Los hilos del imperio Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Tienes demasiados milenios que contarme…

—Los labios de Dalton rozaron la curva de su cuello—.

Y yo demasiadas cosas que devolverte. —La besó en la piel, justo debajo de la oreja—.

Solo espero que los asuntos que deben resolverse puedan esperar unas horas…

, una noche… —Parecía desesperado—. Por favor, déjame tocarte, déjame pertenecerte otra vez… Te lo ruego, Savannah.

Ella soltó un gemido en cuanto él pasó la lengua por su cuello y dejó que sus manos descendieran por sus caderas. Sintió cómo los dedos de Dalton se hundían en la tela mientras el vestido se alzaba poco a poco.

—Yo…, desde la última vez no… —confesó entre jadeos, mientras la boca de Dalton descendía por su clavícula—. No he estado con ningún hombre más.

—¿Nadie te ha tocado? —Subió la mano por su muslo desnudo.

—No —dijo casi sin voz.

—¿Nadie te ha besado esa boca? —Ella negó—. ¿Nadie más te ha tocado entre las piernas, Savannah? —Volvió a negar.

Dalton tragó saliva, la mirada fija en sus labios. Sus dedos rozaron la tela de su ropa interior y sintió que las piernas casi le fallaban. Ese roce peligroso, tan cerca de su centro… Iba a perder la maldita cabeza.

—Solo quería que fueras tú. —Lo acercó a sus labios—. Nadie más me servía, nadie más me importaba. No podía pensar en nada más…, solo en aquel fantasma que me visitó.

Él cerró los ojos, como si aquello fuera demasiado.

—Pero tienes necesidades…, no deberías haber…

Lo calló con un beso.

—Eres mi prometido, nunca iba a romper esa promesa. Soy tuya. Mi cuerpo es tuyo, mi mente es tuya. Todo lo que soy, todo lo que fui y todo lo que seré… te pertenece.

Él mordió sus labios en respuesta, atrapando el inferior con los dientes antes de soltarlo y hacerlo rebotar.

Savannah notó cómo intentaba contenerse, cómo cada músculo parecía luchar por no perder el control.

Pero ese control se quebró al fin cuando rasgó la ligera tela de su ropa interior y ella dejó escapar su nombre una y otra vez mientras se besaban.

—Cielo…

—¿Mmm?

—¿Puedes hacerme un favor? —susurró él contra su oído, rozando con la lengua el lóbulo.

El pecho de Savannah se encogió ante el tono, ante la cercanía.

—Lo que me pidas.

—Termina lo que empezó aquella noche en la cabaña de Novadia. Arráncame la puta ropa.

Sus dedos recorrieron el interior de sus muslos y ella se arqueó contra su tacto, moviéndose contra su mano.

Sus bocas no dejaron de encontrarse, de rozarse, de morderse.

Agradeció, por primera vez, estar muerta; agradeció no tener que apartarse para respirar, no tener que romper el beso ni un segundo.

Sabía que, si se alejaba un milímetro de Dalton, perdería la cordura.

Savannah ya no era solo inmortal, y estaba a punto de demostrárselo.

¿Estás seguro?

Nunca he estado más segur o…, por favor.

Repitió aquel «por favor» varias veces, como si esas dos palabras fueran la llave que ella necesitaba. Al escuchar su seguridad, sintió el alivio expandirse en el pecho, cálido. Por la muerte, confiaba en ella. Confiaba en sus manos, en su amor, en su cuerpo.

Sus dedos recorrieron su pecho. Y sin dejar de besarlo, empezó a empujarlo hacia atrás hasta que la espalda de Dalton chocó contra la cristalera de la ventana abierta. El golpe le arrancó un jadeo que atrapó, devorándolo con la boca.

Ahora era ella quien mandaba.

Ahora era ella quien lo acorralaba, quien marcaba el ritmo, quien lo reclamaba.

Savannah le arrancó la camisa de un tirón; los botones salieron disparados y la tela se rasgó, dejando su piel translúcida expuesta… y con ella, la cicatriz que le cruzaba el pecho, la marca de la espada que él mismo se había clavado.

—Llevo mucho tiempo soñando con este momento.

—Besó primero un hombro y luego fue dejando un rastro lento por su clavícula—.

No conseguía sacarme de la cabeza el tacto de tu piel.

—Alzó la mirada para encontrarse con la suya y dejó otro beso en la cicatriz mientras sus dedos le desabrochaban el pantalón y lo empujaban hacia abajo hasta que cayó al suelo junto con la ropa interior—.

Ni la forma de tu cuerpo bajo mis manos.

Dalton la giró sobre sí misma y fue a por el vestido, liberando los botones con manos rápidas.

—¿Por qué no me has arrancado el vestido?

—Porque sé lo mucho que te cuesta coserlos.

Su erección se acomodó contra ella mientras sus manos la recorrían y permitía que el vestido resbalara por su cuerpo hasta caer al suelo, dejándola completamente desnuda.

Pero Savannah no iba a ceder y que él tomara el control.

Volvió a girarse y lo empujó contra el muro, lo que lo obligó a retroceder hasta el balcón, haciendo que ambos quedaran empapados bajo la tormenta.

Savannah quería que su primera vez juntos fuera allí, bajo aquella lluvia salvaje, no en una cama donde pudieran colarse recuerdos indeseados, sino en un lugar nuevo, donde el pasado no tuviera forma de alcanzarlos.

