado para escuchar la respuesta.
Ella se removió, acomodándose mejor.
—A veces…, creo verla sobrevolando el cielo. Pero Bankai es inmenso, y aquí todo funciona distinto. Ya no estamos vinculadas, así que su alma vuela libre, recorriendo muchos rincones. Aun así, sé que está bien.
—¿Y los niños?
Ella alzó la mirada hacia él, enternecida.
—Cuando tengamos tiempo iremos a verlos. ¿Vale?
—Me parece perfecto… Ah. —Se le escapó un quejido cuando una de las setas empezó a restregar su enorme cabeza fantasmal contra sus abdominales, con los ojos bien abiertos.
Savannah la atrapó al vuelo y la apretó contra su pecho, fingiendo indignación.
—Maldita sea… Eso es mío, listilla. —La seta chilló ofendida—. Venga, marchaos, dejadme con mi hombre. Fuera, fuera, fuera.
Los fungos guardianes obedecieron al instante y salieron corriendo de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
—Ahora sí. —Savannah tiró la sábana al suelo, borrando cualquier barrera entre los dos, y se subió sobre Dalton para meterse su polla dentro de ella—. Sin interrupciones.
Dalton soltó una risa baja, rendida, y dejó que sus manos se asentaran en sus caderas.
—Qué avariciosa, Alteza.
—Chisss. —Lo hizo callar con un beso rápido—. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez.
—Hace menos de una hora —consiguió replicar.
—Precisamente.
Comenzó a moverse, marcando el ritmo hacia atrás y hacia delante. Sus pechos se balanceaban al compás de cada movimiento, y él los atrapó con la boca, mordiéndolos con hambre, arrancándole decenas de gemidos.
—Mi hogar…, quiero que este sea nuestro hogar —le dijo él al oído—. Quiero pasar el resto de mi muerte aquí, contigo.