Dalton la alzó del suelo y ella rodeó su cintura con las piernas. Al mover las caderas, el roce de su punta contra su humedad les arrancó un gemido a ambos.

—Quiero mirarte mientras me entierro en ti.

Él la sostuvo así unos segundos, mirándola a los ojos, y en esa pausa Savannah entendió lo que le estaba pidiendo sin palabras. Dejó que su poder fluyera despacio, calmando su alma antes de dar un paso más.

—Solo dentro de mí, Dalton. Solo soy yo… —La punta rozó su entrada mientras se hundía centímetro a centímetro—. Solo soy yo, tu prometida, tu cielo. Te amo.

El trance de sentirlo entrar por completo hizo que perdiera el contacto visual al tiempo que enterraba el rostro en su hombro y lo mordía mientras él la penetraba lentamente.

—Hostia puta, Savannah…, hostia puta… —jadeó Dalton.

—¿Estás bien?

—Más que bien —respondió, moviéndose con ella mientras Savannah marcaba el ritmo—. Eres el paraíso.

Levantó la cabeza solo para besarlo, sin perder la cadencia de las embestidas descontroladas de Dalton. Sentía cómo toda su longitud la recorría por dentro, tocando lugares que la hacían volverse un animal.

Espero que no tengas miedo a las alturas , fue lo único que su fantasma murmuró en su conciencia antes de guiarla hasta la ancha barandilla de piedra del balcón.

La sostuvo contra su pecho y la acomodó allí, mientras la tormenta los empapaba y el vacío se abría a sus espaldas.

Dalton no dejó de embestirla, una y otra vez…, una y otra y otra vez…

—Por la muerte… —Savannah echó la cabeza hacia atrás. Tenía el cuerpo medio fuera del borde, y su melena, empapada, se perdía en el vacío. Sus pechos, sensibles y mojados, acogían los besos de Dalton mientras cada embestida la hacía rebotar contra la piedra.

—Mía…, eres mía. —Volvió a empujar—. Toda mía.

La embistió una vez.

Y otra.

Y otra más.

—Siempre he sido tuya…, siempre te he esperado, incluso cuando creías que nadie lo hacía.

Savannah miró hacia abajo con el estómago tenso, solo para ver cómo él entraba y salía, cómo sus abdominales empapados por la lluvia se contraían con cada movimiento, cómo aquellos brazos marcados la mantenían firmemente contra él.

—¿Te gusta cómo te follo? Porque voy a hacerlo a todas horas, Savannah. A todas horas. —Empujó y se quedó allí dentro. Lo sentía tan adentro que una lágrima de placer le resbaló por la mejilla. Luego volvió a salir y otra vez dentro—. Mmm…, ¿te gusta fuerte?

Volvieron a mirarse a los ojos mientras juntaban las frentes. Él le sujetó la cintura con una mano y le apoyó la otra entre los omóplatos para que no cayera hacia atrás.

—Más, Dalton…, más…

Y él obedeció.

Los dedos de Savannah recorrieron con descaro cada músculo espectral. Mierda…, aquel hombre tenía un cuerpo de infarto.

—Todo esto es mío —le recordó a él—. Hasta el fin de las eras.

Savannah volvió a morir entre aquellos brazos que la sostenían como si el mundo no existiera fuera de ellos.

Su cuerpo se arqueó y el éxtasis la atravesó como una ola, revelándole el lugar al que siempre había pertenecido.

Allí donde la eternidad se volvía pequeña y el mundo dejaba de pesar, dos almas destinadas se reconocían por fin.

Siete mil años de soledad habían valido la pena solo para volver a corresponderle.

En Bankai la línea del tiempo no existía.

La noche nunca terminaba y, envueltos en esa eternidad, recuperaron esas eras perdidas como quien vuelve a respirar después de mucho tiempo bajo el agua. No hablaron de lo que había pasado ni de lo que estaba por venir. No hubo palabras para la muerte, ni para la guerra, ni para responsabilidades.

Solo ellos.

Solo amor.

Ninguno de los dos dormía. Al fin y al cabo, estaban muertos, y eran fantasmas con energía de sobra y ninguna intención de desperdiciarla. Y que los dioses se apiadaran del maldito mundo…, porque ellos, desde luego, no pensaban hacerlo.

—Dibujas mejor que yo —admitió Dalton, apoyándose en el borde del escritorio blanco y plateado, vestido solo con unos pantalones que no lograban disimular su erección, mientras examinaba los bocetos de Savannah—, pero aún le falta un poco de perfección. Puedo darte clases si quieres.

Al parecer, el castillo de Iron Shadow no había sido más que un lugar de paso. El verdadero hogar de su prometida estaba allí, en medio de una aldea tranquila de Pramvera. Se trataba de una casa enorme, abierta al paisaje, rodeada de secuoyas cuyos troncos y hojas brillaban en miles de tonos.

Dalton aún se sorprendía de lo que era Bankai: un lugar donde los deseos podían tomar forma, donde bastaba con imaginar algo con la suficiente claridad para que existiera. Una casa alzándose en segundos en mitad de la nada, como si siempre hubiera estado esperando ser creada.

Savannah se hallaba de pie, apoyada contra el marco de la puerta, envuelta en una bata rosa demasiado corta.

Era una provocadora en toda regla.

—Lo único que me dolió cuando mi alma llegó a Bankai fue perder los cuadernos de dibujo, mejor dicho, tu cuaderno de dibujo. Ya sabes, con aquella carta escrita que me dejaste, ¿te acuerdas?